miércoles, 14 de diciembre de 2016

LADO B - SURCO TRES

SURCO TRES


El lunes, el primero de nuestras vacaciones escolares, en la tarde, hubo una gran caravana para pasear a uno de los candidatos a la presidencia, un señor regordete que solo con su mención le  producía a mi abuela una fuerte jaqueca. La ciudad en esos días semejaba un bisure, se había llenado de banderolas y afiches de todos los colores. Desde lo alto de los postes del alumbrado público, muchos señores risueños parecían ofrecer hasta las pócimas de Blacamán, el personaje de un cuento que por esos días me leyó Tío Abue.
Esa tarde, mi papá había salido más temprano que de costumbre de su trabajo en el telégrafo, había solicitado permiso para llevarnos a pasear a dos primos, que habían venido de Maracaibo a pasar sus vacaciones en nuestra casa, y a mí. Su compadre Arístides Bueno le había prestado su camioneta ranchera, un carro que tenía bien puesto su nombre, pues era grande como un sombrero de charro, y en aquella camioneta nos fuimos de paseo. Nos acompañó mi abuela. Ella iba muy contenta, hasta que nos topamos con la caravana del candidato regordete y bigotón. Ahí, zuas, le cambió el humor. En la caravana había muchos carros, pero mi abuela decía que iban cuatro carros con cuatro gatos que ni siquiera tenían edad de votar, que más carros había tenido la caravana de su candidato, un señor chiquitito que andaba siempre de traje y corbata, a diferencia del candidato regordete que vestía siempre uno de esos trajes que usaba Epifanio, que llamaban safaris.
Mi papá, para divertirse un poco viendo a mi abuela disgustada, la contradijo. Le aseguró que había contado los carros de la caravana del candidato chiquitito y tenía menos carros que la del bigotón.
Mi abuela se puso más furiosa, y mi papá para contentarla nos llevó a la heladería El Sol. Mi abuela y papá siempre discutían porque eran de partidos políticos distintos, se enfurecían, pero como se querían mucho al rato estaban contentos y risueños. Mi abuela esta vez estaba más furiosa que nunca, tan furiosa como la mañana de ese mismo día, cuando leyó la crónica que Trina Payares publicó en El Pasquín.
En aquella crónica Trina relataba el viaje que el fin de semana había hecho a la sierra, a media hora de la ciudad, con Epifanio, Evelín y Gelindo. La noche anterior habían estado reunidos en casa de Trina, escuchando tangos, boleros y un poco de la música de los Beatles, que Trina aceptaba y escuchaba con nostalgia al recordar sus días de estudiante de la Universidad Central, antes de decidir unirse a la lucha armada que grupos subversivos llevaban a cabo en aquellos tiempos.
―Me gustan los Beatles porque su música es contracultural ―le explicó a Gelindo―, no como esa música que pones en tu programa. Un producto frívolo, de un hedonismo insoportable.
―Yo  me asumo frívolo y hedonista, Trina ―le replicó Gelindo―. Y me asumo irresponsable. Y kitsch. Algún mérito debe tener “asumirse” ―esta última palabra la pronunció con énfasis― en una comarca en la que muchos esconden algo. Y si no tiene méritos, qué importa, soy hedonista, no ególatra, y no tienen por qué importarme los méritos, que pudieran no ser más que la aprobación de los otros. Pero vamos a escuchar una música que nos guste a todos, porque, aunque tú no lo creas, Trina, tenemos muchas cosas en común. Incluyendo nuestros gustos musicales.
Y, dicho esto, tomó una carátula de las que había llevaba consigo, extrajo de ella un long play, el cual colocó en el tocadiscos. Cuando la música comenzó, Trina esbozó una sonrisa, una de esas que hacen evocar una patilla cuando le quitan una tajada. Gelindo también sonrió y tocó, brevemente, una guitarra imaginaria. 
Me habría encantado estar presente en aquella conversación. Lo que sé es lo que le escuché a mi madrina contarle a mi mamá. Trina y mamá eran amigas desde la infancia y solían tener largas tertulias donde se contaban sus problemas, sus tristezas, alegrías y secretos. Solían encerrarse en el taller de costura buscando mayor intimidad. Yo muchas veces escuchaba sus conversaciones porque cuando mi madrina llegaba a nuestra casa yo ya estaba echado en el piso, cerca del pedal de la máquina Singer y, como estaba tan quietecito dibujando, a mi madrina y a mi mamá se les olvidaba mi presencia. A veces mi mamá recordaba que la sombra que veía de reojo no era la del gato sino la mía y le hacía señas a Trina para que cambiaran el tema. Así sucedió uno de esos días, luego de la polémica de la crónica del viaje a la sierra y después de muchas visitas de Gelindo a casa de los Colina Payares.
―Las cosas entre Epifanio y yo no andan nada bien. Cada vez somos menos compañeros y más rivales. Cada día estamos más enamorados, pero no el uno del otro. Sabes que yo no puedo mentir, por lo que ayer se lo hice saber a Lindo…
En ese momento vi a mi mamá hacerle señas a Trina, advirtiéndole de mi presencia, y esta hizo silencio. Mi mamá, que había permanecido inmóvil, atenta a las palabras de mi madrina, comenzó a pedalear y el sonido de la aguja de la Singer se desparramó por toda la casa.  
*
Antes de enrumbarse hacia la sierra, Gelindo pasó en busca de Evelín. Cuando Trina la vio acercarse al carro, se pasó al asiento de atrás para cederle a ella el puesto del copiloto. Epifanio, ante este hecho, emitió una risa muda, una de esas con las que el cuerpo se mueve levemente al impedírsele dejar salir el sonido. Trina miró los ojos de Epifanio y estos brillaban de satisfacción. Ella no sintió rabia ante la burla silenciosa de su marido, más bien sintió ternura, pues le pareció una actitud infantil. Entonces le tomó una mano y se la acarició, pero él la retiró rápidamente. Gelindo, atento a lo que sucedía tras de sí, mirando por el retrovisor, se apresuró a comentar, para aliviar la tensión:
―Le propuse a Juancito una idea y ya comenzamos a trabajar para concretarla.
―¿Ah sí? ¿De qué se trata? ―quiso saber Epifanio.   
―No nos digas que van a comenzar un programa de radio juntos ―expresó Trina tratando de acertar.
―Caliente, caliente ―dijo Gelindo en tono juguetón.
―Van a formar una orquesta de salsa-disco ―aseveró Epifanio.
―Caliente, caliente ―volvió a decir Gelindo, y ya a estas alturas todos reían.
―Ya sé −aseguró Trina―. Van a  abrir juntos una emisora de radio. 
―Caliente, caliente ―repitió Gelindo.
Ya habían alcanzado la carretera de la sierra y comenzaban a elevarse y a observar el paisaje pigmentarse de verdes. Luego de varios intentos más de sus acompañantes por acertar la respuesta correcta, Gelindo, con entonación de suspenso,  decidió revelar el misterio: 
―Vamos a…. vamos a…. ―comenzó a decir tratando de mantener el suspenso y mirando por el retrovisor los rostros intrigados de Trina y de Epifanio―. Vamos a abrir una discotecaaaaa… una discoteca contemporánea, no como las que hay en la ciudad, oscuras, con unos bombillitos rojos de bar de mala muerte y música de hace una década. Vamos a abrir una discoteca con miles de luces multicolores y parpadeantes. Con la música que suena en la actualidad en Nueva York y en Caracas.
―¡Liiiiindooooo, qué gran noticia! ―exclamó Evelín.
―¡Jaaaaaaa! ―rio Gelindo por la emoción que le había causado la noticia a su novia.
―¿Cómo te parece la idea, Trina? ―solicitó Gelindo la opinión a su amiga.
―No quisiera desanimarte, Lindo, pero ¿qué beneficios puede traer una discoteca de esas magnitudes a una ciudad con tantos problemas como esta…?
―Pues, a mí me parece una idea extraordinaria, Lindo ―interrumpió Epifanio a su esposa―. ¿Y cómo se va a llamar?
Stadium 45, ¡jaaaaaaa!
―¿Y no hay una discoteca con ese nombre en Nueva York? ―preguntó Trina.
―Casi. Aquella se llama Studio 54 porque está en la calle que posee ese número. La nuestra se llamará Stadium 45, también por razones geográficas, está en la calle Estadio, número 45. Y es una estrategia nuestra para que los clientes se sientan como en un sitio de una gran metrópolis.
―Lo que quieres decir es que van a usar una treta capitalista que se llama engaño ―espetó Trina.
―No es un engaño, Trina, es hacerlos partícipes de una ilusión, como quien va al cine o al teatro ―aclaró Gelindo.
―No veo la diferencia ―agregó Trina.
―Eres genial, Lindo, me encanta el nombre. ―le celebró Evelín.
―¿Y por qué no le pones un nombre más parecido a nuestra idiosincrasia latinoamericana? ―sugirió Trina.
―¿Cuál? ¿La Cabra Mocha? ―espetó Epifanio en tono de burla. Evelín dejó escuchar una risita que rápidamente silenció
―Porque la gente, querida Trina, quiere participar de lo que sucede en el mundo y no podemos negarle la oportunidad. Ya hay aquí, en cada esquina, un bar con nombre de bolero o de tango, incluso hasta hay un bar ahora que lleva mi nombre de guerra: Loco Lindo, El Bar de Loco Lindo ―explicó Gelindo antes de soltar una carcajada de las suyas.
―Pero Nueva York no es el mundo, Lindo ―le cuestionó Trina.
―Tienes razón, pero es su capital.
Trina decidió hacer silencio. Ella sabía que su visión del mundo distaba mucho de la visión de Gelindo y de Evelín. Además, en ese momento no contaba con la simpatía de su esposo, por lo que supuso que sus opiniones a contracorriente solo contribuirían a crear un ambiente incómodo, y la idea era disfrutar del corto viaje, como habían acordado la noche anterior, ver el mar desde los poblados de la sierra, disfrutar del viento frío, del verde en todos sus tonos y buscar los duendes ―eso querían Epifanio y Evelín― que según la leyenda habitaban esas montañas. En eso pensaba Trina cuando el estallido de una de las ruedas delanteras del Camaro la hizo volver de sus cavilaciones. 
Tras la explosión de la rueda, el carro comenzó a deslizarse zigzagueante por una corta pendiente, con Gelindo maniobrando para detenerlo, Trina aferrada al espaldar del asiento del copiloto, Epifanio aferrado al espaldar del asiento del piloto y la Pelo Lindo gritando histéricamente.
Gelindo detuvo el carro gracias a un montículo, en la orilla de la carretera, a pocos metros de un precipicio. Todos salieron raudos del carro, respiraron profundo y se contagiaron con la risa de Gelindo, que no era una risa nerviosa como la de los demás, sino una risa de quien se está divirtiendo mucho. Epifanio se ofreció para ayudar a cambiar la rueda, pero Gelindo lo decepcionó al decirle que no cargaba ni gato hidráulico ni herramientas. Que tendrían que esperar que pasara algún carro que les facilitara los implementos que necesitaban.
Pasaron varios carros, camiones cargados de mangos, pero ninguno poseía los dos implementos requeridos. Los que tenían un gato hidráulico no tenían herramientas, y viceversa. Luego de una hora de espera pasó una camioneta pickup y el chofer al ver a los cuatro viajeros hacerle señales para que se detuviera, orilló el vehículo y se bajó a prestarles ayuda. El hombre, de gigantesca  y robusta anatomía, y tez negrísima y brillante, no tenía un gato hidráulico apropiado para un carro como aquel, pero se ofreció a levantar el vehículo con sus propias manos para que ellos cambiaran la rueda. Así lo habrían hecho, pero cuando Gelindo sacó la rueda del maletero y la colocó verticalmente sobre la yerba, Epifanio en su afán de colaborar, al intentar agarrarla le dio accidentalmente una leve patada que la empujó cerro abajo.
Tratar de rescatar la rueda en aquel desfiladero les llevaría mucho tiempo y los expondría al peligro, les advirtió el serrano, el cual se ofreció a llevarlos hasta la finca más cercana donde podían pagarle a alguno de los trabajadores para que los llevara a la ciudad a comprar una nueva rueda y buscar las herramientas para cambiar la averiada. Todos consideraron que aquella era una idea sensata y agradecieron al serrano su generosidad. Trina, Epifanio y Gelindo abordaron la parte trasera de la camioneta y se sentaron en unos bancos de madera improvisados bajo una especie de techo de latón abovedado en el que había pintadas coloridas y brillantes formas geométricas, tanto en la parte interior como exterior. Los bordes de la cabina quedaban al descubierto, lo que hizo que los viajeros sintieran la generosidad de la brisa fresca de la sierra. A los pocos minutos, cuando Trina y Epifanio miraron a Gelindo, no pudieron contener la risa, su cabello parecía un cañaveral dividido por varios caminos. Gelindo tanteó su cabello y al darse cuenta de las formas que había tomado unió su risa a la de sus acompañantes. Por una pequeña ventanita, los tres miraron hacia el asiento del copiloto y rieron con ganas al ver a Evelín aferrada al felpudo naranja que cubría el tablero de la camioneta, e intentando a cada rato recoger su cabello enredado en las borlas de la cenefa que se extendía de un extremo a otro de del parabrisas.
*
 El serrano los dejó enfrente de la finca y siguió su camino, luego de recibir los agradecimientos y negarse a aceptar pago alguno por el favor. Los cuatro caminaron hacia la entrada donde Gelindo tomó una pequeña piedra para tocar con ella la hermosa reja de hierro forjado del lugar.  En vista de que nadie salía, empujaron la reja y al percatarse de que estaba abierta decidieron pasar.
Un joven de tez morena vino corriendo hacia ellos. Epifanio le explicó el percance que habían tenido y el muchacho no dudó en prometerles ayuda, pero les pidió que esperaran un rato, pues uno de los empleados andaba para el pueblo más cercano en la Wagoneer con la que contaban en la finca, y el otro carro que tenían, un camión 350, andaba llevando una carga de mangos para la ciudad.
 La casa, ubicada a unos trescientos metros de la entrada, era una quinta de dos niveles rodeada de una grama salpicada con el amarillo de las frutas que se desprendían de la arboleda de mangos, que trazaba la senda desde la reja de entrada a la propiedad hasta la entrada del palacete. Si se miraba hacia el sur se veían hermosas colinas cubiertas de un pasto verde fosforescente y en ciertos descampados se apreciaban robustos ejemplares de ganado vacuno. Y si se miraba hacia el norte se veía la ciudad en su magnitud; y más allá, el mar. El dueño de la finca debía de tener mucho dinero, pensó Trina.
―Una pregunta: ¿Quién es el dueño de esta finca? ―preguntó Trina al joven―. Supongo que algún magnate caraqueño…
―No. Esta es la finca de Daniel Rincón, el diputado.
Trina y Epifanio se miraron asombrados. Los ojos de ella amenazaron con salirse de sus cuencas y Epifanio, al extraer su pañuelo del bolsillo, para secarse un sudor inexistente, invadió el lugar con su aroma de lavanda.
―¿Podemos hacer un recorrido? Digo, mientras esperamos. Así nos entretenemos un rato ―propuso Trina, y sus acompañantes percibieron en ella una mirada maliciosa.
―Con todo gusto, señora ―le respondió el muchacho y seguidamente los encaminó, por un sendero de lajas, hacia la parte posterior derecha de la casa, donde estaba ubicada una extraordinaria terraza bordeada con ocho antiguos faroles de hierro forjado que hasta no hacía mucho tiempo habían iluminado y ornado la plaza Bolívar de la ciudad.
Lindo tuvo palabras de elogios para aquel espacio y Trina con un tono histriónicamente irónico lo secundó:
―¡Síííí. Muuuy hermoso este lugar! Creo haber visto un lugar con unas farolas parecidas, pero no recuerdo dónde.
Evelín vio de pronto unos gansos caminar hacia unos arbustos, y los siguió. Los gansos desaparecieron tras el espeso follaje, y Evelín también. Luego, asomándose por uno de los bordes de la mampara vegetal, Evelín llamó a sus compañeros.
―¡Hey! Acérquense para que vean este tesoro oculto.
Ella lo dijo en sentido figurado e inocentemente, pero cuando Trina y sus otros dos acompañantes llegaron al sitio del hallazgo, estuvieron de acuerdo en que Evelín no se equivocaba, que literalmente estaban mirando un tesoro, tal vez no para muchos, pero sí para ellos: la escultura “Las tres nubes”, que antes diera la bienvenida a la ciudad, convertida ahora en tres lagunas, rodeadas por piedras y flores artificiales, donde abrevaba el ganado y los gansos nadaban plácidamente.
Trina agarró fuertemente a Gelindo y a Epifanio por un brazo. Ambos la sintieron temblorosa, y la notaron muy sudorosa a pesar de la fresca brisa serrana.
―¿Te sientes bien? ―le preguntó Epifanio.
―Mejor que nunca ―le respondió ella―. Tan bien que prefiero irme caminando hasta la ciudad antes que agradecerle un favor a este bandido de siete suelas.
Y diciendo esto dio media vuelta y se encaminó hacia la salida de la finca. Sus compañeros la siguieron. Epifanio iba murmurando adjetivos: “increíble, insólito, inconcebible…”. Los otros iban callados. Gelindo, con una expresión de vergüenza congelada en el rostro, en varias oportunidades se aclaró la garganta con la intención de decirle algo a Trina y a Epifanio, pero se contuvo, hasta que llegaron caminando al sitio donde estaba el Camaro con la rueda averiada. Ahí decidió decirles lo que tanto le había dado vueltas en la cabeza.
―Yo estoy seguro de que el maestro Teodosio no sabe nada de esto. Trina… Epifanio…
Todos lo miraron. Trina esbozó una sonrisita que denotaba incredulidad, como quien dice: ¡bah! Y Epifanio desvió rápidamente la mirada hacia el suelo, y dijo con voz queda: “Bueh”. No “bueno”, sino “bueh”, como quien dice: “¿Qué podemos hacer?. Quedarnos callados. Quién nos manda a andar contigo. Y además quererte”. Evelín si fue elocuente:
―Pero claro, Lindo, al maestro Teodosio le falta poco para ser un santo.
―Tampoco así ―le respondió Gelindo esbozando una sonrisa tímida.
Los cuatro abordaron el primer camión cargado de mangos que pasó rumbo a la ciudad. Este debía ser el último camión del día. Se sentaron, incluso la Pelo Lindo, en la parte trasera, sobre los guacales y cestas, y desde ahí vieron cómo se alejaban del Camaro, el cual se quedaba ahí, íngrimo, hasta que Tinche Jordán fuese hasta el sitio esa tarde con otro trabajador de la residencia oficial del gobernador, sustituyeran la rueda averiada y retornaran el carro de Gelindo a la ciudad.
Durante el viaje de retorno, Gelindo le lanzaba mangos a todo el que les decía adiós y Evelín lo secundaba. Trina se mantuvo callada, distante, pero Epifanio de vez en cuando, disimuladamente, también lanzaba algunos mangos y se reía bajito, no como Gelindo y Evelín que reían enérgicamente como los niños cuando disfrutan de sus travesuras.
El camión, al llegar a la ciudad, llevó a Epifanio y a Trina hasta su casa. Ya estos le habían indicado al chofer la dirección en un momento en que este  disminuyó la velocidad y les preguntó por la ventanilla su destino.
Los niños que salimos a la calle, convocados por la gritería que armó Gelindo al despedirse de ellos, fuimos obsequiados también con mangos que este nos lanzó. El dueño del camión un tanto molesto se asomó por la ventanilla y le advirtió:
―Ya has lanzado como tres guacales de mangos. Cuando te bajes te paso la cuenta. ¿Y a ustedes en dónde los dejo?
―Me pasas la cuenta por cuatro guacales, porque de aquí a que llegue a mi destino mínimo habré lanzado un guacal de mangos más. Nos dejas en la avenida La Heroína, en casa de la señorita. Yo te aviso ―fue la respuesta de Gelindo.
Antes de que mi madrina entrara a su casa la escuché decir:
―Lindo, nadie me creería si tú no hubieses estado presente.
Yo le grité a Gelindo las gracias por la fruta, le dije adiós con la mano y traspasé el zaguán de mi casa para llegarme al corredor donde me senté a dibujar a la Pelo Lindo vestida como Blanca Nieves, comiéndose un amarillísimo y pulposo mango en vez de una manzana… No. Por supuesto que ese mango no estaba envenenado.
*
Tanto como saborear los helados de la heladería El Sol, que eran los mejores de la ciudad, me gustaba verlos en los envases del mostrador. Todos los colores se concentraban ahí, los colores más vivos. Aquel mostrador era como una caja de acuarela gigante: el amarillo de los mangos, los rojos de las fresas y de la patilla, el blanco  del mantecado, el verde del pistacho… Yo habría pintado un gran cuadro con todos los colores del mostrador de la heladería El Sol. Me habría gustado además, que mi papá me comprara un gran helado con todos esos colores, pero siempre a mi papá solo le alcanzaba el dinero para comprarme una barquilla de dos tonos. Ese día de la caravana yo pedí una de pistacho con mantecado, para congraciarme con mi papá, a quien por esos días le gustaba mucho el verde; y con mi abuela, quien por esos días solo se vestía de blanco.
Mis tres primos pidieron helados de mango, “polos”, les decían ellos; mi papá, de ron pasa y mi abuela, de torta suiza. En el momento en que estábamos más entretenidos saboreando nuestros helados entró Gelindo y todos dirigimos nuestras miradas hacia él. Después miramos a sus acompañantes: la Pelo Lindo e Isbelia, quien ahora estaba empeñada en participar en el concurso Miss princesita con la asesoría de Evelín.
Gelindo junto con las dos muchachas caminaron hacia el mostrador. Él iba dando las buenas tardes con una voz apenas audible, y saludando con un leve movimiento de mano. Sus acompañantes, en cambio, iban con las miradas puestas en los colores del mostrador, aunque a veces ―cuando alguien las miraba de arriba abajo, con exagerada curiosidad―, ellas le devolvían la mirada y le obsequiaban una sonrisa exageradamente amplia.
Cuando pasaba frente a nuestra mesa, Gelindo se detuvo, saludó a mi abuela estrechándole la mano, lo mismo hizo con mi papá. A mí me pasó la mano por mi cabeza rapada como despeinando un cabello inexistente. Yo me sonreí. Y no pude evitar lanzar una carcajada cuando uno de mis primos, el que era un año mayor que yo, le dijo a Gelindo:
            ―Vos parecéis un  micrófono.
            Me reí mucho porque yo también establecía siempre ese símil, solo que nunca se lo habría dicho a Gelindo, y menos con ese tono tan musical con el que se lo dijo mi primito de Maracaibo.
            Gelindo no se molestó, más bien celebró la ocurrencia soltando su peculiar risotada. Mi abuela, por el contrario, sí mostró su disgusto con mi primito, y con un prolongado “¡sssssshhhhhh!” lo increpó a guardar silencio. Seguidamente, ella se disculpó con Gelindo. 
            ―Despreocúpese ―le respondió Gelindo―, los niños somos así.
            Y todos reímos, incluyendo a mi abuela. Cuando Gelindo siguió su camino hacia el mostrador mi abuela nos contó que ella había viajado a Caracas cuando doña Céfora había traído al mundo a Gelindo.
―Fue un parto difícil, tanto Ceforita ―así le decía mi abuela a doña Céfora― como la criatura estuvieron en peligro de muerte. Se salvaron gracias al doctor Gelindo, un médico italiano que era una eminencia, por eso Ceforita quiso que su hijo llevara ese nombre y no el de Teodosio, quien siempre soñó con tener un hijo varón que se llamara como él. Teodosio no se opuso porque estaba muy agradecido con el médico.
―Ahora entiendo por qué el maestro Teodosio consiente tanto a su hijo― comentó mi papá.
―Por eso me molesta tanto que la bandida de enfrente ―refiriéndose a mi madrina Trina Payares― haya intentado resquebrajar esa relación tan especial que tienen ellos. Cómo pudo titular ese panfleto que publicó hoy “El maestro Alí Babá”, y además finalizarlo con esa frase “si no me creen pregúntenle a Gelindo Petit”. Qué culpa tienen Teodosio y Lindo de que el diputado Daniel Rincón haya decidido resguardar en su finca esa escultura.

―¿Resguardar? ―preguntó mi papá, pero no obtuvo respuesta.

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FUENTES DE IMÁGENES

miércoles, 7 de diciembre de 2016

LADO B - SURCO DOS

SURCO DOS


―A continuación los alumnos del segundo grado “A” nos deleitarán con el baile tradicional El pájaro guarandol ―anunció por los parlantes la maestra Irmita, la que en todos los actos de la escuela se encargaba de las presentaciones y de la animación.
Al ser anunciados, los niños salieron al escenario e inmóviles como estatuas esperaron que comenzara la música. Eran diez niñas que, alineadas en dos filas, bailaban vestidas con unas faldas floreadas, una blusa blanca de faralao en los hombros y unas alpargatas con unas borlas multicolores que les abarcaba toda la parte frontal.
No había sorpresas en aquel baile, en todo acto de la escuela lo presentaban, unas veces lo hacían los alumnos del primer grado “B”, otras los del tercero “C”, o los del quinto “D”. Todos sabíamos que  las niñas  de la fila de la derecha se pasarían para la fila de la izquierda, y las de la izquierda para la derecha. Que luego comenzaría a danzar un niño disfrazado de pajarraco y después otro vestido de cazador. Que las niñas cantarían suplicándole al cazador que no matara al pajarraco y este, terco, les diría que sí lo iba a matar, y lo mataba. Y las niñas llorarían y llegaría una yerbatera y diría que ella curaba al pajarraco con aceite de coco y un trago de ron. Lo curaba y la gente aplaudía. Así mismo sucedió en esta oportunidad. Solo que la yerbatera se había tomado muy en serio su papel y en una cantimplora había trasegado una botella de brandi que tenían en su casa y cada vez que en el disco sonaba el parlamento de la yerbatera, que decía: “Yo curo ese pájaro, señor cazador/ con aceite e coco y un palo de ron”, ella le daba un trago al pobre pajarraco, y cuando quisieron que el pajarraco se levantara, el pajarraco, ebrio, solo lloraba y llamaba a su mamá.


Aquello causó un revuelo. Muchos se rieron, pero la mayoría de los  padres estaban tan indignados que exigieron la destitución del director y de la maestra del segundo grado “A”. También exigieron la expulsión de la niña que representó a la yerbatera. Pero nosotros nos enteramos de eso después que terminó el acto, porque estábamos tras bastidores esperando nuestro turno, con un frío en el estómago por los nervios, con nuestros trajecitos que mi mamá nos había confeccionado.
Estábamos ya angustiados, porque después que terminamos de escuchar la canción del pájaro guarandol decidieron presentar un baile llamado El chiriguare, ejecutado por los alumnos del segundo grado “C”. Alguien, en el momento del revuelo por el pajarraco borracho, había extraviado el casete con nuestra música y tuvieron que dejarnos para el final, dando tiempo de que el casete apareciera.
Tampoco habría sorpresas con El chiriguare. Todos sabíamos que otras diez niñas alineadas en dos filas bailarían al ritmo de una cancioncita que decía que cerca de una laguna había aparecido un “monstrete” llamado el chiriguare, que tenía rabo (o cara) de burro y boca de bagre. Un niño, el más feo del salón, haría el papel del chiriguare, y otro sería el brujo Machuco, quien mataría al chiriguare con sus oraciones. Y luego aparecería un niño disfrazado de ave carroñera y se comería al pobre chiriguare. Las niñas, impasibles ante tan macabra comilona, seguirían bailando alrededor del “monstrete”, sin dejar de cantar: “Chiriguare, chiriguare, zamurito te va a comer, te va a comer, te va a comer…”.


Cuando estaba finalizando El chiriguare, la maestra nos advirtió que seguíamos nosotros. A mí me dieron unos retortijones en el estómago por los nervios, pero cuando salí al escenario y escuché los aplausos del público, ya no sentí nada.
−A continuación, los alumnos del primer grado “B” nos presentarán el baile intitulado Grease −había anunciado la maestra Irmita.
Cuando estuvimos todos en nuestras posiciones, tal cual nos lo había indicado nuestra maestra en los ensayos, de los altoparlantes comenzaron a salir las notas de You Are The One That I Want y nosotros nos convertimos en Danny Suko, Sandy y los amigos de ambos. 


Yo iba a ser Danny Suko, pero mi miopía me lo impidió. ¿Quién iba a imaginarse a un Danny Suko miope y con lentes? Así que la maestra decidió que el papel lo representara Veroes, porque después de mí era el que mejor bailaba. Como Veroes era bastante morenito le pusieron mucho talco en la cara porque ¿quién iba a imaginarse a un Danny Suko tan oscurito?
Cuando terminamos de bailar, la gente se puso de pie para aplaudirnos. Algunos padres y algunas maestras, que pensaban como mi madrina, dijeron muertos de la envidia que estaba mal que en un acto escolar pusieran a los niños a realizar bailes que no tenían nada que ver con nuestro folclore, pero mi maestra los puso en su sitio diciéndoles que a ella le parecía peor darle un mal ejemplo a los niños con bailes donde se mataban criaturitas indefensas como el pájaro guarandol y como el animalejo que tenía rabo de burro y boca de bagre.
Nunca más asistí a una fiesta de fin de curso como esa, tan emocionante, tan emocionante que cuando nosotros estábamos bailando llegó Gelindo a la escuela, invitado por mi maestra, y cuando terminamos fue el primero que se paró a aplaudirnos. Luego se nos acercó y nos felicitó y a cada uno nos dijo:
―¡Chócala! ―y estrellaba su palma contra las nuestras, como los deportistas.

*
Después del acto de fin de curso, invité a todos mis compañeros a una merienda en mi casa. Mi abuela, para premiarme por haber sido promovido de grado con veinte puntos, y por el éxito de nuestro baile, prepararía para mis amigos y para mí una torta que ella llamaba “debudeque”, una gelatina y un batido de Toddy; también unos helados de Kool Aid en frasquitos de compota.
Lamentablemente no asistieron todos los invitados. Solo fueron Veroes, Palencia, Dirinot, Irausquín y Haydeecita, la niña que hizo de Olivia Newton Jhonn ―de Sandy, mejor dicho― en el baile. Puesto que no éramos muchos, y mi abuela había hecho merienda para todo mi salón de clases, degustamos dos y tres veces el refrigerio, y no comimos más porque Palencia recordó mi historia del fantasma en la casa de mi madrina y propuso hacer una expedición en busca de aquel espanto.
―No. Mi madrina me prohibió que salte el muro.
―¿Pero te prohibió que busques al fantasma? ―me preguntó Palencia.
―Eeeh… no... pero, yo creo que sí, aunque no me lo haya dicho.
―Si no te lo dijo, entonces no te lo prohibió ―me explicó Palencia con una expresión solemne en el rostro.

―Pero ¿cómo hacemos para llegar hasta el cuarto del loco sin saltar el muro? ―quise saber―. La otra manera es entrar a la casa por la puerta principal. Podemos hacerlo, llamamos a la puerta con cualquier excusa y tal vez mi madrina nos deje entrar, pero no nos dejará pasar del primer patio.  
―Nadie ha dicho que llamaremos a la puerta ―aclaró Palencia―. El único que tiene prohibido saltar el muro eres tú, así que… saltaremos nosotros, entraremos a la casa y te abriremos la puerta.
―Pero eso estaría mal ―le cuestioné a Palencia.
―No, lo que tú harás no estará mal. Tú tienes prohibido saltar el muro, pero no tienes prohibido entrar a la casa. Nosotros saltaremos el muro y si nos descubren diremos que entramos a buscar una pelota que se nos desvió hacia ese solar. Si no nos descubren saltaremos y uno solo buscará la manera de llegar hasta la sala mientras los demás esperan ocultos en el solar. Si tenemos éxito, tú nos conducirás luego hasta el cuarto del loco donde viste el fantasma ―expuso Palencia su plan.
―Lo que hay que saber ahora es si tu madrina se encuentra en la casa, si no está será más fácil ―propuso Veroes.
―Buena idea, compañero Veroes, usted siempre tan atinado ―elogió Palencia a su amigo.
Palencia siempre hablaba como un adulto, decía palabras que solo se escuchaban en El Observador, un programa de noticias de la televisión, o palabras que escribía mi madrina en su periodiquito El Pasquín. Yo a veces no lo entendía mucho, y a veces buscaba en el diccionario las palabras extrañas que pronunciaba Palencia, pero el diccionario se equivocaba porque las definiciones que daba de ellas eran muy diferentes a lo que Palencia aseguraba que significaban.
―Pero algo me sigue preocupando. Si entro a casa de mi madrina sin permiso, eso igual estaría muy mal ―expresé.
―Tranquilo, compañero, usted no entrará sin ser invitado a pasar. Nosotros cuando abramos la puerta, le diremos: “Pase adelante”. Y usted se da por invitado.
Asentí con un gesto, aún no muy convencido.
―No tema, compañero, que la fuerza está con nosotros ―continuó Palencia con esa seguridad que lo había hecho nuestro líder cuando, en la escuela, jugábamos a La guerra de las galaxias en los recreos.
―Yo creo que mi madrina no está en su casa, hace rato la vi salir con Epifanio. Tal vez no hayan regresado.
Haydeecita corrió hacia la ventana y al regreso informó:
―No hay ningún carro estacionado enfrente, y el portón de la casa de tu madrina está cerrado. Parece que no hay nadie.
―Buena labor de inteligencia, compañera ―la elogió Palencia.
―¡Tengo una idea! ―exclamó Veroes, quien siempre era el segundo a bordo―. Que Haydeecita se quede afuera, en la acera y que nos avise con un silbido cuando llegue alguien a la casa.
―Pero yo no sé silbar ―confesó decepcionada la niña.
―No te preocupes, suenas este silbato que me regaló mi abuela ―le dije.
Ella sonó el silbato de plástico y todos pudimos escuchar que de él salía: “PI-ÑE-RÚ-A”. Entonces reímos por lo gracioso que nos resultó aquel sonido.

*
El plan lo ejecutamos tal como Palencia lo diseñó.
Yo los conduje hasta el segundo patio. Entramos al primer cuarto y fuimos atravesando los otros, accediendo a cada uno de ellos por las puertas internas que los comunicaban. Cuando llegamos al penúltimo cuarto, donde se encontraba la puertecita bloqueada con una alacena, Palencia preguntó con voz temblorosa:
―¿Quién tendrá el privilegio de ser el primero en entrar?
Ninguno se atrevió a responder. Teníamos mucho miedo. El que se notaba más acobardado era Palencia, quien sugirió someterlo a votación. Todos votamos por él, menos él, que votó por Dirinot.
―¿Por qué quieren que entre yo? ―preguntó visiblemente temeroso.
―Porque eres nuestro líder ―le respondió Veroes y los demás asentimos con un movimiento de cabeza.
―Aquellas palabras en lugar de convencerlo le dieron la oportunidad de excusarse.
―Ah, ustedes bien lo han dicho, soy su líder y como tal delego mi función en Dirinot, para que después no digan que yo no los tomo en cuenta.
Dirinot se resistió en un primer momento, pero cuando Palencia le dijo que delegaba en él esa importante responsabilidad porque en todo el grupo no había nadie que hubiese mostrado más valentía que él, Dirinot quedó convencido y luego de almacenar en sus pulmones todo el aire que pudo caminó hacia la alacena que medio ocultaba la entrada al cuarto del loco, la apartó con una fuerza sobrenatural, descolgó la tranca y haló por unas argollas las dos hojas de la puertecita, emitiendo un grito así como: ¡Jiaaaah!
Nosotros estábamos ubicados detrás de él, a discreción, con un frío recorriendo nuestros cuerpos. Vimos cuando Dirinot entró al cuarto del loco, luego lo vimos salir riendo a carcajadas, sin obedecer a nuestro líder, quien le pedía que se callara y le preguntaba qué había visto.
Palencia se llenó de valor y entró, luego entramos Veroes y yo. Vi que el cuarto del loco estaba más iluminado que la primera vez. No solo entraba luz por el ojo de buey sino también por un gran boquete que se había abierto en el techo. No vimos ningún fantasma, y al parecer los bisures habían emigrado del lugar. Solo palomas habitaban en aquel espacio, palomas que revoloteaban sobre nosotros salpicándonos con sus deposiciones, como lo habían hecho hacía un momento con Dirinot.
No recordaba haber visto allí, la primera vez, aquellos platos plásticos que estaban apilados en un rincón. Tal vez alguien se estaba encargando de alimentar las palomas. No creo que esos platos hayan contenido alimentos para el fantasma, príncipe de los bisures, los fantasmas no comen, toman agua sí, pero no comen, según decía mi abuela. Aunque, la verdad sea dicha, la primera vez, por el susto no me fijé mucho en los detalles del lugar. Por lo que pensé también que el alimento que en alguna oportunidad contuvieron esos platos fue para los bisures.
Palencia propuso espantar las palomas para divertirnos un rato, y comenzamos a hacerlo, pero en eso escuchamos un sonido proveniente de la calle: PI-ÑE-RÚ-A, PI-ÑE-RÚ-A, PI-ÑE-RÚ-A.
―¡Es Haydeecita!  ―exclamó Veroes, y corrimos por el cuarto sin saber qué hacer, tropezándonos unos con otros. Cuando nos calmamos, Dirinot propuso, ante el peligro que corríamos de ser descubiertos si saltábamos el muro que daba a la calle, trepar hasta el techo de la casa y caminar por él y por el tejado de las tres o cuatro casas consecutivas hasta alcanzar una casa abandonada que estaba en la calle de atrás. Eso hicimos, trepamos al techo, pero antes de encaminarnos hacia la calle adyacente, nos dirigimos a gatas hacia la cumbrera y pudimos ver desde allí a mi madrina y a Epifanio conversar con un vecino en la acera de enfrente y luego caminar con Gelindo hacia la entrada de la casa. Iban muy contentos, riéndose a carcajadas, como si estuviesen viendo El Chavo del Ocho.

*
A eso de las diez de la noche, me despertó el rugido del motor del Camaro de Gelindo, cuando este se marchaba de la casa de mi madrina. A esa hora me levanté y me fui al comedor a dibujar. Desde ahí escuché a Tío Abue pelear con un político a  quien entrevistaban en el noticiero. Tío Abue solía pelear con los políticos cuando veía el noticiero El Observador, y ellos sordos, o mejor, lejanos, jamás se enteraban de sus rabietas. Mi abuela también peleaba cuando veía la televisión, pero con las villanas de las telenovelas. Me gustaba ver cómo mi abuela se introducía en el mundo de la ficción, lloraba, reía, peleaba, le daba consejos a la muchacha buena y sufrida, y al cabo de una hora pasaba al mundo real de lo más tranquila, como si un rato atrás no hubiese estado a punto de un síncope por tanto llanto y tanta risa.
―Ya se fue Lindo Petit de casa de la bandolera. Ahora esos tres son muy amigos. Mejor dicho, esos cuatro, incluyendo a Juan Garcés. ¿Qué dirá Teodosio de esa amistad? ―escuché comentar a mi abuela, quien había dejado de trastear en la cocina y se había llegado hasta el corredor donde Tío Abue veía televisión.
Luego mi abuela se llegó hasta el comedor y se asombró al verme:
―Pero, niño, ¿qué haces despierto a esta hora?
―Dibujando al fantasma, príncipe de los bisures.
―¿Otra vez?
No le respondí, porque ella no me hizo la pregunta para que se la respondiera sino como un pequeño reproche.
―Anda, acuéstate ―me ordenó.
―Ya voy, abuela ―le prometí. Y seguí con mi dibujos.

*
Por mucho tiempo no volví a saber del fantasma, príncipe de los bisures. Hasta aquella noche que lo vi en la televisión y cuando lo hice saber a mi familia nadie me creyó, excepto mi abuela, quien se quedó pensativa y me preguntó que si la primera vez que vi al fantasma este me había dicho algo.
―Cuando vi que todo se estaba borrando a mi alrededor, escuché unas frases en inglés. Pudo haber sido el fantasma, príncipe de los bisures, quien me dijera aquello. O el bisure. No entendí aquellas palabras, pero sé que eran en inglés porque estoy seguro de que una de esas palabras la he escuchado en una canción de Gilla.  
―¿Un fantasma o un bisure que hablan inglés? Eso sí es extraño ―fue lo último que dijo mi abuela.

*
            Muy temprano, escuchamos sonar la corneta del Camaro de Gelindo. Ya todos estábamos despiertos. Era sábado, y mi papá y Tío Abue conversaban en la cocina tomándose un café. Yo los escuchaba atentos. Ellos, como siempre, se habían levantado muy temprano, aun no siendo un día laborable, para ir a comprar los periódicos. Y al regreso, se habían sentado, como siempre, a la mesa de la cocina a leer y comentar las noticias.
Cuando la corneta sonó por segunda vez, yo corrí a la ventana de la sala para cerciorarme de que era Gelindo quien estaba enfrente, y mi mamá me reprendió diciéndome que eso no era de gente educada asomarse a las ventanas para averiguar algo que no era de mi interés.
―Gelindo es amigo mío y uno debe interesarse por sus amigos, tú siempre me lo dices ―le respondí. Ella guardó silencio y yo seguí observando desde la ventana.
Atento vi a mi madrina salir de su casa vistiendo una manta guajira azul celeste con unos soles naranja, amarillo y verde bordados en el frente, en línea vertical. Era la manta guajira más bonita que le había visto. Mi madrina llevaba parte del cabello oculto bajo una pañoleta de seda naranja, verde y blanca con motivos vegetales, unas hojas sinuosas, creo recordar. Su mirada iba protegida por unos grandes anteojos de sol  hexagonales. Tras ella salió Epifanio, no llevaba uno de sus acostumbrados trajes safaris sino una camisa blanca, que mi mamá le había confeccionado, y un pantalón de cuadros pequeñitos.
Risueños se montaron en el carro y Gelindo aceleró. Yo intuí que iban de paseo a la sierra, y no me equivoqué.
La crónica de aquel corto viaje, publicada por mi madrina en El Pasquín el lunes siguiente, dio mucho de qué hablar y otra vez el nombre de Gelindo Petit se vio ligado a Las tres nubes, la escultura que le dio la bienvenida a las comidillas de la ciudad. 

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FUENTES DE IMÁGENES


miércoles, 30 de noviembre de 2016

LADO B - SURCO UNO


LADO B
  
Me dices loco,
 porque me río
 cuando debiera, tal vez, llorar.
 Me dices loco,
 porque he llorado
 cuando era todo felicidad.

No me comprendes,
 me dices loco. Solo te inspiro curiosidad.

Bola de Nieve

   
SURCO UNO


Naranja. En la década de los años setenta del siglo XX, todo era naranja. Los televisores y los radios. Los sofás y las sillas del comedor. El papel tapiz, las alfombras, las cortinas del baño, las cenefas de las cortinas de las ventanas, las lámparas, los exprimidores de naranjas, menos las naranjas, claro, porque en este trópico las naranjas nunca han sido de color naranja. Todo lo demás sí: las zanahorias, las auyamas, las mandarinas y hasta los tomates, pero no las naranjas. Los carros también eran naranja. Menos el de Gelindo, que era rojo, y el del maestro Teodosio que era azul marino, y los carros fúnebres, las patrullas y las ambulancias. De resto todos eran naranja, desde el Volkswagen Brasilia de Epifanio Colina hasta el Mustang de la Pelo Lindo. Incluso, en las cancioncitas tontas que cantaban las niñas en la escuela no podían faltar las naranjas: “Naranjas chinas,/ limón pintón,/ dame un besito/ en el corazón.” O: “Naranjas chinas,/ limón francés,/ dame un besito/ si me querés”.
Yo cierro los ojos, para sintonizar los años setenta, y comienzo a ver todo naranja. En ese entonces yo creía que solo los que usábamos anteojos veíamos las cosas de ese color. Pensaba que nuestros anteojos los hacía un mago con esa intención; desde luego, también pensaba que los lentes tenían un pequeño defecto, por eso algunas cosas las veíamos en otros tonos.
Cada vez que mi mamá me llevaba al oftalmólogo, en un descuido de ella y del doctor Espinoza, levantaba una cortinita (naranja) que había en el consultorio y que servía para separar ese espacio de otro donde el doctor guardaba todos los lentecitos que iba poniendo ante nuestros ojos para que leyéramos el abecedario. Levantaba aquella cortinita con el deseo de ver detrás, sobre una silla, una cabeza gigante, la del mago, que me dijera:
―Yo soy el Grande, el Poderosísimoooooo, el Terribleeeee ¿Tú quién eres y para qué me buscas?
Pero no. Nunca veía al fulano mago. Solo las cajitas de madera. Entonces me decepcionaba, y me lamentaba de no haber nacido en la Ciudad Esmeralda, donde sí había un mago, un mago que además era el que gobernaba, y seguro vestía ropajes mágicos, no como el maestro Teodosio, que solo usaba guayaberas. Guayaberas blancas. Si al menos hubiesen sido guayaberas naranja, como las camisas de Juancito Trucupey, habría pensado que el gobernador Teodosio Petit sí era un mago.
Por cierto, no recuerdo a Juancito vestido de otro color. Imagino que tenía un armario lleno de camisas naranja. Hay una imagen que nunca olvidaré de él: estaba vestido con una camisa de poliéster de su color favorito. Debió ser una noche muy calurosa porque la camisa se le adhería al cuerpo con el sudor. También vestía un saco beige y un pantalón del mismo color, sostenido con una correa de hebilla gigante. Juancito estaba parado al lado de una cantante, mirándola embobado. La artista lucía un vestido de escote recto sostenido de los hombros por dos finos listones. El traje estaba recamado en lentejuelas verde caramelo y en el lado izquierdo tenía a lo largo de la pierna una abertura que dejaba ver una fina línea de piel.
Toda aquella luz de las lentejuelas del atavío de la artista reverberaba en la fotografía realizada por mi papá con su Polaroid en un evento llamado Festival del Caribe. La camisa de Juancito Trucupey también reverberaba. Aquella era la imagen del encuentro de dos mundos, el de Ciudad Esmeralda y el de Ciudad Naranja. Porque aquella cantante debía de venir de la ciudad del Gran Oz.  Tal vez ella era el mismísimo Oz metamorfoseado en una diva.

*
“Porque soy así/ me llaman loco,/ nadie sabe mi dolor/ es que me conocen poco.// Loco, loco voy por la vida,/ canto, río y sufro también./ Soy humano y todo me pasa,/ por eso siempre yo loco seré.// Y cada día más loco estaré”. 


Decían que con esa canción de Héctor Lavoe había iniciado Juancito Trucupey su programa al siguiente día de que la Pelo Lindo tomara la foto que vi en el Volkswagen Brasilia de Epifanio y luego en casa de mi madrina.
―Esta canción estuvo dedicada a mi nuevo amigo del alma, Lindo Petit― cuentan que expresó Juancito al finalizar el tema.
Los radioescuchas fieles a Juancito quedaron atónitos con su dedicatoria. No todos, claro, algunos ya se habían enterado de la reciente amistad entre los dos rivales, pues los que habían estado en El Bar de Loco Lindo, llamado hasta la noche anterior La Esquina Gardeliana, se habían dedicado esa mañana a comentar lo sucedido: los abrazos entre los dos locutores, las risas, las fotos, los ¡salud! antes de cada trago, la cantadera de Trina, la reidera de Trina por todo lo que decía el Loco Lindo, la sudadera de Epifanio cada vez que Gelindo lo abrazaba ―cosa lógica, pensaba yo, por aquel calorón que hizo esa noche―, los tragos de cocuy con refresco sabor a colita y con ponche crema de la Pelo Lindo…
Gelindo, cuando alguien le comentó lo que había dicho Juancito en su programa, tomó el teléfono y lo llamó a la emisora Ondas del Mar para agradecerle el gesto.
―Tú no tienes que agradecerme nada, Loco Lindo, es más, chico, vamos a celebrarlo.
―¿A celebrar qué, Juancito? ―quiso saber Gelindo.
―A celebrar que te dediqué una canción y tú me llamaste.
―¡Jaaaaaaaaa!― se rio Gelindo al constatar que Juancito tenía bien ganado su apodo―. ¿Y en dónde lo celebraremos? ¿En La Esquina Gardeliana?
―Yo no conozco ningún bar que se llame La Esquina Gardeliana. Yo conozco es un bar que se llama El Bar de Loco Lindo.
Gelindo rio con más ganas.
―Pero no, no vamos a celebrar en El Bar de Loco Lindo. Hoy vamos a celebrar en una fiestecita que tienen las Navarrete porque terminaron su curso de secretariado bilingüe por correspondencia. Vamos a hacer algo, pásame buscando a eso de las ocho. Ah, invita a tu novia. A las Navarrete les va a gustar que haya una celebridad local en su fiesta, así tendrán a alguien a quien criticar y la fiesta será un éxito.
Y eso hizo Gelindo, invitó a la Evelín, pero esta estuvo reacia a asistir a una fiesta con gente que no era de su entorno. Seguro que no estaría ninguno de sus excompañeros del colegio, mucho menos alguno de sus vecinos de la avenida La Heroica. Lo más seguro era que se aburriría y no tendría más opción que hacer bombitas de chicle y acariciarse un mechón de su cabello al tiempo que pensaba en sus amigos de Caracas, que a esa hora estarían en Le Club relatando las anécdotas de sus viajes a Orlando.
“No. No y no”. Respondió Evelín a la invitación de Gelindo. Pero horas más tarde estaba sentada junto a una de las Navarrete, dándole consejos sobre el cuidado del cabello y comiendo trocitos de queso, de los que pinchaban con palillos que luego hendían en la pulpa de una manzana. No había por aquellos tiempos en la ciudad una fiesta sin una o muchas manzanas como esa, y las fiestas de las Navarrete no podían ser la excepción.
Las Navarrete, Isbelia y Eglée, eran unas muchachas muy agraciadas. Parecían gemelas, pero Eglée le llevaba a Isbelia casi dos años de diferencia. La primera tenía diecinueve años y la otra dieciocho. Isbelia era la novia de Juancito y, como a él, le gustaban mucho las fiestas. Era muy amistosa, conversadora y preguntona con la gente que acababa de conocer. Esa fue la impresión que dejó en Evelín a quien, según le confesó esta a Gelindo, dejó exhausta con el interrogatorio que le hizo.
Pero Isbelia no solo le hizo preguntas a Evelín, también le hizo confesiones. Le contó que Juancito Trucupey primero fue novio de su hermana Eglée, pero Eglée era una muchacha muy tranquila, de poco salir a fiestas y de poco hablar, además bailaba muy mal. Por lo que cuando Juancito y Eglée se enamoraron se llevaban a Isbelia a las fiestas para que bailara con él. Así, poco a poco, Isbelia y Juancito se fueron enamorando y una noche, en una fiesta con La Billo’s Caracas Boys en el Círculo Militar, Juancito fue llevando a Isbelia, al ritmo de la canción El brujo, hasta el centro de la pista. Isbelia iba canturriando:
“Un señor de Margarita,/ llamado Ñero Baruta,/ se presentó donde el brujo/ para hacerle una consulta:/ Perdone usted la molestia,/ que a preguntarle yo vengo/ qué debo hacer, señor brujo,/ con el problema que tengo./ Soy padre de cinco hijos/ y muchas obligaciones,/ pero, señor, no me olvido que ahí vienen las elecciones./ Dígame usted, señor brujo,/ por quién yo debo votar/ pa cumplir con mis deberes de ciudadano ejemplar…”


Juancito sentía en su mejilla y en su oreja el vientecito que producía el canturreo de Isbelia, y aquello le causaba una deliciosa cosquilla. Como reacción, el locutor presionaba su mano izquierda sobre la espalda de la muchacha, atrayéndola cada vez más hacia él hasta que los cuerpos estuvieron tan cerca que el uno sentía el latido del corazón del otro. Estaban tan cerca que cuando la orquesta comenzó la ejecución del bolero “El último suspiro” no había ni un milímetro de separación entre ellos. Su respiración estaba agitada y sus rostros brillaban por el sudor, sus ojos también brillaban. Eglée desde la mesa donde se encontraba había intentado varias veces ubicarlos con la mirada, pero le había sido imposible, solo los pudo ubicar cuando muchas parejas exhaustas comenzaron a abandonar la pista luego de que el maestro Billo marcara los tiempos, los músicos descargaran su pasión en sus instrumentos, y el solista entonara:
“El último suspiro de mi vida/ por ti lo he de exhalar,/ el último preludio de mi lira también por ti será…”
Al escuchar aquella primera estrofa, Juancito sintió un hilo de fuego ascendiéndole desde la ingle hasta el cerebro.
“La vida se me escapa lentamente, /no lo puedo evitar,/ y escucha de esta súplica doliente/ mi tristísimo cantar”.
Siguió modulando el cantante de la orquesta. Isbelia quiso levantar la vista para mirar al artista, pero el roce del bigote de Juancito sobre su cuello y luego sobre su mejilla la habían debilitado, ella era en ese momento solo una frazada de seda en los brazos del hombre.
“Cantar cuando se pierde/ la esperanza/ de volver a besar/ y en mis brazos tener/ el cuerpo virginal/ de tan linda mujer”.


Isbelia sintió la lengua de Juancito recorrer su oreja y su mejilla. La sintió llamar a su boca y entrar desaforada. En ese instante, dos parejas que bailaban frente a ellos se deslizaron un poco, una a cada lado, como telón, y Eglée pudo ver a su hermana y a su novio inmóviles, en el centro de la pista, pero agitados más allá de sus labios.

Las parejas que se habían movido volvieron al centro y ocultaron nuevamente a Isbelia y Juancito segundos antes de que finalizara la canción. Cuando retornaron a la mesa, Eglée los esperaba de pie, con su cartera en la mano.
―¿Qué pasó, mi caralinda? ―le preguntó Juancito a Eglée―. Te veo como disgustada. ¿Alguien se propasó contigo?
―No seas tan ridículo, Juan Garcés ―le respondió Eglée con rabia.
―Ay, Eglée, pero a ti no se te puede hablar― le reprochó Isbelia.
―Vamos al baño un momento― ordenó Eglée a su hermana tomándola con fuerza por un brazo.
―¿Pero vamos a dejar a Juancito solo? ―preguntó Isbelia con un tono de ingenuidad fingida.
―¿Y por qué no? ¿Yo sí puedo quedarme sentada sola toda la noche? ―le contestó Eglée a su hermana, impulsándola por el brazo hacia los tocadores.
―Pero, hermanita, ¿qué es lo que te pasa? ―quiso saber Isbelia cuando llegaron al sanitario. Me dejaste las uñas marcadas en el brazo.
―Que te vi besuqueándote con el desgraciado de Juancito Garcés.
―¿Quéééééé? ¡Ay, no. Los celos te hacen tener visiones!
 ―Mira, Isbelia Coromoto, yo seré muy quietecita, pero boba no soy. Es más, chica, quédate con tu Juancito Trucupey, que son tal para cual. Agradecida estoy de que me quites ese chicle de encima.
*
―Míralas, Loco Lindo. ¿Verdad que son bonitas nuestras novias? Las más bonitas de toda la fiesta ―le comentó Juancito a su amigo mientras ambos, ubicados en una esquina de la sala, miraban a Evelín y a Isbelia conversar―. Yo no dejaría a Isbelia por ninguna mujer del mundo. Esa morena me tiene loco. Yo creo que estoy más loco que tú, Loco Lindo.
―Eso siempre lo he sabido yo, Juancito Trucupey. Aquí el de la locura eres tú, solo que la fama quien la tiene soy yo. Pero no te preocupes, Juan, que yo no se lo diré a nadie, ¡jaaaaaa!.           
―Tú tampoco dejarías a la Evelín, ¿verdad, Loco Lindo?
―Eso no te lo puedo responder, Juancito. En lo único que yo he sido constante en la vida es en la conducción de este programa de radio que nos hizo rivales, pero también amigos. Hoy estoy con Evelín, sí, ¿pero mañana lo estaré? No lo sé. 
―Yo pienso envejecer con Isbelia, Loco Lindo.
―Yo solo pienso en vivir mi juventud, hoy con Evelín o con María Conchita Alonso mañana, si el destino me da la oportunidad.
―Por cierto, Loco Lindo, hablando de la farándula, ¿sabes quién va a ser este año el animador del Festival del Caribe?
―¿Quién? ¿Epifanio Colina?
―Nooooo, Loco Lindo. Este que está aquí. Juancito Trucupey Garcés.
Varias parejas que bailaban la canción El caderú, de la orquesta Billo’s Caracas Boys, de vez en cuando le ocultaban a Juancito y a Gelindo la imagen de Isbelia y Evelín, quienes seguían en amena conversación. Mejor dicho, Isbelia seguía en ameno monólogo.
―Ay, Pelo Lindo… perdón, Evelin, yo pensaba que tú eras odiosa y engreída, pero estaba equivocada. Tú si eres chévere. ―Y llamando a Juancito: ―¡Juan, Juan!… Perdóname, Eve. ¿Porque te puedo llamar Eve, verdad? Te voy a dejar un momento porque voy a decirle a Juancito que me invite a bailar, comenzó a sonar mi canción favorita.
Juancito acudió raudo al llamado de la muchacha, esbozando su característica sonrisa.
―Amorcito corazón, invítame a bailar que está sonando mi canción― le pidió Isbelia a Juancito.
―Sí, amorcito corazón, vamos a bailar, pues ―asintió Juancito con el rostro iluminado de contentura.
Desde el tocadiscos la orquesta Billo’s Caracas Boys inundaba la sala con  su música.
“Muchachita, color canela,/ mi cariño, mi porvenir,/ muchachita color canela,/ mi cariño, mi porvenir,/ si te quiero con el alma,/ ven no me hagas más sufrir…”.
Las expresiones en los rostros de Isbelia y  de Juancito eran de éxtasis. Los ojos grandotes y negrísimos de ella se habían vuelto más brillantes y la sonrisa de él era tan ancha como la mitad de una rueda de patilla de buena cosecha.
“Muchachita color canela,/ solamente te quiero a ti./ Muchachita color canela,/ solamente te quiero a ti…”.
A Isbelia y Juancito no les gustaba bailar anclados en un solo sitio sino desplazarse por toda la sala. A no ser que fuese un bolero lo que bailaran. Con canciones como “Muchachita color canela” iban de aquí para allá y de allá para acá. Los otros bailarines tenían que hacerse a un lado para no ser derribados por ellos.
“Muchachita Color canela,/ dame un beso y seré feliz./ Muchachita color canela,/ solamente te quiero a ti./ Muchachita color canela,/ a tu lado quiero vivir…”.


En el momento en que Isbelia y Juancito iban carialegres de un lado a otro de la sala, Eglée se les acercó a Gelindo y  Evelín.
―Qué bueno que hayan venido. Yo siempre escucho tu programa, Loco Lindo. A mí me gusta mucho el disco music. Isbelia y yo siempre peleamos por eso. ¿Tú me puedes enseñar a bailar disco music, Loco Lindo? Claro, si a Evelín no le importa.
―Por supuesto que puedo, Eglée ―fue la respuesta de Gelindo―. Cuando tú quieras.
―Ahora mismo ―dijo rauda Eglée.
―¿Ahora?
Eglée, sin esperar la respuesta de Gelindo, se fue veloz hacia el rincón donde estaba el tocadiscos e interrumpió la voz melodiosa que repetía incansable: “Muchachita color canela… Muchachita color canela… Muchachita color canela”. La canción sonaba por segunda vez a petición de  Isbelia.
―¡Pero, Eglée, qué malasangre eres! ―protestó Isbelia cuando dirigió su mirada hacia el rincón del tocadiscos buscando las causas del abrupto final de “su canción”, como decía ella―. ¿Qué te he hecho yo para que me trates así?
En la sala todos se miraron las caras e Isbelia al notarlo clavó su mirada en el piso. Justo en ese momento la aguja del toscadiscos extraía del primer surco del long play del grupo ABBA, que había puesto Eglée, este tema:
You can dance, you can jive,/ having the time of your life./ See that girl, watch that scene,/ diggin’ the dancing queen”.


Gelindo tomó a Eglée por la cintura y la llevó hasta el centro de la pista despejada. Luego la tomó de una mano y le dio varias vueltas hasta que ella mareada se precipitó sobre los brazos masculinos que la aguardaban para inclinarla hacia atrás.
Aplausos en la sala. Eglée se recuperó del mareo e imitó risueña cada paso de baile que hacía Gelindo. En uno de los bordes de la sala, Isbelia cruzada de brazos golpeaba frenéticamente el piso con la punta del zapato, sin llevarle el ritmo a la música,  como sí lo hacían con las palmas casi todos los representes. Juancito, por su parte, con una ceja arqueada le susurró a Isbelia.
―Tan zángana que resultó tu hermanita. Conmigo nunca quiso bailar guaracha, pero mírala con el Loco Lindo, toda una bailarina, que ni la misma Olivia Newton Jhonn. ¡Ay, sí, Eglée, la reina del baile! ―esta última oración la dijo con un tonito irónico. Las otras no, las otras oraciones las dijo con un tono de rencor.
―¿Es que estás celoso acaso? ―le reprochó Isbelia.
―¿Cómo se te ocurre decir eso, amorcito corazón? Cómo voy a estar celoso de la pata chueca de tu hermanita. La mujer que yo amo eres tú.
―Ah. Más te vale ―dijo Isbelia resoplando, con el rostro descompuesto. Luego añadió: ―Eso te pasa por estar invitando al Loco Lindo ese. Pero no te preocupes, esto lo arreglo yo en el acto.
Los invitados ya se estaban animando y bailoteaban- entiéndase aquí bailotear como la acción de bailar tímidamente- en los bordes de la sala, aún sin atreverse a invitar a una pareja. En el pick up, aquel artefacto de madera pulida con esmero, dispuesto en la sala como un tótem, la aguja seguía con su función y dejaba escuchar las voces de ABBA:
 Friday night and the lights are low./ Looking out for the place to go/ Where they play the right music,/ getting in the swing./ You come in to look for a king”.
Isbelia avanzó hacia el pick up con la barbilla alzada, bamboleando exageradamente los brazos y agitando los hombros. Juancito no la pudo detener, a pesar de haberla tomado por un brazo y haberle dicho para calmarla:
―Tranquila, amorcito corazón. Déjalos que bailen un rato. Luego les demostraremos que la reina del baile eres tú.
―No les voy a dar el gusto ―fue la respuesta de ella.
Dicho y hecho. Isbelia, ya ante el artefacto de sonido, devolvió la aguja del aparato a su sitio de descanso para, seguidamente, sacar un disco de la orquesta Los Melódicos de su carátula, ponerlo en el plato y hacerlo sonar. Los invitados al escuchar la pieza que salió del primer surco lanzaron un “¡eeeeehhhh!”. Y se entregaron al baile, como Cayetano, el de la canción:
“Cayetano baila bembé,/ a, e, baila bembé./ Juan el Pita baila bembé,/ a, e, baila bembé./ Échate pa llá, mai men/ con esa saya tan ancha/ que viene la negra Pancha/ que quiere bailar bembé”.


            Cuando los bailarines estaban más eufóricos repitiendo con Víctor Piñero, el cantante de aquel disco de la orquesta Los Melódicos, “baila bembé…. baila bembé… baila bembé”,  Eglée se llegó hasta el tocadiscos y ¡zas!, lo desconectó. Las protestas estallaron en la sala y las hermanas ya afilaban sus uñas de gatas cuando intervino Gelindo para pedirles:
―Cálmense, cálmense. No es necesario llegar a estos extremos, podemos llegar a un acuerdo. Podemos alternar los géneros musicales. Ponemos una salsa, luego un bolero, después un disco music, una guaracha… Así todos bailamos, todos disfrutamos y somos felices.
―Estoy de acuerdo, Loco Lindo ―asintió Eglée―. Falta saber si los señoritos allá −e hizo un gesto con sus labios para señalar a Isbelia y a Juancito-  también están de acuerdo.
―Está bien ―aceptó Isbelia, haciéndole un gesto despectivo con la mirada a Eglée―. Pero con una condición ―y un brillo maléfico se observó en sus ojos―.  Que Eglée baile con mi amorcito corazón las canciones de la Billo´s. Todos se miraron asombrados unos a otros, luego aplaudieron y el tocadiscos volvió a sonar.
La promesa comenzó a cumplirse. La primera canción en sonar fue un disco music y solo bailaron Evelín, Eglée y Gelindo; la segunda canción fue… y al instante se armó una algarabía en la sala cuyo centro se llenó de parejas eufóricas.
―¡Un momento! ―interrumpió Isbelia―.  Mi hermanita allá presente ―y señaló a Eglée, quien esperaba, en un rincón, que sonara otra melodía de su género favorito― no está cumpliendo con su parte.
Juancito Trucupey se dirigió hasta donde estaba Eglée y le ofreció el brazo. Esta se mordió el labio inferior, dibujó un arco con la mirada, levantó una ceja y caminó hasta el centro de la sala sin aceptar la gentileza de Trucupey. Cuando se reanudó la música, Isbelia lanzó una carcajada, pero cuando Eglée comenzó a bailar el rostro de malvada satisfecha de su hermana se transfiguró en uno de malvada confundida. A eso de las doce de la media noche, cuando nuevamente sonó una melodía de la Billo’s, Eglée y Juan Garcés salieron a la pista. Isbelia quiso impedirlo, pero ya el mal estaba hecho.
“El último suspiro de mi vida/ por ti lo he de exhalar,/ el último preludio de mi lira también por ti será…”
Juan apretó a Eglée contra su cuerpo, y la fue apretando más y más a medida que la canción avanzaba. Repentinamente tocó a sus labios y ella, sin demora, lo dejó pasar. Isbelia miró la escena por unos segundos, luego, con la mirada empañada por las lágrimas, caminó hacia el tocadiscos y se apresuró a desconectarlo. Seguidamente, salió corriendo de la sala. Atrás dejó una zapatilla y la risita de los invitados. La risita desapareció pronto, pero la zapatilla amaneció en el mismo lugar porque no hubo príncipe que se aprestara a recogerla.

*

―¿Qué me iba a imaginar yo que la Eglée se tenía muy bien guardada su venganza? Cuando la vi caminar hacia el centro de la sala dije: listo, a reírnos un rato con esta pata chueca, que no sabe bailar merengue ni guaracha. Pero nos sorprendió a todos. Yo no sé si se estaba viendo a escondidas con el desgraciado de Juancito Trucupey y él la enseñó a bailar o era que estaba haciendo un curso de baile por correspondencia, en paralelo con el de secretariado. Escuché a Isbelia decirle a mi mamá cuando le contaba los pormenores de su graduación de secretaria. Eso fue una semana después de aquella fiesta, cuando estuvo en nuestra casa mandándose a hacer un vestidito a lo Grease, para llevarlo al Festival del Caribe donde su hermana Eglée debutaría como cantante y bailarina, con un traje verde esmeralda que, según la gente,  había comprado en Casa Radiante, en Curazao, pero yo estoy seguro que se lo habían confeccionado en la ciudad del Gran Oz.

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FUENTES DE FOTOGRAFÍAS