miércoles, 16 de noviembre de 2016

LADO A - SURCO CINCO

SURCO CINCO

Me gustaba cuando destapaba mi cajita de zapatos agujereada y veía en su interior cientos de colores moverse nerviosamente, mezclándose sin volverse nunca un tono homogéneo. Me gustaba ver los azules y verdes despedir repentinamente destellos amarillos, naranjas y púrpuras.
Yo solía recorrer el solar de mi casa levantando las pequeñas piedras y hurgando en los escasos yerbajos, cazando colores y metiéndolos dentro de mi cajita de zapatos agujereada con la punta de un compás para que los prisioneros pudieran respirar. Yo tenía las manos ágiles, y pocas veces los colores, al perseguirlos, se me lograban escapar. Cuando lo hacían era porque conseguían, en la tierra o en algún muro de la casa, algún intersticio tan pequeño que mi mano no podía penetrar.
Eso fue lo que sucedió aquella tarde cuando, luego de hacer las tareas escolares, me fui al solar y vi aquella extraordinaria iridiscencia desplazarse con sus patas cortas de un lado a otro. Aquella iridiscencia era ágil, muy ágil, más ágil que mis manos, tanto que en dos ocasiones se me escabulló segundos antes de atenazarla por la cola, sutilmente, con mis dedos índice y pulgar.
Me gustaba el nombre que le dábamos a aquellos colores que llenaban de fosforescencia nuestro solar: bisures. Aquellos bisures tenían forma de lagartija y sus colores eran los mismos de los ojos de Gelindo Petit. Esa comparación se me ocurrió la tarde a la que me refiero, al salir de cacería y ver un ejemplar tan grande que era del tamaño de mi pequeño pie. Y su piel era la más iridiscente que vería en mi vida.
Era un bisure que debía provenir de otro mundo, porque del mundo de nuestro solar no era. Yo conocía los bisures de nuestros dominios, eran hermosos, sí, pero no como este. Y digo que conocía bien nuestros bisures  porque yo siempre los recolectaba en mi cajita de zapatos agujereada, los observaba durante horas y los recreaba en mis cuadernos de dibujo, remedando con mis lápices de color su policromía. Luego los soltaba.
Cuando lo quise atrapar, aquel bisure se hizo un meteorito. Así que yo también tuve que hacerme un meteorito. Fue así como pude perseguirlo por los bordes del solar hasta que él encontró una hendija por donde se introdujo para alcanzar la calle. Rápidamente arrimé al muro de adobes, que cercaba la parte de nuestro solar lindante con la calle, un viejo taburete que estaba por allí, subí a este y me lancé hacia el borde superior de la barda. Con esfuerzo logré asirme de unas tejas para  alcanzar la cima, ya en ella salté hasta la acera. Caí de rodillas. Al levantarme y sacudirme la tierra que cubría mis raspaduras, recorrí con la mirada, presurosamente, el lugar para ubicar el bisure. Este ya había cruzado la calle y en ese momento buscaba ansiosamente un intersticio en el muro que separaba de la calle una parte del solar de la casa de mi madrina. Corrí hacia allá, porque me dio la impresión de que el bisure me estaba invitando a conocer un lugar maravilloso. Eso siempre sucedía en los cuentos y en las películas cuando un niño perseguía un animal.
*
Al parecer el lugar maravilloso, al que me invitaba el bisure, estaba en casa de mi madrina. Suponer esto me hizo cruzar la calle a toda prisa, pero al llegar al otro lado el bisure ya se había introducido por una hendija al solar de Trina Payares. Rápidamente estudié el muro y noté en él unas grietas de las que me podía sostener, no sin dificultad, para escalarlo. Eso hice. Para alcanzar el suelo del otro lado fue más fácil, aunque un poco doloroso, pues bajé por las ramas espinosas de un árbol que parecía estar sosteniendo el muro.  
No vi el bisure por ninguna parte. Este se había escapado, lo que me hizo pensar que si había hecho esto era porque, lógicamente, huía de mí, y si huía de mí, entonces, no era cierto que me estuviese invitando a lugar maravilloso alguno. Tal vez eso solo lo hacían los conejos.
En el momento en que decidí regresar a mi casa, vi el bisure salir de detrás de unas tejas apiladas. Sonreí y fui tras él a los corredores del traspatio de la casa, al que ya nadie iba y la soledad estaba convirtiendo en escombros.
La casa de mi madrina era muy grande, había abarcado una manzana completa en los buenos tiempos de la familia, pero fue derrumbándose a medida que la fortuna de los Payares fue disminuyendo y las muertes en la familia se fueron sucediendo.
El primero en morir fue el padre, Evaristo Payares, quien hizo una gran fortuna comercializando víveres y pieles de cabra con los pueblos de la sierra. Luego murió Alcides, el hermano menor, quien había decidido presentarse al servicio militar en un mal año, y cayó en combate en un alzamiento militar, conocido como El Porteñazo, contra el gobierno de esa época. Por mucho tiempo se dijo que el soldado que aparecía exánime en  los brazos de un sacerdote, en una foto que le dio la vuelta al mundo, era Alcides, pero doña Mélida, la madre, siempre lo negó; decía que aunque aquel soldado de la foto, cuyo rostro, a decir verdad, casi no se distinguía, y Alcides tenían cierto parecido, ella estaba convencida de que no era él. Cuando le preguntaban por qué estaba tan segura, decía que aquel soldado de la foto, en su agonía, confundía los brazos del cura con los de su madre. Luego explicaba que al momento de morir la gente quiere estar en los brazos de quien le dio la vida, como en la infancia. Ninguna madre olvida la forma en que sus hijos se han aferrado a ellas buscando protección, y esa forma en que el hombre herido  se aferraba a los brazos del cura no era la misma con la que Alcides, cuando era niño, se aferraba a ella para que lo cargara.
Un año más tarde de la tragedia de Alcides, murió doña Mélida. La encontraron, una mañana, aferrada a su camándula de cuentas desgastadas, sentada en su cama, con la mirada fija en la llama del velón que iluminaba la foto de Alcides vestido con su uniforme de soldado.
*
Al fondo del corredor del traspatio, a donde había acudido siguiendo el bisure, divisé una puerta abierta a punto de desplomarse, y en el umbral vi el reptil iridiscente, seguramente, aguardando por mí. El animal traspasó el umbral y yo me apresuré a hacer lo mismo. La habitación a la que accedí era la primera de una hilera de cinco o seis que se comunicaban entre sí. Decidí cruzar aquellos espacios, guiado por el bisure. Cada vez que recorría una de las amplias habitaciones y estaba ante la puerta de la siguiente, me preguntaba si del otro lado estaría el mundo maravilloso al que, creía, me estaba guiando el animal. Pero la decepción llegaba pronto, en aquellos espacios solo había polvo, excrementos de murciélagos y más bisures, algunos mimetizados con los hermosos dibujos de los mosaicos del piso.
Al entrar en la última habitación y verla tan asolada como las otras, tuve la sospecha de que aquel reptil no me llevaría a lugar fantástico alguno, y que nunca estuvo guiándome a ninguna parte, simplemente había sido casualidad que se cruzara en mi camino. Entonces pensé que tal vez no era tan iridiscente como creía, ni tan ágil, ni tan grande. ¿Grande? Lo verdaderamente grande quizás era, como solía decir mi mamá, mi imaginación. Tanto que posiblemente aquel reptil ni siquiera existía, como tampoco debía existir aquella puertecita, de menos de un metro de altura que visualicé al fondo, en el costado izquierdo, semioculta por una alacena desvencijada desde donde me miraban fijamente unos ojitos resguardados en el espacio libre entre la madera y el piso.
O, probablemente, sí existía tal puertecita. Dios. Claro, aquella puertecita sí existía, esa era la entrada al mundo maravilloso, en todo mundo maravilloso hay una puertecita. Pero era mejor no emocionarme tanto porque tal vez aquella era solo la entrada del cuarto del loco. Sí, lo más factible era que hubiese descubierto el cuarto del loco. En la ciudad siempre se había dicho que en todas aquellas casas coloniales de familias ricas, como lo fue la familia de mi madrina en un tiempo, tenían un cuarto oculto destinado al loco. Quizás en el cuarto del loco era dónde estaba el lugar maravilloso.
 Cuando me acerqué a la puertecita, los ojitos desaparecieron. Quise saber a dónde se habían ido, quise saber si detrás de aquella puertecita estaba el mundo que esperaba, por lo que con mucho esfuerzo moví la alacena hasta dejar completamente al descubierto la pequeña puerta, la cual estaba asegurada con una tranca.
Presuroso quité la tranca y abrí la puerta. Accedí con los ojos muy abiertos para no dejar fuera de mis recuerdos ningún detalle del lugar.
Adentro un ojo de buey, en lo alto de una pared, arrojaba con violencia su chorro de luminiscencia. Seguí con la mirada el chorro de luz desde su nacimiento hasta su desembocadura, donde percibí un volumen que se movía y emitía leves quejidos. Retrocedí. Y Retrocedí más cuando el volumen fue creciendo y tomando forma. Primero emergió de la luz una cabeza con un rostro muy blanco y un cabello largo, liso y de un amarillo más incandescente que la luz. Luego pude distinguir un torso desnudo, casi transparente, sin extremidades. Quise gritar, pero por un rato el grito estuvo girando en mi garganta negándose a salir. Cuando lo hizo y quise acallarlo se negó a obedecerme, por lo que estuvo sonando hasta que quedé sin aire y mi cuerpo se desplomó sobre la luz, la cual se fue apagando en el mismo momento que la figura del ser transparente  que había surgido de ella se iba desvaneciendo. Tendido en el piso pude escuchar una voz, la del fantasma o la del bisure, no sé, que decía algo en inglés. Sí, en inglés.  
*
Desperté en las piernas de mi mamá cuando me llevaba al hospital en el Volkswagen Brasilia de Epifanio Colina. Manejaba mi madrina Trina Payares y nos  acompañaban mi abuela y mi prima, ambas habían dejado a un lado la antipatía que sentían por Trina Payares en aquel momento de angustia.
Cuando abrí los ojos, mi mamá sonrió y les comunicó a las otras:
―Ya reaccionó.
Entonces todas, menos Trina Payares, dijeron:
―Gracias a Dios.
―¿Y el fantasma? ―pregunté.
―¿Cuál fantasma? ―me contestó mi prima.
―El fantasma que estaba en el cuarto del loco.
Mi madrina rio por mi respuesta, pero luego me reprochó:
―Nos has dado un gran susto. Y para tu información en mi familia nunca ha habido locos…
―Nuuunca. Sí, es verdad ―la interrumpió mi abuela con un tonito irónico.
Mi madrina se hizo la desentendida y continuó:
―En mi familia nunca ha habido locos, por lo tanto en nuestra casa no hay un cuarto del loco. Te encontré desmayado en el lugar donde mi papá almacenaba el maíz y las legumbres. Tal vez las palomas que se refugian en ese sitio te asustaron.
―Si el niño dice que vio un fantasma, yo le creo ―la atajó mi abuela.
―Ay, mamá, tú sabes muy bien que él tiene mucha imaginación ―salió mi mamá en defensa de mi madrina.
Yo, para calmar la tensión, comencé a quejarme de unos dolores que no sentía.
―Debió golpearse muy duro cuando saltó el muro. Tiene raspaduras en las rodillas y en los brazos ―expresó mi abuela, preocupada. Luego continuó, dirigiéndose a mí: ―Tranquilo, mi amor, que ahora te vamos a comprar muchos cuadernos bonitos para que dibujes lo que quieras.
 ―Voy a dibujar al fantasma, príncipe de los bisures, que vi en el cuarto del loco.
Todos rieron y mi madrina risueña me preguntó:
―¿Y cómo era ese fantasma, príncipe de los bisures, que viste? ¿Lo recuerdas bien?
―Recuerdo que era muy blanco, con el cabello largo, parecía un príncipe, pero un príncipe pobre. Su rostro lo recuerdo más o menos.
―Si no recuerdas su rostro, invéntale uno. Sí, invéntale uno, pero, por favor, que no se parezca al Loco Lindo ―me dijo mi madrina, risueña, señalando una fotografía Polaroid que descansaba en el tablero del carro y que, sin atreverse a levantar el vuelo, era movida de vez en cuando por la brisa. Yo alcé un poco la cabeza y pude observar detalladamente la instantánea, en ella aparecía mi madrina junto a su esposo Epifanio, Juancito Trucupey y Gelindo Petit. 
¿Gelindo Petiiiiit? Mi mamá como que tenía razón, yo imaginaba mucho. Seguro aquel fantasma también lo imaginé, como imaginaba ahora una fotografía de Trina Payares y Gelindo Petit juntos y revueltos, y para colmo con Juancito Trucupey. Si hubiese estado Gelindo con Epifanio, no habría dudado de que era una foto verdadera, pero Gelindo con esos otros dos no, no, no. “Como que en verdad fue duro el golpe que me di al lanzarme del muro.  Me está haciendo imaginar más de la cuenta”, pensé. “Si mi madrina se entera de que la he imaginado en una foto con Gelindo, no me regala nunca más un cuaderno de dibujo”. 
*
Estuve dos días sin asistir a la escuela. Mi mamá consideraba que era mejor que me repusiera completamente de los golpes y raspaduras antes de volver a mis clases. Ella temía que me diera un vahído y, lo que era peor, que volviera a imaginar fantasmas. Durante esos días no hice más que dibujar. Dibujé al fantasma, príncipe de los bisures, tantas veces que mis manos se agarrotaron. Lo dibujé con el rostro del hombre que aparece en el envase de la avena Quaker, pero no tan rozagante, porque mi fantasma seguro no tomaba avena, pues estaba muy flaquito.
El día que al fin me dejaron ir a la escuela, todos mis compañeros al verme me rodearon. Sabían que a mí me gustaba mucho ir a clases y solo faltaba cuando estaba enfermo, como la vez que tuve sarampión, por lo que suponían que mi ausencia debió ser por algo extraordinario. Así lo comprobaron al escuchar mi relato.
Les hablé del reptil iridiscente que había visto, el más grande del mundo, y Veroes preguntó:
―¿No sería un dinosaurio?
―¿Cómo va a ser un dinosaurio? ―le respondió Dirinot―. Los dinosaurios se extinguieron. Yo creo que pudo haber sido un dragón. ¿Lo viste echar fuego por la boca?
―No me acuerdo, de lo que sí me acuerdo es del fantasma que vi en casa de mi madrina.
―¿Un fantasma? ¿Y cómo era el fantasma? ―interrogó Palencia.
―Blaaaaanco y con el pelo largo y amarillito ―le respondí―. Pero yo creo que lo imaginé, mi mamá dice que yo soy muy imaginativo y a veces me creo lo que imagino.
―¿Y si de verdad existe ese fantasma? ―volvió a preguntar Palencia. Luego propuso: ―Deberías volver y comprobarlo.   
―No puedo volver, ya le di un susto a mi mamá, a mi abuela, a mi madrina y a mi prima, porque cuando vi el fantasma me desmayé, si les doy otro susto me van a castigar.
Noté a todos un poco desconcertados con mi respuesta por lo que, para animarlos, les prometí regresar cualquier día al traspatio de la casa de mi madrina en busca del fantasma, príncipe de los bisures, que habitaba en el cuarto del loco
En los días siguientes intenté en un par de oportunidades llegarme hasta el confín de la casa de los Payares, pero cada vez que pretendía saltar el muro me encontraba con mi madrina quien, sentada en el poyo de una de las enormes ventanas, donde solía leer sus gruesos libros, me pedía con voz amorosa que no volviese a saltar la cerca porque podía golpearme nuevamente. Así que no hubo un tercer intento. No lo hubo por esos días.
*
Lo que sí hubo por esos días fue un revuelo en la ciudad, pues el maestro Teodosio, por recomendación de su tren ejecutivo, había ordenado desmontar una escultura ubicada en la redoma que unía las avenidas El Indio y Las Arenas. Aquella obra había sido colocada en el sitio a comienzos de la democracia. Todos la llamaban Las tres nubes. Consistía en tres platillos ovoides de poca profundidad, suspendidos, a distintas alturas, por tubos delgados. El primer platillo, de abajo hacia arriba, era amarillo y el más grande; el segundo era naranja y de menor tamaño, y el último, era el más pequeño y estaba pintado de rojo.  
Nadie sabía con exactitud quien era el autor de la obra, unos decían que era de un escultor norteamericano, otros decían que aquella estructura no era más que  los restos de una fuente de agua que había funcionado en los años sesenta y que había sido clausurada porque los fuertes vientos de la ciudad dispersaban el agua mojando a los transeúntes. De ahí, decían algunos, se derivaba su nombre Las tres nubes, pues su agua caía como lluvia sobre esa parte de la ciudad.
Esa mañana, cuando leyeron el artículo, publicado tanto en El Matutino como en El Pasquín, donde Trina Payares expresaba su queja por la destrucción de la escultura, muchos se lamentaron, pero nadie hizo el menor intento por detener el trabajo de los obreros, los cuales iban y venían con herramientas con las que desmontaban los platos para subirlos luego a un camión. 
Cuando embarcaban el último plato, el amarillo, Gelindo pasó frente al lugar y se orilló para presenciar mejor el momento.
―¿Qué destino les esperará a Las tres nubes? ¿Han escuchado algo? ―le preguntó Gelindo a un obrero.
―Dicen que se las llevan para un museo de Caracas ―le respondió el hombre.
Tanto los obreros como los transeúntes que reconocieron a Gelindo sonrieron porque tenían fresco el recuerdo del día cuando el muchacho se despojó de su calzado con la intención de introducirse en las tibias aguas de la más baja de las nubes.
Había preguntado a su acompañante, la Pelo Lindo, sobre aquellas bandejas tan grandes y coloridas. Ella le había comentado lo que decía todo el mundo, que las llamaban Las tres nubes y las habían colocado ahí a comienzos de la democracia, que habían sido una fuente, pero que ahora contenían agua solo en tiempos de lluvia, y que eran el abrevadero de los pájaros de los paisajes circundantes.
Gelindo le dio varias vueltas a la redoma observando la estructura de bandejas ovoides. Luego orilló su recién adquirido Camaro, se despojó de sus zapatos y caminó por el asfalto encendido hasta la fuente, su intención era mojar sus pies en ella, pero al llegar se dio cuenta de que la bandeja inferior, ubicada a la altura de su cintura, estaba seca, entonces trepó hasta la segunda bandeja, y al verla también seca decidió trepar hasta la última bandeja, no lo hizo con la intención de mojarse en ella, porque ya sabía que ninguna de las bandejas contenía agua, sino para llevar a cabo una idea que se le había ocurrido al sentir la fuerte brisa: enarbolar en lo más alto del asta central su propia bandera, la multicolor camisa Fiorucci que cubría su torso.
Cuando descendió, la Pelo Lindo lo esperaba riendo. También lo esperaba un policía dándose golpecitos en la palma de la mano con la porra.
―Cédula de identidad, ciudadano, y documentación del vehículo ―le pidió el oficial de estatura diminuta y poco peso, con voz engolada y actitud histriónica.
―Disculpe, señor policía, en este momento no cargo mis documentos.
―Mal, muy mal… Acaba de cometer usted varios delitos. ¿Sabía eso?
―No lo sabía. ¿Cuáles delitos?
―Alteración del orden público, entre otros…. Como mínimo le sale la aplicación de la Ley sobre Vagos y Maleantes. Tiene que acompañarme a la comandancia.
La Pelo Lindo, al escuchar esta orden del policía, batió su brillante melena de un lado a otro y trató de intervenir en favor de Gelindo:
―Disculpe, sargento…
―Sargento no. Cabo. Cabo Matute.
Gelindo al escuchar el apellido del policía no pudo seguir conteniendo la risa, que desde hacía rato pugnaba por liberarse, así que dejó escapar un largo ¡jaaaaaaaaaaaaaa! que la brisa se encargó de lanzar una, dos, tres cuadras hacia el oeste. Aquella risa enfureció al agente del orden, quien de inmediato lo amenazó:
―¡¿Usted me ve cara de payaso, ciudadano?! ¡Usted se está burlando de la autoridad. Mínimo le salen setenta y dos horas de arresto!
La Pelo Lindo, conciliadora, reanudó su intervención:
―Discúlpelo, cabo Matute. Usted por lo visto no sabe quién es él.
―¿Y quién se supone que es el caballerito? ―le increpó el policía con tono irónico.
Gelindo conteniendo la risa, le respondió.
―Yo soy un cantante muy famoso, cabo Matute. Vine a la ciudad invitado por esta señorita. ¿Sí sabe quién es ella? Ella es Evelín Leyba, la que hacía la cuña del champú. La de: “Hola, Pelo Lindo…”
El policía escrutó a Evelín con la mirada y pareció emocionarse, luego tras una leve tos le expresó:
―Disculpe, señorita Pelo Lindo, pero la ley es la ley, ni que este caballero fuera el hijo del gobernador dejaría de cumplir con mi deber. Usted se puede ir, señorita, pero el cantante queda arrestado.
Gelindo le dio las llaves del Camaro a Evelín y le pidió que fuese a avisarle del inconveniente a doña Céfora.
―No, ciudadano ―lo atajó el cabo Matute―, el carro también queda retenido por falta de documentación.
―¿Usted nos escoltará en la patrulla hasta la comisaría? ―le preguntó Gelindo.
―Negativo, ciudadano, yo voy con ustedes en el vehículo, yo ando a pie porque no tenemos patrullas disponibles.
Gelindo no pudo disimular la risa y nuevamente su “¡jaaaaaaaaa!” recorrió una, dos, tres cuadras hacia el oeste, pero esta vez también hacia el este. El cabo Matute levantó una ceja y se volvió a dar golpecitos con la porra, esta vez más fuertes, en la palma de la mano.
―Perdone, cabo Matute. Vamos a la comisaría. Haremos lo que usted diga.
Los tres abordaron el Camaro. Evelín se sentó en el asiento trasero, Gelindo en el del piloto y el cabo Matute, más que sentarse, se arrellanó  en el asiento del copiloto, lo hizo como si abordara el carro de su mejor amigo. Abrió las piernas, sacó el brazo por la ventanilla y comenzó a silbar la canción que salía en aquel momento del reproductor de casetes.
*
―Solo a ti se te ocurre, Matute, arrestar al hijo del maestro Teodosio Petit. ¿Tú quieres irte para el aeropuerto a vigilar burros? ―le reprochó el comisario jefe al policía una hora más tarde.
―No lo arresté, jefe, lo invité a la comisaría para aconsejarlo.
―¿Y quién te dijo, Matute, que tú eres cura para andar dando consejos?
*
Aquel fue el acontecimiento más comentado durante un mes, aproximadamente, en el café Paraíso, en la plaza Falcón y en la entrada del cine Rex. Sucedió a eso de las cuatro de la tarde, al día siguiente de la segunda llegada de Gelindo a la ciudad, el mismo día que el gerente de la agencia Libia, le entregó las llaves de su Camaro rojo.
Gelindo llegó a la ciudad sin que nadie lo esperara. Solo habían transcurrido unos quince días desde su partida, por eso todos en su casa se impresionaron cuando lo vieron bajarse del taxi, el cual entró a los jardines de La Huerta tocando insistentemente la corneta, a petición de él. Cuando doña Céfora, Olguita y la servidumbre salieron alarmadas, ya Gelindo se había bajado del taxi y parado frente a la casa, con tres grandes maletas descansando a sus pies, sonriendo mientras se atusaba su melena afro.
Doña Céfora y Olguita, asombradas y risueñas, fueron hasta él  y lo besaron tanto que Gelindo tuvo que zafárseles y correr hacia la casa por temor a ser devorado por su madre y su hermana.
Uno de los hombres que trabajaba en la casa se ofreció a cargar las maletas, pero una de ellas estaba tan pesada que resbaló de la mano del obrero y rodó por los escalones de la entrada. Cuando la maleta se detuvo se abrió y saltaron de ella decenas de elepés y pequeños discos de 45 rpm. Los que veían la escena quedaron fascinados con las imágenes que ilustraban las carátulas regadas por el jardín, había muchos colores en ellas, fuentes tipográficas luminosas, personajes y paisajes fantásticos. Era aquella la maleta de un mago.
El obrero que cargaba las maletas se apresuró a recoger los discos y otro obrero corrió a alcanzar un tubo de cartón que rodaba, por el sendero enladrillado, hacia la calle. La tapa del cilindro se soltó y del interior se escapó un lienzo, el cual fue lanzado por la brisa contra la cerca, y ahí estuvo sostenido por el viento durante unos segundos, los suficientes para que todos pudieran ver la imagen de un hombre de ojos rasgados y labios pintarrajeados de carmín.
―Lindo, todos estamos contentos por tenerte aquí nuevamente- le dijo el maestro Teodosio esa noche cuando llegó a casa―, pero no voy a hacer una fiesta como le hicieron al hijo pródigo, porque eres capaz de querer irte mañana. Ojalá esta vez permanezcas con nosotros un poco más de tiempo.
―No, maestro Teodosio…
A Gelindo le hacía gracia llamar a su padre así: maestro Teodosio. Especialmente cuando este lo regañaba, pues sabía que con ello lo molestaba.
―No me digas que te vas mañana ―lo interrumpió el papá.
―Pero déjame hablar, maestro Teodosio. Me vine, no sé por cuánto tiempo.
―Pero si vas a estar aquí, tienes que ir pensando qué vas a hacer con tu vida, ya has perdido casi tres años en los Estados Unidos ―le reprochó el padre.
―Yo no he perdido ese tiempo, maestro Teodosio. He vivido y vivir no es perder tiempo. No sé hasta cuándo estaré aquí. Yo me vine porque me gustaron las historias de esta ciudad, me gustó como me trató la gente; y porque quiero ser locutor y tener un programa de música disco en la radio. Iré a Caracas a presentar la prueba para obtener el certificado de locución. Solo te pido algo muy sencillo, necesito un carro, no voy a andar con Tinche Jordán todo el día, como señorita de colegio de monjas, en tu carro que más bien parece el carro de un mafioso de la cosa nostra.
―Respeeeta, Lindo. Respeeeta ―le pidió el maestro Teodosio sonriendo―. Te puedo dar un “volvagito” ―agregó, refiriéndose a un Volkswagen escarabajo.
―No. Yo quiero un Camaro. Yo soy un hijito de papá, no el cobrador de una casa comercial.

Y al día siguiente, el único Camaro rojo que había en la Agencia Automotriz Libia comenzó a recorrer las calles de la ciudad con la melena de la Pelo Lindo ―quien había volado a la ciudad en cuanto se enteró de que Gelindo había vuelto― flotando en su interior y moviéndose, por la acción del viento, al ritmo de canciones como esta: “Night fever, night fever./ We know how to do it./ Gimme that night fever, night fever/. We know how to show it”.  



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FUENTES DE IMÁGENES

miércoles, 9 de noviembre de 2016

LADO A - SURCO CUATRO

SURCO CUATRO


“¿De qué color es el Camaro rojo de Gelindo Petit?”. Esa era una adivinanza que yo inventé y que anduvo en boca de toda mi escuela durante un buen tiempo. La inventé unas tres semanas después que Gelindo hizo su aparición por las calles de la ciudad en su carro deportivo, despertando la admiración o la envidia de los muchachos de su edad y el enamoramiento de las muchachas de todas las edades. Los primeros días todo el mundo se preguntaba quién era aquel joven, pero poco a poco se fue corriendo la voz de que aquel larguirucho, vestido como los actores de las películas hollywoodenses, era el hijo del maestro Teodosio Petit, a quien varios meses antes habían nombrado gobernador del estado.
Yo no tuve la suerte de conocer a Gelindo sino hasta varias semanas después de su segunda llegada a la ciudad porque el sarampión me había mantenido refugiado en casa por un buen tiempo. Pero mis primos, que iban a visitarme todos los días, no hacían más que hablar de Lindo Petit, el mismo del programa nuevo de radio, el hijo del maestro Teodosio que vivía en Nueva York y que vino por unos días a nuestra ciudad y le había gustado tanto el jugo de semeruco, una manzana liliputiense,  que no quería regresar a la gran manzana. Claro, eso era lo que se decía, porque alguna explicación tenían que darle al hecho de que alguien cambiase una metrópolis por una ciudad pequeña en la que a los pocos policías, a falta de delincuentes, se les había encomendado la tarea de vigilar a los burros que merodeaban por las cercanías de la pista del aeropuerto, para evitar una tragedia.
En serio. La medida, que había dado origen a los más hilarantes chistes que se hayan escuchado en la plaza Falcón, y había hecho las delicias de la oposición,  había sido tomada por el maestro Teodosio el día que tres burros habían decidido desfilar por la pista de aterrizaje en el momento en que el avión que traía a un cantante famoso a la ciudad alcanzaba tierra. Estoy intentando recordar si aquel cantante era Noel Petro, también conocido como el “Burro Mocho”. Creo que escuché en aquel entonces a alguien decir que aquellos burros habían sido comisionados por el maestro Teodosio para darle la bienvenida al cantante.
El maestro Teodosio lo que hacía era reírse de aquellas ocurrencias de la gente. Cada vez que Curazaíto, uno de los porteros de la gobernación, le comentaba lo que decía la gente en el mercado o en la plaza Falcón, él se reía tanto que lo atacaba una fuerte tos, entonces Curazaíto salía corriendo a buscarle agua.
―Aquí tiene, tómese esta agüita para que le calme la Felipa Morris ―le pedía Curazaíto al maestro, quien, entonces, se reía aún más porque le hacía mucha gracia el nombre que el portero le había dado a su tos.
El maestro Teodosio, quien en realidad no era maestro sino sindicalista y activista del partido político que estaba en el poder, y recibía ese título por parte de sus seguidores no por su sapiencia sino por pura adulancia, nació aquí, y aquí vivió hasta los cuarenta años, según contaba mi abuela. Aquí se casó con doña Céfora Torres de Petit e inició su carrera política en tiempos de la dictadura del coronel Marcos Pérez Jiménez, pero se había ido a Caracas en los inicios de la democracia, cuando salió elegido diputado al Congreso Nacional. En Caracas nacieron dos de sus cuatro hijos: Olguita, la menor, y Gelindo, el dolor de cabeza. Las hijas mayores nacieron aquí: Nereida, la esposa de un miembro de Casa Militar; y Ceforita, la esposa de un viceministro.
Todas las hijas del maestro Teodosio y doña Céfora siempre fueron estudiosas y obedientes; no así su hijo, Gelindo Gregorio ―así prefería llamarlo doña Céfora―. A él desde niño debían obligarlo a ir al colegio y a hacer las tareas, sin embargo, era poseedor de una inteligencia tan aguda que asombraba a sus maestros.
Cuando se graduó de bachiller, Gelindo le comunicó al maestro Teodosio su deseo de irse a estudiar a los Estados Unidos, entusiasmado por dos de sus compañeros, quienes habían obtenido sendas becas Gran Mariscal de Ayacucho. Tanto el maestro Teodosio como doña Céfora estuvieron de acuerdo al instante. No habían contemplado esa posibilidad, pero era lo más sensato que Gelindo Gregorio había decidido hasta ese entonces. Ellos, desde hacía tiempo, estaban preocupados por el futuro de su hijo, pues este no había mostrado interés por ninguna carrera universitaria, por ningún oficio, y muchísimo menos por la actividad política, que le había dado tantas satisfacciones a su padre y bienestar a toda la familia.  
Tanto el maestro Teodosio como doña Céfora respiraron aliviados al escuchar la propuesta de Gelindo porque pensaban en el futuro del muchacho, pero también en que disminuirían el consumo de píldoras para sus jaquecas.
―¿Y qué piensas estudiar en Estados Unidos, Lindo? ―le preguntó el maestro Teodosio, por no dejar.
―Algo que tenga que ver con la música ―le respondió.
―¿Y a ti te gusta la música, Lindo? ―le preguntó el maestro Teodosio, nuevamente por no dejar.
―Claro, papá. ¿A quién no?
―Ah, qué bien, así tendré quien me componga la musiquita de mi campaña cuando me lance a presidente. En este país nadie vota por un candidato que no tenga una cancioncita pegajosa. Abrazar viejas ya no da votos.
*
Durante dos años vivió Gelindo en Nueva York. El primer año se dedicó a estudiar inglés. Vivía con sus otros dos compañeros en un apartamento con vista al Central Park, si mal no recuerdo, propiedad de un exministro de Minas e Hidrocarburos que le debía muchos favores al maestro Teodosio y por ello le había prestado a este el apartamento para que Gelindo viviese en él todo el tiempo que quisiera.
 Cada día los tres muchachos iban a sus clases y retornaban al apartamento sin desviarse nunca de su ruta habitual y sin ser protagonistas de ningún suceso extraordinario, pero sí atentos y alucinados espectadores. Los tres veían todo a su paso como si estuviesen en un cine de Caracas disfrutando de una película rodada en aquellas interminables calles y avenidas atestadas de personajes insólitos, o en el subway, albergue de un bestiario urbano fascinante e inquietante al mismo tiempo, para ellos.   
Pero sucedió que un día, mientras abordaban un vagón del subway, escucharon tras ellos una voz con un acento tan familiar que los tres sintieron que estaban a punto de abordar más bien un autobús rumbo a Chacaíto. Entonces voltearon y se encontraron con la mirada vivaz de un joven moreno claro, alto y de bigotes espesos.
Excuse me. Where are you from? ―le preguntó Gelindo.
―De Pariata, brother. Y tú eres de Caracas, específicamente de El Cafetal.
―¿Y tú cómo lo sabes? ―le preguntó Gelindo asombrado.
―Porque cada urbanización y barrio de Caracas tiene un acento particular. De eso me di cuenta después de mudarme para acá y leer a Bernard Shaw.
Los cuatro abordaron el vagón y siguieron conversando.
―Mi nombre es Gelindo, pero me puedes llamar Lindo.
―¿Lindo? ¡Ja, ja, ja, ja! Debes tener la autoestima muy alta con semejante nombre.
Gelindo se sonrojó y le ripostó:
―Son vainas de los viejos de uno. ―Y luego señalando a sus compañeros agregó: ―Ah, ellos son Orángel y Guillermo.
―Mi nombre es Rubén Darío.
*
Cuando el tren se detuvo, Rubén Darío les comentó:
―Apuesto que no conocen Nueva York realmente, apuesto que solo han ido a las clases de inglés y al Central Park.
Los tres asintieron
―Vengan conmigo ―les sugirió Rubén Darío.
Orángel y Guillermo esperaron la respuesta de Gelindo, quien, con los ojos más azules y brillantes de lo habitual, respondió:
―Vamos.
Desde que alcanzaron la superficie, Gelindo comenzó a sentirse protagonista, pero sus compañeros seguían temerosos, reacios a abandonar su rol de espectadores.
―Rubén Darío, ¿y qué haces aquí? ¿Qué viniste a estudiar? ―le preguntó Orángel  a su guía.
―Yo no vine a estudiar, yo vine a vivir. No pienso en la muerte, pero si muero mañana seguro habré vivido más en este año que llevo aquí que lo que habría vivido en Caracas en ochenta años.  
Al escuchar esto, a Gelindo los ojos le cambiaron de azul a verde agua y de verde agua a amarillo limón. A Orángel y a Guilllermo solo le cambió la altura de una ceja.
―Pero, ¿cómo te mantienes aquí? ―le preguntó Guillermo.
―Pues, brother, a falta de Beca Gran Mariscal de Ayacucho, Dios me proveyó de buena dotación y puso en mi camino a un amigo complaciente. 
Gelindo rio, pero los otros dos permanecieron en silencio, serios, dudando de lo que habían entendido.
―¿Y para dónde nos llevas, Rubén Darío? ―quiso saber Gelindo.
―Para que conozcan a la beautiful people.
Llegaron a un edificio y abordaron un ascensor de carga que los condujo hasta el quinto o sexto piso. En el momento que Rubén Darío buscaba en un bolsillo de su ajustado pantalón  de cuero negro la llave de la puerta de acceso al apartamento, esta se abrió y aparecieron dos gigantescos drag queens que, empujando a un lado a los recién llegados, traspasaron el umbral lanzando maldiciones contra alguien. Uno de los dos, tras dar una serie de pasos, giró y, mirando hacia el interior del apartamento, gritó:
Fucking vampire!  
Y ambos corrieron hacia el ascensor envueltos en la pirotecnia de su risa seca.
Lo que vieron los tres muchachos al entrar al apartamento desorbitó sus miradas: por aquí y por allá pululaban personajes estrambóticos, unos cargando cuadros recién pintados y otros llevando cedazos  recién fabricados, por aquí unos drags se maquillaban unos a otros y por allá unos chicos musculosos enfundados en ropa de cuero se besaban, y más allá otros dos chicos orinaban sobre telas dispuestas en el piso. En el centro del lugar estaba el amigo de Rubén Darío, blanquísimo, vestido de negro, sentado de piernas cruzadas en una silla giratoria sobre cuyo espaldar apoyaba su codo izquierdo. El antebrazo siniestro del hombre se prolongaba vertical y su mano se extendía para sostener su barbilla.
―Oh, Rubén Di, come here ―dijo el hombre con una voz débil.
Los cuatro se le acercaron y Rubén Darío hizo la presentación de sus acompañantes.
They are some friends from Caracas.
Oh! Caracas? Really? That beautiful people!
Orángel y Guillermo se sentían muy incómodos en aquel lugar y a los pocos minutos decidieron marcharse. Gelindo no quiso acompañarlos. Ellos intentaron persuadirlo advirtiéndole del peligro que corría en aquel lugar, pero en él habían quedado resonando las palabras de Rubén Darío. Él también quería vivir en un año lo que en Caracas viviría en ochenta.
―No se preocupen. Yo me sé cuidar. Nos vemos en unas horas ―les dijo para tranquilizarlos.
Pero esas horas prometidas se convirtieron en tres días al cabo de los cuales Gelindo llegó al apartamento con el retrato de un chino de piel violeta y labios turquesa, y también con un nombre nuevo:
G. Cute. Así me llama el amigo de Rubén Darío, y amigo mío también a partir de ahora, ¡jaaaaaa! ―les dijo a sus compañeros.
*
Por esos días los tres amigos finalizaron sus clases de inglés. Orángel y Guillermo decidieron regresar a Caracas, muertos de añoranza, pero Gelindo  no dudó en quedarse, vivo de curiosidad.
―¿Sigues pensando en estudiar algo que tenga que ver con la música? ―le preguntó el maestro Teodosio una mañana al llamarlo.
―No. Ahora quiero estudiar algo que tenga que ver con el cine ―le respondió.
―¿Con el cine? Entonces cuando me lance para presidente tendré que decirle a mi amigo Chelique que componga la cancioncita de mi campaña. Pero tú serás quien me haga las cuñas de televisión. Eso sí, no me pongas a saltar charcos para demostrar que estoy en forma porque después van a querer que ande por todo el país saltando charcos y me voy a morir de un ataque de asma.
Unos meses más tarde, el maestro Teodosio, en una de sus habituales llamadas a Gelindo le preguntó por sus estudios de cine, a lo que el muchacho con un tono entusiasta le respondió:
―Por ahora los aplacé. Tengo mejores planes, quiero cambiarme para una carrera que tenga que ver con las letras.
―¿Con las letras? ―preguntó el maestro Teodosio asombrado―. Lindo, ¿y desde cuándo te gusta leer? Me gustaría decirte que me alegra la idea, porque tendré quien me escriba los discursos del Día de la Batalla de Carabobo, cuando sea presidente, pero sé que un día de estos te voy a llamar y me vas a decir que decidiste cambiarte para una carrera que tiene que ver con el cultivo de batatas en  la luna.
Y diciendo esto, el maestro Teodosio colgó y por varios meses Gelindo no volvió a escuchar su voz. El muchacho recibía puntualmente, a fin de mes, su remesa y sabía de su padre gracias a doña Céfora o a sus hermanas. El día que el presidente llamó a su compadre Teodosio para nombrarlo gobernador del estado que lo había visto nacer y le había conferido el cargo de diputado de la República, el maestro Teodosio llamó a Gelindo para darle la noticia y aprovechar de hacerle una petición:
―Vente por unos días, Lindo, y te vas con nosotros al interior, así visitas a tus abuelos en la sierra y a tus tías en la península.
Pero Lindo estaba muy ocupado viviendo para decidir en ese momento retornar.
―Dame unos meses. Dos o tres. Te prometo que voy, aunque sea una semana, pero no creas que voy a quedarme. Tú sabes que no me gusta la provincia.
Y cumplió su promesa. Dos meses después arribaba a la ciudad con una pequeña maleta, vestido de Fiorucci de pies a cabeza, con una mueca de fastidio, que iba y venía, la cual desapareció totalmente cuando vio a doña Céfora y a su hermana menor, quienes lo esperaban ansiosas de abrazarlo, de besarlo, de decirle lo hermoso que estaba, de preguntarle cómo se sentía, cómo le iba en Nueva York y cómo había hecho para aparecer el mes anterior en la Cosmopolitan al lado un escritor y un pintor famosos, en aquella discoteca nueva de la que tanto hablaban en todas las revistas. Nadie le preguntó por los estudios, la respuesta que habría dado ya todos la suponían.
El maestro Teodosio no había podido ir al aeropuerto a recibirlo porque se encontraba conversando con una comisión de criadores de caprinos venidos de algún recóndito pueblo del estado. Demás está decir que en aquella reunión todas las peticiones de los campesinos fueron aprobadas por el gobernador, no tanto por ser un año electoral, que de eso algo había, sino porque él  quería irse pronto a encontrar con su hijo en torno a una mesa provista con comidas de la región: chivo guisado, arepas, dulce de leche de cabra; y frutas de plantas xerófitas: datos, buches y lefarias, nombres que a Gelindo le causaron mucha gracia.
Casi una semana estuvo Gelindo en la ciudad. Dos días los pasó durmiendo, dos días los dedicó a visitar a sus abuelos en la sierra y a sus tías de la península y el último día estuvo dando vueltas por la ciudad en el LTD del papá, mientras Tinche, el chofer, le contaba las historias de las casas coloniales del centro o de las personas que encontraban en las calles del barrio El Pantanal Abajo donde él había pasado su infancia elevando papagayos con su amigo Teo, el mismo que ahora era gobernador del estado.
Gelindo estaba atento a los cuentos que Tinche Jordán le relataba. Agrandaba los ojos cuando la historia le resultaba asombrosa, como aquella referida a unos túneles donde la gente se refugiaba en la colonia cuando los piratas tomaban la ciudad; y se reía con ganas si las anécdotas se referían a hechos graciosos, como aquellos de Martín Yánez, un legendario locutor que pronunciaba “Maisaisaipai”, en vez de Mississippi, porque alguien le dijo en cierta oportunidad que en inglés la “i” se pronunciaba “ai”.
―¿Verdad, Tinche? ¿Tú no me estás mintiendo, Tinche? ―le preguntaba Gelindo al chofer, con un gesto de incredulidad, cada vez que este le contaba una historia nueva.
―¡Ah, vaina, Gelindo, por mi madre santa que no te miento! Pregúntale a Teo ―era la respuesta del hombre.
El cuento que más divirtió a Gelindo fue el de la vez que al locutor le llegó una carta con una lista de vagos que molestaban a los vecinos de una calle del centro. La lista contenía como veinte nombres y él comenzó a leerla al aire con total indignación y voz atronadora, pero cuando estaba terminando de leerla se dio cuenta de que acababa de pronunciar los nombres de tres de sus hijos, entonces avergonzado bajó la voz mientras decía: disculpen, amigos oyentes, me equivoqué y les estaba leyendo la lista de los cumpleañeros de hoy.
*
Cuando terminaron el paseo, Gelindo estaba fascinado con la ciudad. Con las historias que había escuchado. Con la gente que Tinche le había presentado, esa que después de decirle “mucho gusto”, le hacían dos preguntas: “¿Cuándo llegaste?”…  “¿Y cuándo te vas?”, y finalizaban el fugaz encuentro con las expresiones: “vos si te parecés a…” o “vos te das un aire a…” y después de esa “a” insertaban el nombre de algún familiar del maestro Teodosio, un cantante, un  actor de cine o cualquier desconocido. Lo cierto es que al final de la tarde, Gelindo tenía la nariz de Chento Petit, su tío, los ojos Paul Newmann, el Pelo de Michael Jackson, el torso y los brazos del profesor Jirafales y las piernas del cantante Nelson Ned.
Gelindo le comentó a Tinche lo curioso que le resultaba que todos le hicieran las mismas preguntas y le hallasen algún parecido con alguien, por lo que el chofer le explicó:
―Esas son costumbres nuestras, Lindo. Teo y Céfora las han perdido porque tienen mucho tiempo viviendo en Caracas. Con esas preguntas lo que queremos expresarles a los visitantes es que estamos contentos con su visita y que ellos no son para nosotros personas extrañas.
Camino a La Huerta, como llamaban la residencia oficial del gobernador, por aquellas avenidas bordeadas de piedras coloreadas de verde para mitigar tanta visión desértica, Gelindo volvió a interesarse por aquel locutor tan ocurrente cuyas historias hilarantes lo habían cautivado.
―Me habría gustado conocer a ese locutor. ¿Sigue vivo?
―Sí, Lindo, sigue vivo, aunque un poco enfermo.
―¿Verdad, Tinche? ¿Y se disgustará si me llevas a conocerlo?
―No creo que se disguste. Más bien se va a poner contento. Él estima mucho a tu papá. Él era de los pocos que se atrevían a entrevistar a Teodosio en la radio durante la dictadura.
Tinche cruzó el vehículo en una esquina y luego tomó una calle que se prolongaba hasta el centro de la ciudad. Llegaron a una pequeña casa de estilo colonial como casi todas las casas del sector. Nada más bajarse del LTD, distinguieron, a través de la celosía de una ventana, la figura de un anciano que desde el interior exclamó:
―¡Tinche Jordán, dichosos los ojos que te ven! Como ahora estás en las alturas del poder ya no conocés a nadie, ¡gran carajo!
Y ambos rieron.
―Traigo a alguien que te quiere conocer. Este es el hijo de Teo.
Transcurridos unos segundos se escucharon unos pasos por el zaguán y el sonido de los goznes del portón. Luego, con medio cuerpo afuera, el anciano le preguntó a Tinche:
―¿Este zagaletón no es el que andaba para que los gringos? ―y sin esperar la respuesta del amigo, el veterano locutor le extendió la mano a Gelindo y le preguntó:
―Ve, ¿y pudiste conocer el río Maisaisaipai? ―entonces soltó una sonora carcajada con más sílabas que las palabras parangaricutirimícuaro y supercalifragilisticoespialidoso juntas.
Mientras seguía riendo, pero con tenues y entrecortados “jejejés”, Martín Yánez condujo a la visita por el zaguán de la casa hasta desembocar en los corredores atestados de helechos y trinitarias. Gelindo no podía creer que mientras en las calles y avenidas la aridez agobiaba, en esta casa se guardaba un pequeño bosque tropical.
Yánez pidió a la visita sentarse frente a él en unas cómodas mecedoras, sacó de un bolsillo una caja de cigarrillos Marlboro y una larga pitillera de carey blanco, y cruzó las piernas. Tinche y Gelindo, que habían acordado no tardarse mucho en casa de Martín Yánez, al instante comprendieron que con aquellos gestos el anfitrión los invitaba a una tertulia dilatada, así que no les quedó otra opción que disfrutar, entre tazas de café, de las hilarantes anécdotas del anciano veterano de la radio.  
Cuando Tinche cayó en cuenta, al mirar el reloj de madera que pendía de una de las paredes, que habían transcurrido cuatro horas desde su llegada a la casa de Martín Yánez, se lo comunicó a Gelindo, un poco alarmado.
―Lindo, ya son las diez. Vamos, que tú tienes que tomar un avión mañana temprano.
Todos se pusieron de pie. Antes de despedirse, Gelindo le preguntó a Martín Yánez:
―Señor Yánez, ¿todas esas historias que se cuentan de usted son ciertas?
A lo que Martín Yánez respondió:
―Se han repetido tanto que ni yo mismo sé si son ciertas o no. Pero si no fueran ciertas yo no las desmentiría, no ves que si no me olvidan ―y volvió a soltar una carcajada con más sílabas que las palabras parangaricutirimícuaro  y supercalifragilisticoespialidoso juntas.
*
Cuando llegaron a La Huerta, Olguita, la hermana de Gelindo, salió a su encuentro un tanto disgustada, pues le había preparado una pequeña fiesta de despedida a la que había invitado a sus nuevos amigos: compañeros del colegio e hijos de algunos compañeros de su papá a los que había conocido en una romería del partido. Gelindo se disculpó con Olguita por haber olvidado la fiesta y, aunque estaba muy cansado y sin ganas de compartir con aquel grupo, no quiso seguir decepcionando a su hermana por lo que decidió estar un rato, “solo un rato”. Así se lo hizo saber a ella.
Olguita tomó a Gelindo de una mano y lo condujo hasta la terraza, donde lo esperaba el grupo de jóvenes. Allí hizo una presentación general:
―Muchachos, él es mi hermano Lindo.
Y Gelindo, que había aprendido muy bien el oficio de la zalamería de su padre, fue estrechándole la mano a cada uno sin que su sonrisa disminuyera de tamaño.
Sonaba la canción Sansón y Dalila, interpretada por una agrupación argentina de nombre Flash, y todos canturreaban el estribillo onomatopéyico que decía: lalalá lalá/ lalalá lalala/ lalalá lalá lalalalalá.


Cuando Gelindo terminó de estrecharle la mano a aquella docena de jóvenes, les dijo en tono de reproche, pero sin perder la sonrisa:
―¿Cómo pueden escuchar esa música?
―Pero a ti antes te gustaba, Lindo ―le ripostó Olguita, quien para atender el reproche de su hermano fue hasta el tocadiscos y colocó un long play que al ser surcado por la aguja del aparato dejó escuchar:
“Como los reyes en Galilea/ siguieron la estrella del pastor/ te seguiré, a donde irás iré,/ tan fiel como tu sombra/ hasta la eternidad…”


―¡Noooo, Olguita! ―exclamó Gelindo levantándose de la poltrona donde se había arrellanado―. Eres la peor disc jockey que he conocido, lo que falta es que pongas a la cantante Martinha. Déjenme poner algo que valga la pena.
―No quites todavía esa canción, Lindo. Déjanos al menos cantar el “pau, pau, pau”, del coro.
Pero Gelindo simuló no escucharla, fue hasta su cuarto y regresó con el long play de la banda sonora de la película Fiebre de sábado por la noche, que cargaba en su maleta como si fuese un libro de oraciones. Sin pérdida de tiempo, el muchacho colocó el disco en el artefacto de sonido, y mientras fluían los primeros acordes invitó a Olguita a bailar, pero esta se negó apenada, alegando que no sabía bailar disco music.
Evelín Leyba, a la que todos llamaban la Pelo Lindo,  quien estudiaba en Caracas y había venido a la ciudad a pasar unos días en casa de sus padres, al ver la negativa de su nueva amiga Olguita, caminó presurosa hacia Gelindo y le expresó:
―Yo sí quiero bailar.
―Casualmente es sábado ―le dijo Gelindo tomándole una mano―, y si esto que sentí al verte no es fiebre debe tener el nombre de un pecado.
En un primer momento, Evelín Leyba no estuvo segura de haber entendido a Gelindo, pero luego no le quedaron dudas al mirar sus ojos y notar que en el azul de estos parecía reflejarse la llama de su cigarrillo, el mismo que había dejado reposando en un cenicero. Entonces sonrió pícaramente y, sin soltar la mano de Gelindo, giró hasta acercar su cuerpo al del muchacho. Gelindo la presionó unos segundos contra sí, luego la hizo girar nuevamente como un trompo y no hubo en aquella terraza quien no aplaudiera a la pareja.
*
Cuando Tinche Jordán llegó a La Huerta, tan temprano como se lo había indicado el maestro Teodosio, para llevarlos a todos al aeropuerto a despedir a Gelindo, recibió la orden de buscar al muchacho por toda la ciudad, este había tenido la gentileza de acompañar a Evelín Leyba hasta su carro al terminar la fiesta y desde ese momento nadie tuvo más noticias de él.
Doña Céfora temió que lo hubiesen secuestrado, como al empresario norteamericano McKenzie, del cual habían hablado tanto en los periódicos. Pero Tinche no creía que eso hubiese sucedido, él tenía otra  sospecha, así que decidió dar unas vueltas por la ciudad, no en busca de Gelindo, sino haciendo tiempo de que él apareciera por cuenta propia. Como en efecto sucedió. A eso de las nueve de la mañana, cuando Tinche retornaba a La Huerta vio  el carro de Evelín Leyba detenerse frente a la casa y vio bajar de él a Gelindo con su melena afro aplanada en el lado izquierdo y en la parte superior, y la piel salpicada de arena.
Nadie le dijo nada. Doña Céfora, apenas, hizo un movimiento negativo con la cabeza y  el maestro Teodosio, desviando la mirada del ejemplar de El Matutino que tenía en las manos, bajó sus lentes hasta la punta de su nariz, y miró al muchacho, con los ojos desnudos, de arriba abajo. Solo movió los labios para responder a la solicitud de bendición de Gelindo, y su voz fue tan tenue, que solo se escuchó: “…diga”. Mejor dicho, se escuchó algo así como: “ssstttttmmmdiga”, no el acostumbrado y sonoro: “Dios te bendiga”.
Gelindo no se detuvo a besar a Doña Céfora, a  Olguita y al maestro Teodosio, como solía hacerlo, sino que fue directo hasta su cuarto. Todos pensaron que se acostaría a dormir y que despertaría dos días más tarde, pero se asombraron al verlo regresar, transcurridos unos veinte minutos, acicalado, perfumado, con su afro redondeado y la maleta en una mano.
―Tenemos media hora todavía  ―dijo, dirigiéndose a Tinche Jordán.
De nada sirvieron las peticiones de Doña Céfora para que pospusiera el viaje. El maestro no quiso intervenir, porque sabía que, con lo terco que había sido siempre su hijo, nada haría que desistiera. Así que no les quedó otra que abordar el LTD y acompañarlo al aeropuerto. 

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