martes, 27 de diciembre de 2016

LADO B - SURCO CINCO


SURCO CINCO


“¡No disparen, que soy McKenzie!”, escuché a un periodista decir en la televisión una noche, luego de que la fanfarria inquietante del noticiero se aplacara, y la voz atronadora que  repetía insistentemente ¡EXTRA, EXTRA, EXTRA!, se apagara.
 ―Con esas palabras salió al encuentro de una comisión policial el empresario Peter McKenzie, secuestrado desde hacía tres años… ―continuó el presentador de noticias.
Frente al televisor estábamos todos. Ya habían transcurrido seis meses desde la muerte de Tío Abue, y por esos días mi abuela había decidido que ya se podía encender el televisor. Estábamos esperando que comenzara la telenovela. Yo les estaba contando sobre el baile que ensayábamos en la escuela para presentarlo en el acto de fin de curso que ya estaba cerca.
―¡Sssssshhhhh! ―escuchamos a mi papá solicitar silencio.
―En el día de hoy una comisión policial dio con el paradero del empresario Peter McKenzie, secuestrado hace tres años en nuestro país ―dijo el narrador de noticias con esa voz que los de su oficio tienen reservada para los acontecimientos extraordinarios―. El rescate ocurrió fortuitamente cuando los funcionarios policiales andaban tras la pista de una banda de criminales dedicada al abigeato…
Todos en casa quedaron atónitos, e hicieron breves comentarios para dejar por sentada su sorpresa. Yo quise saber qué era “abigeato”, pero mi papá volvió a ordenar:
―¡Sssssshhhhh!
Entonces entendí que aquella noticia era realmente importante y estaqué mi mirada en el televisor, justo cuando aparecía en pantalla un Jeep del que bajaron unos policías, los cuales ayudaron luego a bajar a un hombre que…
―¡Por Dios! ―exclamó mi abuela cuando yo lancé aquel grito con toda mi fuerza y me aferré a ella, apretando mis ojos lleno de pavor―. ¿Qué tienes? ―me preguntaron todos alarmados.
―El fantasma, príncipe de los bisures ―dije lloriqueando.
―¡¿Otra vez con eso?! ―me preguntó mi mamá con tono de reproche.
―¿Dónde está? ―me preguntó mi abuela, dándome a entender que ella sí me creía.
―En el televisor, abuela ―le respondí.
―¿En la pantalla? ―quiso saber mi papá.
―Sí.
―No es un fantasma, es McKenzie.
Yo fui abriendo el ojo derecho lentamente para mirar la pantalla  del televisor y comprobar que no estaba alucinando. Y en efecto así era. En la pantalla, la cámara  seguía a un hombre de piel transparente, muy alto y de pelo tan rubio que casi era blanco.
―¿Viste? Ese es McKenzie, el secuestrado que rescataron hoy.
Abrí el otro ojo y miré con estupefacción el parecido de aquel hombre con el fantasma, príncipe de los bisures.
―Pensé que era el fantasma, príncipe de los bisures ―les comenté apenado―. Se parecen mucho. Voy a buscar mis cuadernos donde lo dibujé para que ustedes lo vean.
Corrí a buscar los cuadernos de dibujo, los de la etiqueta blanca de líneas rojas con la inscripción “Fantasma, príncipe de los bisures”. Los busqué afanosamente en la caja donde los guardaba, pero no aparecieron.
Cuando regresé al corredor donde estaba el televisor, ya la telenovela había comenzado y nadie volvió a hablar en casa, por esa noche, de McKenzie, excepto mi abuela, quien muy quedito me hizo algunas preguntas sobre el fantasma antes de que yo me quedara profundamente dormido en su regazo.
Al día siguiente, no hubo rincón de la ciudad donde aquel nombre no estuviese presente. Inclusive, en mi salón de clases nadie quiso quedarse atrás. Todos querían contar al mismo tiempo su versión de lo ocurrido y la maestra tenía que golpear con una regla su escritorio a cada rato porque nosotros hablábamos tanto que no la dejábamos escuchar lo que sus colegas le contaban sobre McKenzie.
―McKenzie es igualito al fantasma, príncipe de los bisures ―les comenté a mis amigos en cuanto llegué a la escuela.
―¿Y no será que el fantasma se está haciendo pasar por McKenzie? ―elucubró Palencia.
―¿Tú crees? ―le pregunté no muy convencido de su hipótesis.
*
En el recreo yo inventé un juego que llamé “no disparen, que soy McKenzie”. Así expliqué a mis compañeros las reglas del juego:
―Comienzo yo. Cuando nombre a alguien, este tiene que decir: “¡no disparen que soy McKenzie!”; si no lo dice, todos le lanzaremos bolas de papel. Luego, él pronunciará el nombre de otro compañero y haremos lo mismo. Gana quien jamás deje de decir la frase mágica “¡no disparen que soy McKenzie!”.
Por varios días, nuestros recreos fueron más divertidos de lo habitual. Pero así como poco a poco fue  dejándose de hablar de McKenzie, nosotros también fuimos dejando en el olvido nuestro juego.

*
“Evelín, llegó Gelindo, lánzame tu pelo lindo”. Yo compuse aquella cantinela, parodiando la frase que pronunciaba el príncipe de Rapunzel. Lo hice luego de escuchar, echado como un gato cerca del pedal de la máquina de coser de mi mamá, la historia que Isbelia Navarrete contaba sin pausa mientras mi mamá le tomaba las medidas para un nuevo vestido.
En poco tiempo la cantinela estuvo en boca de todos en la ciudad. Nada más hice llevarla a la escuela, se diseminó como piojos. En el café Paraíso, en la entrada del cine Rex y en la plaza Falcón, no faltó por esos días alguien que entre risas canturreara: “Evelín, llegó Gelindo, lánzame tu Pelo Lindo”.
Y los niñitos que iban o venían del catecismo, en lugar de entonar los cánticos a la Virgen, como era la costumbre, iban, con sus voces blancas, coreando la cancioncita de la Pelo Lindo.
El tema de la Pelo Lindo terminó de opacar el del rescate de McKenzie, ahora “el cuento de los Lindos”, como dieron en llamar esa historia, era lo que se comentaba en todo hogar y en toda reunión sin importar que esta fuese de las damas salesianas o del Club de Leones.
Un momento muy emotivo de esta historia fue cuando en su programa, Juancito le dedicó a Gelindo esta canción de la Dimensión Latina:
“Le fui a dar una serenata a mi adorada,/ le canté lo más lindo de mi repertorio,/ me porté como un verdadero Juan Tenorio,/ y para qué si no estaba allí mi amada.// Me dijeron que cuando ausente me encontraba/ sufría mucho porque mis cartas no llegaban,/ fue su padre que al oponerse a nuestro idilio/ no le entregó ni una sola de mis cartas,/ y ella creyó que era yo quien la engañaba…”.


Ay, cuánto lloró Gelindo al escuchar esa canción, según contaban los que lo acompañaban en el estudio y fueron testigos del hecho desde el momento en que el operador, que nunca había dejado de monitorear el programa de Trucupey, le avisó que este le acababa de dedicar una canción. Gelindo le pidió al operador que le diera volumen a la melodía y ya antes de la segunda estrofa sus mejillas parecían el Delta Amacuro.
Cuando la canción “Mi adorada” llegó a su fin, el operador dejó sonar la canción que Gelindo le había solicitado para responderle a Trucupey como en los tiempos de la guerra de los acetatos. Fue así como, desde aquel momento y por muchos días, los niñitos que iban para el catecismo o venían de él, tuvieron una nueva canción, y de Gloria Gaynor, para animar su marcha: “At first, I was afraid,/ I was petrified./ I kept thinking/ I could never live without you by my side./ But then I spent so many nights/ Just thinking how you did me wrong./ And I grew strong./ I learned how to get along…” Y luego: “I will survive./ I will survive./ Yeah, yeah”.


            ―Yo no sabía hasta ahora que quería tanto a Evelín. Pensaba que estaba con ella por la compañía, porque a ambos nos gusta la música disco, porque nos llevábamos la corriente el uno al otro y nos necesitábamos como cómplices de nuestra inmadurez ―decían que le comentó esa noche a quienes acudieron a El Cuarto del Loco para consolarlo. Otros aseguraban que aquellas palabras se las dijo fue a Trina y a Epifanio, de quienes se había alejado luego del incidente de la crónica sobre su viaje a la sierra, y a quienes buscó una noche para contarles su tristeza.
También decían que Trina y Epifanio, animados por los tragos, y envueltos por la sensualidad de los boleros de Toña La Negra, lo abrazaron, lo cubrieron de mimos y lo condujeron a su cama. Él se quedó quieto, muy quieto, mientras la noche se desplazaba como serpiente por toda su piel.

*
“Evelín, llegó Gelindo, lánzame tu pelo lindo”. No me cabía dudas de que aquellas habían sido las palabras exactas que Gelindo le dijo a Evelín la misma noche que Gastón Leyba lo encontró saliendo del cuarto de la muchacha por el balcón.
Gastón Leyba, un próspero constructor de la ciudad y padre de la Pelo Lindo, había sido un entusiasta colaborador del gobierno regional del maestro Teodosio Petit, si es que se puede llamar colaborador a alguien que recibe onerosas sumas de dinero por sus servicios. La relación política y laboral había acercado mucho al maestro Teodosio y al viejo Gastón, por lo que el gobernador y su familia siempre recibieron en casa de los Leyba los mejores agasajos. El viejo Gastón y su esposa, la señora Maigualida, estuvieron siempre contentos con el noviazgo de su hija Evelín y  Gelindo. El número de veces que le repitieron al muchacho: “Estás en tu casa”, ya  él no podía cuantificarlo.
Pero luego de las elecciones y de la partida del maestro Teodosio, Gelindo fue dejando de caerle en gracia al viejo Gastón. Si bien antes el hombre celebraba las ocurrencias del muchacho, ahora las cuestionaba y las llamaba sandeces. Si bien antes reía con estrépito por las opiniones irreverentes del joven sobre cualquier tema, ahora, al  escucharlas, arrugaba el entrecejo y movía con su índice regordete el hielo de su whisky; lo hacía  con una prisa desquiciada, y luego, de un solo trago, vaciaba el  contenido del vaso. 
Ante el giro de la historia, Gelindo sabía que una bomba estaba por estallar. Y no se equivocó. Una noche llegó a casa de los Leyba en busca de Evelín y encontró al gobernador Valverde Sierra con su familia ocupando en el comedor de la casa los puestos que antes habían ocupado los esposos Petit Torres y sus hijos.
Gelindo entró  al comedor justo cuando el viejo Gastón celebraba con grandes carcajadas algún chiste malo del gobernador.  Al darse cuenta de la presencia del muchacho, el hombre cortó su carcajada en seco y arrugó el entrecejo.
No hubo para el recién llegado una invitación a sentarse, como en otros tiempos, sino una respuesta fugaz y casi inaudible para su saludo  afable. Ni hubo una presentación del “novio de Evelincita” a los comensales, como sucedía tiempo atrás. Hubo, sí, movimientos incómodos de los esposos Leyba en sus sillas rococós.
―Evelín está en su cuarto. Espérala en la sala ―le pidió a Gelindo la señora Maigualida.
En otro tiempo le habría dicho: “Evelín está en su cuarto, sube. Estás en tu casa”.
Esa noche, Gelindo confirmó que ya no era bienvenido en aquel hogar. Él pensaba que el viejo Gastón no se atrevería a decírselo directamente porque su astucia le indicaba que no era prudente, pues al cabo de cinco años las cosas tal vez pudieran cambiar. Sin embargo, consideró  que lo mejor era, a partir de ese momento, al buscar a Evelín, esperarla en el carro para no tener que ver caras malhumoradas, y compartir con ella en El Cuarto del Loco o en cualquier otro sitio. Y en último caso, visitarla en su aposento entrando a él por el balcón. A Gelindo le pareció interesante esta última opción, le pareció hasta romántica, muy Romeo, muy Julieta y muy Rapunzel. Pero no desechó las otras opciones, así que a veces las empleaba todas. Dejaba el carro en una de las calles cercanas, saltaba la cerca lateral y entraba al cuarto de Evelín por el balcón; estaba un largo rato con ella, luego bajaba, saltaba la cerca y la esperaba en el carro para llevarla a la heladería El Sol, a El Cuarto del Loco o a la discoteca Stadium 45.
Esa misma rutina quiso hacerla la noche que el viejo Gastón vio el inconfundible Camaro rojo estacionado en una calle adyacente a la avenida La Heroína, donde quedaba su casa. Algo supuso el viejo, así que aceleró la marcha. Si bien nunca le había prohibido a Gelindo la entrada a su casa, esperaba que el muchacho hubiese entendido que su presencia resultaba incómoda.
―Claro que lo ha entendido ―pensó el viejo Gastón―, por algo deja el carro retirado de la casa. El desgraciado debe de estar metido en el cuarto de Evelincita.
Y así lo comprobó cuando llegó a su casa y vio a Gelindo descender por un árbol lindante con el balcón. Eso decían, que descendió por el árbol, pero yo estaba convencido de que lo había hecho por el cabello trenzado de la Pelo Lindo. Y esto lo digo porque yo no recuerdo haber visto nunca en los jardines de aquella casa un árbol cuyas ramas se desparramaran cerca del balcón de la habitación de la Pelo Lindo.
―¿Con esto es que nos retribuyes, Gelindo Petit, la confianza que te brindamos en esta casa? ¿Entrando como un ladrón?
―¿Qué le puedo decir, Gastón? ¿Cómo voy a explicar lo que usted está viendo? No le puedo decir que no es lo que usted está pensando, porque sí es lo que usted está pensando.
―Te vas inmediatamente de esta casa.
―¿Vio que hasta le he facilitado las cosas? Al fin me pidió lo que no se atrevía a pedirme.
―Tú no eres más que un pobre loquito. Un malandro bien vestido. Un delincuente pervertido que ha traído a esta ciudad, que era tan tranquila, todas sus mañas. No sacaste nada de tu padre, un hombre intachable.
―Claro que sí, Gastón. De mi padre heredé la lealtad.
Gelindo le dio la espalda al viejo Gastón y se dirigió  hacia la puerta de la cerca, que el dueño de casa había dejado abierta.  
―Tanto que yo me burlo de las telenovelas ―pensó Gelindo cuando ponía en marcha su Camaro― y ahora yo soy el protagonista de mi propio melodrama. Tendré que comprarme una bata de seda, como las que usa el galán Raúl Amundaray en las telenovelas, porque todo galán de telenovelas que se precie usa bata de seda y chaqueta cruzada. Ah, y bebe brandy.
Y tuvo toda razón Gelindo. Aquel era solo el primer capítulo de una telenovela de las 8:00 pm. Al día siguiente, Evelín lo llamó para decirle que se iba a Caracas, que no quería enfrentarse con su papá, que además estaba aburrida ya en esta ciudad, que quería participar en el Miss Venezuela, que la habían llamado para hacer la cuña del cigarrillo Sandy… y tiqui, tiqui, tiqui, tiqui, tiqui…
Gelindo vivió su despecho. Hasta podría decirse que lo disfrutó. Seguro que lo disfrutó. Se embriagó, lloró y escuchó boleros. Decían que lo habían oído expresar:
―En este país, todos hemos vivido o viviremos nuestra propia telenovela de 15 minutos, de 15 horas, de quince días o de 15 años. Pues, hoy vivo la mía. Espero que no sea tan larga.
Y sucedió tal como lo deseó. Su telenovela tuvo, como mucho, siete capítulos. Sí, fue una telenovela corta, de una semana, y sin final feliz porque la Pelo Lindo nunca regresó. La que llegó por esos días a la ciudad fue Luz Cecilia Carnevalli, una hermosa muchacha de pelo naranja natural, rizado, largo y abundante. Llegó a dar clases de lenguaje en la universidad y se hospedó en casa de Trina, pues su madre había sido profesora de mi madrina en la Universidad Central y se guardaban mucho afecto.
Luz Cecilia fue otro suceso en la ciudad. Cuando se desplazaba por las calles y avenidas en su bicicleta, y con su morral en la espalda, la gente no podía dejar de verla, sin disimular su curiosidad, y seguirla con la mirada hasta que se hacía un punto cítrico en la distancia.
Vestía siempre, bluyines desleídos y franelas blancas percudidas; y calzaba zapatos Converse algo... mugrosos. Pero sólo las muchachas envidiosas se daban cuanta de estos detalles, porque la belleza de Luz Cecilia era tal que su vestimenta pasaba inadvertida.  
Dibujando a la Pelizanahoria, así bautizaron en la ciudad a Luz Cecilia, gasté mi crayón naranja; es que aquella muchacha tenía más pelo que Gelindo, Evelín Leyba y The Jackson 5 juntos. En aquellos dibujos también gasté mi crayón marrón, pero este lo gasté pintándole las pecas a la Pelizanahoria. Qué cantidad de pecas tenía. Tantas, tantas, que su piel parecía el negativo de una  foto del cielo estrellado.
Según contaban, el día que Gelindo conoció a la Pelizanahoria, en casa de mi madrina, se mantuvo callado escuchando embobado las palabras de la  muchacha. Dicen que la inteligencia de ella lo dejó sin habla, pero yo estoy seguro de que Gelindo no hablaba porque trataba de contarle las pecas. Es más, yo estoy convencido de que eso fue lo que lo volvió más loco. “La Pelizanahoria tiene más loquito al Loco Lindo.”, decía la gente. Al escuchar aquella oración por primera vez, yo recordé lo que siempre me decía mi  abuela cuando se iba la luz y salíamos al patio: “No cuentes las estrellas, que el que cuenta las estrellas se vuelve loco”. Entonces pensé: cómo no se iba a  volver más loco Gelindo, contando tantas pecas.
Mientras más pecas contaba Gelindo, más rápido rodaba hacia el fondo de su memoria el recuerdo de Evelín Leyba. A los dos días de haberse conocido, Gelindo y la Pelizanahoria fueron vistos recorriendo las calles de la ciudad, conversando, riéndose y mirándose como tontos, como todos los enamorados. Ella iba en su bicicleta y él iba despacito en su Camaro rojo. Con el paso de los días, como a ella no le gustaba bailar, él desistió de invitarla a Stadium 45, y comenzó a invitarla a tomar vino y a ir a la laguna San Isidro para pedir deseos ante el paso de estrellas fugaces. En verdad, estaba enamorado el Gelindo para haber hecho lo que antes consideraba cursilería. En otro tiempo lo habían escuchado decir: “¡Bah!, qué cursilería ir a ver estrellas fugaces para pedir deseos. Para mirar estrellas me voy al Hollywood Walk of Fame. Yo soy kitsch, no cursi. Parece lo mismo, pero no lo es, así haya quien diga lo contrario. Para mí lo kitsch es lo tangible, lo cursi lo intangible. Lo cursi pudiera ser pasión, pero lo kitsck es la materialización de la pasión. Kitsch es Lila Morillo; cursi, lo que dice de ella mi amigo Juancito Trucupey ”. Ahora no opinaba igual. Ahora su visión había cambiado un poquito. Ahora decía:
−No hay nada más  kitsch que el cielo.
Sí. Ahora estaba encantado subiendo con la Pelizanahoria a la laguna San Isidro a mirar las constelaciones, no tanto las del cielo como lo hacían todos los que iban al lugar, a decir verdad, sino las de la piel de aquella muchacha; y a disfrutar, desde la distancia, de las luces de la ciudad, en especial de las que emitía la mujer palmera enraizada, cual guarda, en lo alto de la fachada de Stadium 45

*
En la única ocasión que Luz Cecilia, la Pelizanahoria, fue a la discoteca de Gelindo y Juancito Trucupey, fue el día de su clausura. Claro, ni ella ni el mismo Gelindo sabían que esa sería la primera y la última vez que Bad Girls, de Donna Summers sonaría en aquel recinto.
La Pelizanahoria había accedido a ir a Stadium 45 por petición de su hermana Veruzka, una pintora muy bella y desmelenada que residía en Barcelona, España, y quien estaba de visita en nuestra ciudad. Veruzka era la antítesis de la Pelizanahoria. Vestía a la moda, cada media hora se retocaba el carmín de los labios, hablaba con un permanente tono sensual y decía palabras obscenas sin ningún pudor. Era una chica mala. Decía ella.
Al poco rato de estar en Stadium 45, ya conocía a todos los chicos. Los que andaban solos y los que andaban con sus novias, las cuales se mostraban recelosas de aquella extraña que al bailar maullaba como una gata, se retorcía como una serpiente y batía la melena como una leona con peluca.
Los chicos estaban enloquecidos con aquella mujer. Todos querían invitarla a bailar, se apresuraban a encenderle el cigarrillo y a obsequiarla con un Curazao Blue.
A eso de las  dos de la madrugada, la Pelizanahoria, apenada, quiso convencer a su hermana de que se marcharan porque ya era muy tarde, pero ella se  negó, pues justo en ese instante se escucharon los primeros acordes de Bad Girls, de Donna Summer, una canción que ella adoraba:
“Toot toot, hey, beep beep.// Bad girls/ talking about the sad girls/ sad girls/ talking about the bad girls, yeah”.  


Veruzka no lo pensó dos veces antes de montarse  en la barra a bailar aquella canción. Al poco tiempo todos imitaban sus pasos de baile. Como los zapatos de tacón alto la exponían al peligro se los quitó y los lanzó al aire. Alguien saltó y los atrapó. Segundos después todos los zapatos de los  presentes subieron al techo y se precipitaron sobre aquella masa agitada y sudorosa. Como la chaquetica de lentejuelas le impedía mover los brazos, Veruzka se despojó de ella y también la lanzó al aire. La prenda quedó atascada en una de las bolas de espejo donde en breves instantes quedarían atascadas también las blusas y camisas  de algunos de los presentes.
En la pista ya no quedaba nadie.  Todos se habían congregado frente a la barra y allí gritaban, aplaudían e imitaban los movimientos de  Veruzka, quien ya compartía el tope de la barra con un gran número de chicos y chicas. Con el cutis más rojo que nunca, por la vergüenza, la Pelizanahoria se había retirado a una esquina. Gelindo la acompañaba, fascinado con el acontecimiento.
―A esta ciudad le estaba haciendo falta un momento como este. Mira como todos se divierten, escúchalos gritar… Cuando yo vivía en Nueva York…
Gelindo atrajo hacia su cuerpo a Luz Cecilia al  tiempo que iniciaba su anécdota, la cual debió ser muy divertida, pero la chica nunca lo supo, pues estaba atenta a lo que acontecía en la barra. Quiso prestarle atención a Gelindo por un momento, así que lo miró a los labios, pero solo unos segundos, pues su instinto le avisó que lo temido por ella estaba muy cerca, solo que no calculó qué tanto. Cuando volteó hacia la barra ya era muy tarde. Veruzka se besaba apasionadamente con uno que llamaban Alfredo Croes. Luego lo apartó y buscó los labios de un tal Ramón Tellería, después los del Morocho Faneite y los de Chente Weffer y los de Leoncio Lilo. Y ya comenzaba Veruzka a organizar una fila cuando quiso uno tocarla en sus partes nobles. Ella empujó al desdichado desde lo alto de la barra y este cayó aparatosamente sobre el piso.
Juancito Trucupey, quien veía junto a los bartender los acontecimientos, dentro del semicírculo que formaba la barra, presintió que se aproximaba una catástrofe. Por eso, llevándose por delante a todo  aquel que se interpusiera en su camino, corrió como un toro hacia la cabina del disc jockey para detener la música y encender todas las luces, pero cuando llegó al lugar ya iban de un lado a otro, por el aire de Stadium 45, discos, botellas, vasos, trozos de hielo, zapatos, butacas y… ¡ufff!, cualquier cosa que pudiera volar.
Luz Cecilia intentaba llegar hasta la barra donde su hermana luchaba por zafarse de una turba de hombres enfebrecidos, pero la multitud formaba un muro infranqueable. Gelindo intervino. Tomó a Veruzka por un brazo y, con la rapidez de un mago, la introdujo por una de las portezuelas ubicadas en la parte inferior de la estantería de la barra. Tras la portezuela había un corto túnel, el cual conducía hasta los pies de una escalera de emergencia que desembocaba en El Cuarto del Loco.
Cuando al fin Juancito Trucupey  encendió todas las luces, ya Veruzka descansaba sobre una silla Barcelona naranja.
―Sólo hacía una performance. ¿Por qué a la gente le cuesta tanto entender mi propuesta artística? ―susurró Veruzka, no con su voz sensual de hacía un rato, sino con voz aniñada.
―¡Eres la única meretriz virgen sobre la faz de la tierra! ―le reprochó Luz Cecilia
―¿Cómo? ―le preguntó Gelindo a su novia, asombrado por el comentario.
―Lo que escuchas. Veruzka, la doña, la devoradora de hombres, la Blanche du Bois de Caurimare, es virgen.

*

En su historia, esta ciudad ha sido visitada por dos huracanes. Al  primer huracán, llegado a estas tierras en 1681, nadie le puso un nombre propio; al segundo, todos lo llamaron “el huracán Veruzka”.

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FUENTES DE IMÁGENES
                  https://www.pinterest.com/atabaleitura/rapunzel/ 
                  http://unasartadementiras.blogspot.com/

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