miércoles, 9 de noviembre de 2016

LADO A - SURCO CUATRO

SURCO CUATRO


“¿De qué color es el Camaro rojo de Gelindo Petit?”. Esa era una adivinanza que yo inventé y que anduvo en boca de toda mi escuela durante un buen tiempo. La inventé unas tres semanas después que Gelindo hizo su aparición por las calles de la ciudad en su carro deportivo, despertando la admiración o la envidia de los muchachos de su edad y el enamoramiento de las muchachas de todas las edades. Los primeros días todo el mundo se preguntaba quién era aquel joven, pero poco a poco se fue corriendo la voz de que aquel larguirucho, vestido como los actores de las películas hollywoodenses, era el hijo del maestro Teodosio Petit, a quien varios meses antes habían nombrado gobernador del estado.
Yo no tuve la suerte de conocer a Gelindo sino hasta varias semanas después de su segunda llegada a la ciudad porque el sarampión me había mantenido refugiado en casa por un buen tiempo. Pero mis primos, que iban a visitarme todos los días, no hacían más que hablar de Lindo Petit, el mismo del programa nuevo de radio, el hijo del maestro Teodosio que vivía en Nueva York y que vino por unos días a nuestra ciudad y le había gustado tanto el jugo de semeruco, una manzana liliputiense,  que no quería regresar a la gran manzana. Claro, eso era lo que se decía, porque alguna explicación tenían que darle al hecho de que alguien cambiase una metrópolis por una ciudad pequeña en la que a los pocos policías, a falta de delincuentes, se les había encomendado la tarea de vigilar a los burros que merodeaban por las cercanías de la pista del aeropuerto, para evitar una tragedia.
En serio. La medida, que había dado origen a los más hilarantes chistes que se hayan escuchado en la plaza Falcón, y había hecho las delicias de la oposición,  había sido tomada por el maestro Teodosio el día que tres burros habían decidido desfilar por la pista de aterrizaje en el momento en que el avión que traía a un cantante famoso a la ciudad alcanzaba tierra. Estoy intentando recordar si aquel cantante era Noel Petro, también conocido como el “Burro Mocho”. Creo que escuché en aquel entonces a alguien decir que aquellos burros habían sido comisionados por el maestro Teodosio para darle la bienvenida al cantante.
El maestro Teodosio lo que hacía era reírse de aquellas ocurrencias de la gente. Cada vez que Curazaíto, uno de los porteros de la gobernación, le comentaba lo que decía la gente en el mercado o en la plaza Falcón, él se reía tanto que lo atacaba una fuerte tos, entonces Curazaíto salía corriendo a buscarle agua.
―Aquí tiene, tómese esta agüita para que le calme la Felipa Morris ―le pedía Curazaíto al maestro, quien, entonces, se reía aún más porque le hacía mucha gracia el nombre que el portero le había dado a su tos.
El maestro Teodosio, quien en realidad no era maestro sino sindicalista y activista del partido político que estaba en el poder, y recibía ese título por parte de sus seguidores no por su sapiencia sino por pura adulancia, nació aquí, y aquí vivió hasta los cuarenta años, según contaba mi abuela. Aquí se casó con doña Céfora Torres de Petit e inició su carrera política en tiempos de la dictadura del coronel Marcos Pérez Jiménez, pero se había ido a Caracas en los inicios de la democracia, cuando salió elegido diputado al Congreso Nacional. En Caracas nacieron dos de sus cuatro hijos: Olguita, la menor, y Gelindo, el dolor de cabeza. Las hijas mayores nacieron aquí: Nereida, la esposa de un miembro de Casa Militar; y Ceforita, la esposa de un viceministro.
Todas las hijas del maestro Teodosio y doña Céfora siempre fueron estudiosas y obedientes; no así su hijo, Gelindo Gregorio ―así prefería llamarlo doña Céfora―. A él desde niño debían obligarlo a ir al colegio y a hacer las tareas, sin embargo, era poseedor de una inteligencia tan aguda que asombraba a sus maestros.
Cuando se graduó de bachiller, Gelindo le comunicó al maestro Teodosio su deseo de irse a estudiar a los Estados Unidos, entusiasmado por dos de sus compañeros, quienes habían obtenido sendas becas Gran Mariscal de Ayacucho. Tanto el maestro Teodosio como doña Céfora estuvieron de acuerdo al instante. No habían contemplado esa posibilidad, pero era lo más sensato que Gelindo Gregorio había decidido hasta ese entonces. Ellos, desde hacía tiempo, estaban preocupados por el futuro de su hijo, pues este no había mostrado interés por ninguna carrera universitaria, por ningún oficio, y muchísimo menos por la actividad política, que le había dado tantas satisfacciones a su padre y bienestar a toda la familia.  
Tanto el maestro Teodosio como doña Céfora respiraron aliviados al escuchar la propuesta de Gelindo porque pensaban en el futuro del muchacho, pero también en que disminuirían el consumo de píldoras para sus jaquecas.
―¿Y qué piensas estudiar en Estados Unidos, Lindo? ―le preguntó el maestro Teodosio, por no dejar.
―Algo que tenga que ver con la música ―le respondió.
―¿Y a ti te gusta la música, Lindo? ―le preguntó el maestro Teodosio, nuevamente por no dejar.
―Claro, papá. ¿A quién no?
―Ah, qué bien, así tendré quien me componga la musiquita de mi campaña cuando me lance a presidente. En este país nadie vota por un candidato que no tenga una cancioncita pegajosa. Abrazar viejas ya no da votos.
*
Durante dos años vivió Gelindo en Nueva York. El primer año se dedicó a estudiar inglés. Vivía con sus otros dos compañeros en un apartamento con vista al Central Park, si mal no recuerdo, propiedad de un exministro de Minas e Hidrocarburos que le debía muchos favores al maestro Teodosio y por ello le había prestado a este el apartamento para que Gelindo viviese en él todo el tiempo que quisiera.
 Cada día los tres muchachos iban a sus clases y retornaban al apartamento sin desviarse nunca de su ruta habitual y sin ser protagonistas de ningún suceso extraordinario, pero sí atentos y alucinados espectadores. Los tres veían todo a su paso como si estuviesen en un cine de Caracas disfrutando de una película rodada en aquellas interminables calles y avenidas atestadas de personajes insólitos, o en el subway, albergue de un bestiario urbano fascinante e inquietante al mismo tiempo, para ellos.   
Pero sucedió que un día, mientras abordaban un vagón del subway, escucharon tras ellos una voz con un acento tan familiar que los tres sintieron que estaban a punto de abordar más bien un autobús rumbo a Chacaíto. Entonces voltearon y se encontraron con la mirada vivaz de un joven moreno claro, alto y de bigotes espesos.
Excuse me. Where are you from? ―le preguntó Gelindo.
―De Pariata, brother. Y tú eres de Caracas, específicamente de El Cafetal.
―¿Y tú cómo lo sabes? ―le preguntó Gelindo asombrado.
―Porque cada urbanización y barrio de Caracas tiene un acento particular. De eso me di cuenta después de mudarme para acá y leer a Bernard Shaw.
Los cuatro abordaron el vagón y siguieron conversando.
―Mi nombre es Gelindo, pero me puedes llamar Lindo.
―¿Lindo? ¡Ja, ja, ja, ja! Debes tener la autoestima muy alta con semejante nombre.
Gelindo se sonrojó y le ripostó:
―Son vainas de los viejos de uno. ―Y luego señalando a sus compañeros agregó: ―Ah, ellos son Orángel y Guillermo.
―Mi nombre es Rubén Darío.
*
Cuando el tren se detuvo, Rubén Darío les comentó:
―Apuesto que no conocen Nueva York realmente, apuesto que solo han ido a las clases de inglés y al Central Park.
Los tres asintieron
―Vengan conmigo ―les sugirió Rubén Darío.
Orángel y Guillermo esperaron la respuesta de Gelindo, quien, con los ojos más azules y brillantes de lo habitual, respondió:
―Vamos.
Desde que alcanzaron la superficie, Gelindo comenzó a sentirse protagonista, pero sus compañeros seguían temerosos, reacios a abandonar su rol de espectadores.
―Rubén Darío, ¿y qué haces aquí? ¿Qué viniste a estudiar? ―le preguntó Orángel  a su guía.
―Yo no vine a estudiar, yo vine a vivir. No pienso en la muerte, pero si muero mañana seguro habré vivido más en este año que llevo aquí que lo que habría vivido en Caracas en ochenta años.  
Al escuchar esto, a Gelindo los ojos le cambiaron de azul a verde agua y de verde agua a amarillo limón. A Orángel y a Guilllermo solo le cambió la altura de una ceja.
―Pero, ¿cómo te mantienes aquí? ―le preguntó Guillermo.
―Pues, brother, a falta de Beca Gran Mariscal de Ayacucho, Dios me proveyó de buena dotación y puso en mi camino a un amigo complaciente. 
Gelindo rio, pero los otros dos permanecieron en silencio, serios, dudando de lo que habían entendido.
―¿Y para dónde nos llevas, Rubén Darío? ―quiso saber Gelindo.
―Para que conozcan a la beautiful people.
Llegaron a un edificio y abordaron un ascensor de carga que los condujo hasta el quinto o sexto piso. En el momento que Rubén Darío buscaba en un bolsillo de su ajustado pantalón  de cuero negro la llave de la puerta de acceso al apartamento, esta se abrió y aparecieron dos gigantescos drag queens que, empujando a un lado a los recién llegados, traspasaron el umbral lanzando maldiciones contra alguien. Uno de los dos, tras dar una serie de pasos, giró y, mirando hacia el interior del apartamento, gritó:
Fucking vampire!  
Y ambos corrieron hacia el ascensor envueltos en la pirotecnia de su risa seca.
Lo que vieron los tres muchachos al entrar al apartamento desorbitó sus miradas: por aquí y por allá pululaban personajes estrambóticos, unos cargando cuadros recién pintados y otros llevando cedazos  recién fabricados, por aquí unos drags se maquillaban unos a otros y por allá unos chicos musculosos enfundados en ropa de cuero se besaban, y más allá otros dos chicos orinaban sobre telas dispuestas en el piso. En el centro del lugar estaba el amigo de Rubén Darío, blanquísimo, vestido de negro, sentado de piernas cruzadas en una silla giratoria sobre cuyo espaldar apoyaba su codo izquierdo. El antebrazo siniestro del hombre se prolongaba vertical y su mano se extendía para sostener su barbilla.
―Oh, Rubén Di, come here ―dijo el hombre con una voz débil.
Los cuatro se le acercaron y Rubén Darío hizo la presentación de sus acompañantes.
They are some friends from Caracas.
Oh! Caracas? Really? That beautiful people!
Orángel y Guillermo se sentían muy incómodos en aquel lugar y a los pocos minutos decidieron marcharse. Gelindo no quiso acompañarlos. Ellos intentaron persuadirlo advirtiéndole del peligro que corría en aquel lugar, pero en él habían quedado resonando las palabras de Rubén Darío. Él también quería vivir en un año lo que en Caracas viviría en ochenta.
―No se preocupen. Yo me sé cuidar. Nos vemos en unas horas ―les dijo para tranquilizarlos.
Pero esas horas prometidas se convirtieron en tres días al cabo de los cuales Gelindo llegó al apartamento con el retrato de un chino de piel violeta y labios turquesa, y también con un nombre nuevo:
G. Cute. Así me llama el amigo de Rubén Darío, y amigo mío también a partir de ahora, ¡jaaaaaa! ―les dijo a sus compañeros.
*
Por esos días los tres amigos finalizaron sus clases de inglés. Orángel y Guillermo decidieron regresar a Caracas, muertos de añoranza, pero Gelindo  no dudó en quedarse, vivo de curiosidad.
―¿Sigues pensando en estudiar algo que tenga que ver con la música? ―le preguntó el maestro Teodosio una mañana al llamarlo.
―No. Ahora quiero estudiar algo que tenga que ver con el cine ―le respondió.
―¿Con el cine? Entonces cuando me lance para presidente tendré que decirle a mi amigo Chelique que componga la cancioncita de mi campaña. Pero tú serás quien me haga las cuñas de televisión. Eso sí, no me pongas a saltar charcos para demostrar que estoy en forma porque después van a querer que ande por todo el país saltando charcos y me voy a morir de un ataque de asma.
Unos meses más tarde, el maestro Teodosio, en una de sus habituales llamadas a Gelindo le preguntó por sus estudios de cine, a lo que el muchacho con un tono entusiasta le respondió:
―Por ahora los aplacé. Tengo mejores planes, quiero cambiarme para una carrera que tenga que ver con las letras.
―¿Con las letras? ―preguntó el maestro Teodosio asombrado―. Lindo, ¿y desde cuándo te gusta leer? Me gustaría decirte que me alegra la idea, porque tendré quien me escriba los discursos del Día de la Batalla de Carabobo, cuando sea presidente, pero sé que un día de estos te voy a llamar y me vas a decir que decidiste cambiarte para una carrera que tiene que ver con el cultivo de batatas en  la luna.
Y diciendo esto, el maestro Teodosio colgó y por varios meses Gelindo no volvió a escuchar su voz. El muchacho recibía puntualmente, a fin de mes, su remesa y sabía de su padre gracias a doña Céfora o a sus hermanas. El día que el presidente llamó a su compadre Teodosio para nombrarlo gobernador del estado que lo había visto nacer y le había conferido el cargo de diputado de la República, el maestro Teodosio llamó a Gelindo para darle la noticia y aprovechar de hacerle una petición:
―Vente por unos días, Lindo, y te vas con nosotros al interior, así visitas a tus abuelos en la sierra y a tus tías en la península.
Pero Lindo estaba muy ocupado viviendo para decidir en ese momento retornar.
―Dame unos meses. Dos o tres. Te prometo que voy, aunque sea una semana, pero no creas que voy a quedarme. Tú sabes que no me gusta la provincia.
Y cumplió su promesa. Dos meses después arribaba a la ciudad con una pequeña maleta, vestido de Fiorucci de pies a cabeza, con una mueca de fastidio, que iba y venía, la cual desapareció totalmente cuando vio a doña Céfora y a su hermana menor, quienes lo esperaban ansiosas de abrazarlo, de besarlo, de decirle lo hermoso que estaba, de preguntarle cómo se sentía, cómo le iba en Nueva York y cómo había hecho para aparecer el mes anterior en la Cosmopolitan al lado un escritor y un pintor famosos, en aquella discoteca nueva de la que tanto hablaban en todas las revistas. Nadie le preguntó por los estudios, la respuesta que habría dado ya todos la suponían.
El maestro Teodosio no había podido ir al aeropuerto a recibirlo porque se encontraba conversando con una comisión de criadores de caprinos venidos de algún recóndito pueblo del estado. Demás está decir que en aquella reunión todas las peticiones de los campesinos fueron aprobadas por el gobernador, no tanto por ser un año electoral, que de eso algo había, sino porque él  quería irse pronto a encontrar con su hijo en torno a una mesa provista con comidas de la región: chivo guisado, arepas, dulce de leche de cabra; y frutas de plantas xerófitas: datos, buches y lefarias, nombres que a Gelindo le causaron mucha gracia.
Casi una semana estuvo Gelindo en la ciudad. Dos días los pasó durmiendo, dos días los dedicó a visitar a sus abuelos en la sierra y a sus tías de la península y el último día estuvo dando vueltas por la ciudad en el LTD del papá, mientras Tinche, el chofer, le contaba las historias de las casas coloniales del centro o de las personas que encontraban en las calles del barrio El Pantanal Abajo donde él había pasado su infancia elevando papagayos con su amigo Teo, el mismo que ahora era gobernador del estado.
Gelindo estaba atento a los cuentos que Tinche Jordán le relataba. Agrandaba los ojos cuando la historia le resultaba asombrosa, como aquella referida a unos túneles donde la gente se refugiaba en la colonia cuando los piratas tomaban la ciudad; y se reía con ganas si las anécdotas se referían a hechos graciosos, como aquellos de Martín Yánez, un legendario locutor que pronunciaba “Maisaisaipai”, en vez de Mississippi, porque alguien le dijo en cierta oportunidad que en inglés la “i” se pronunciaba “ai”.
―¿Verdad, Tinche? ¿Tú no me estás mintiendo, Tinche? ―le preguntaba Gelindo al chofer, con un gesto de incredulidad, cada vez que este le contaba una historia nueva.
―¡Ah, vaina, Gelindo, por mi madre santa que no te miento! Pregúntale a Teo ―era la respuesta del hombre.
El cuento que más divirtió a Gelindo fue el de la vez que al locutor le llegó una carta con una lista de vagos que molestaban a los vecinos de una calle del centro. La lista contenía como veinte nombres y él comenzó a leerla al aire con total indignación y voz atronadora, pero cuando estaba terminando de leerla se dio cuenta de que acababa de pronunciar los nombres de tres de sus hijos, entonces avergonzado bajó la voz mientras decía: disculpen, amigos oyentes, me equivoqué y les estaba leyendo la lista de los cumpleañeros de hoy.
*
Cuando terminaron el paseo, Gelindo estaba fascinado con la ciudad. Con las historias que había escuchado. Con la gente que Tinche le había presentado, esa que después de decirle “mucho gusto”, le hacían dos preguntas: “¿Cuándo llegaste?”…  “¿Y cuándo te vas?”, y finalizaban el fugaz encuentro con las expresiones: “vos si te parecés a…” o “vos te das un aire a…” y después de esa “a” insertaban el nombre de algún familiar del maestro Teodosio, un cantante, un  actor de cine o cualquier desconocido. Lo cierto es que al final de la tarde, Gelindo tenía la nariz de Chento Petit, su tío, los ojos Paul Newmann, el Pelo de Michael Jackson, el torso y los brazos del profesor Jirafales y las piernas del cantante Nelson Ned.
Gelindo le comentó a Tinche lo curioso que le resultaba que todos le hicieran las mismas preguntas y le hallasen algún parecido con alguien, por lo que el chofer le explicó:
―Esas son costumbres nuestras, Lindo. Teo y Céfora las han perdido porque tienen mucho tiempo viviendo en Caracas. Con esas preguntas lo que queremos expresarles a los visitantes es que estamos contentos con su visita y que ellos no son para nosotros personas extrañas.
Camino a La Huerta, como llamaban la residencia oficial del gobernador, por aquellas avenidas bordeadas de piedras coloreadas de verde para mitigar tanta visión desértica, Gelindo volvió a interesarse por aquel locutor tan ocurrente cuyas historias hilarantes lo habían cautivado.
―Me habría gustado conocer a ese locutor. ¿Sigue vivo?
―Sí, Lindo, sigue vivo, aunque un poco enfermo.
―¿Verdad, Tinche? ¿Y se disgustará si me llevas a conocerlo?
―No creo que se disguste. Más bien se va a poner contento. Él estima mucho a tu papá. Él era de los pocos que se atrevían a entrevistar a Teodosio en la radio durante la dictadura.
Tinche cruzó el vehículo en una esquina y luego tomó una calle que se prolongaba hasta el centro de la ciudad. Llegaron a una pequeña casa de estilo colonial como casi todas las casas del sector. Nada más bajarse del LTD, distinguieron, a través de la celosía de una ventana, la figura de un anciano que desde el interior exclamó:
―¡Tinche Jordán, dichosos los ojos que te ven! Como ahora estás en las alturas del poder ya no conocés a nadie, ¡gran carajo!
Y ambos rieron.
―Traigo a alguien que te quiere conocer. Este es el hijo de Teo.
Transcurridos unos segundos se escucharon unos pasos por el zaguán y el sonido de los goznes del portón. Luego, con medio cuerpo afuera, el anciano le preguntó a Tinche:
―¿Este zagaletón no es el que andaba para que los gringos? ―y sin esperar la respuesta del amigo, el veterano locutor le extendió la mano a Gelindo y le preguntó:
―Ve, ¿y pudiste conocer el río Maisaisaipai? ―entonces soltó una sonora carcajada con más sílabas que las palabras parangaricutirimícuaro y supercalifragilisticoespialidoso juntas.
Mientras seguía riendo, pero con tenues y entrecortados “jejejés”, Martín Yánez condujo a la visita por el zaguán de la casa hasta desembocar en los corredores atestados de helechos y trinitarias. Gelindo no podía creer que mientras en las calles y avenidas la aridez agobiaba, en esta casa se guardaba un pequeño bosque tropical.
Yánez pidió a la visita sentarse frente a él en unas cómodas mecedoras, sacó de un bolsillo una caja de cigarrillos Marlboro y una larga pitillera de carey blanco, y cruzó las piernas. Tinche y Gelindo, que habían acordado no tardarse mucho en casa de Martín Yánez, al instante comprendieron que con aquellos gestos el anfitrión los invitaba a una tertulia dilatada, así que no les quedó otra opción que disfrutar, entre tazas de café, de las hilarantes anécdotas del anciano veterano de la radio.  
Cuando Tinche cayó en cuenta, al mirar el reloj de madera que pendía de una de las paredes, que habían transcurrido cuatro horas desde su llegada a la casa de Martín Yánez, se lo comunicó a Gelindo, un poco alarmado.
―Lindo, ya son las diez. Vamos, que tú tienes que tomar un avión mañana temprano.
Todos se pusieron de pie. Antes de despedirse, Gelindo le preguntó a Martín Yánez:
―Señor Yánez, ¿todas esas historias que se cuentan de usted son ciertas?
A lo que Martín Yánez respondió:
―Se han repetido tanto que ni yo mismo sé si son ciertas o no. Pero si no fueran ciertas yo no las desmentiría, no ves que si no me olvidan ―y volvió a soltar una carcajada con más sílabas que las palabras parangaricutirimícuaro  y supercalifragilisticoespialidoso juntas.
*
Cuando llegaron a La Huerta, Olguita, la hermana de Gelindo, salió a su encuentro un tanto disgustada, pues le había preparado una pequeña fiesta de despedida a la que había invitado a sus nuevos amigos: compañeros del colegio e hijos de algunos compañeros de su papá a los que había conocido en una romería del partido. Gelindo se disculpó con Olguita por haber olvidado la fiesta y, aunque estaba muy cansado y sin ganas de compartir con aquel grupo, no quiso seguir decepcionando a su hermana por lo que decidió estar un rato, “solo un rato”. Así se lo hizo saber a ella.
Olguita tomó a Gelindo de una mano y lo condujo hasta la terraza, donde lo esperaba el grupo de jóvenes. Allí hizo una presentación general:
―Muchachos, él es mi hermano Lindo.
Y Gelindo, que había aprendido muy bien el oficio de la zalamería de su padre, fue estrechándole la mano a cada uno sin que su sonrisa disminuyera de tamaño.
Sonaba la canción Sansón y Dalila, interpretada por una agrupación argentina de nombre Flash, y todos canturreaban el estribillo onomatopéyico que decía: lalalá lalá/ lalalá lalala/ lalalá lalá lalalalalá.


Cuando Gelindo terminó de estrecharle la mano a aquella docena de jóvenes, les dijo en tono de reproche, pero sin perder la sonrisa:
―¿Cómo pueden escuchar esa música?
―Pero a ti antes te gustaba, Lindo ―le ripostó Olguita, quien para atender el reproche de su hermano fue hasta el tocadiscos y colocó un long play que al ser surcado por la aguja del aparato dejó escuchar:
“Como los reyes en Galilea/ siguieron la estrella del pastor/ te seguiré, a donde irás iré,/ tan fiel como tu sombra/ hasta la eternidad…”


―¡Noooo, Olguita! ―exclamó Gelindo levantándose de la poltrona donde se había arrellanado―. Eres la peor disc jockey que he conocido, lo que falta es que pongas a la cantante Martinha. Déjenme poner algo que valga la pena.
―No quites todavía esa canción, Lindo. Déjanos al menos cantar el “pau, pau, pau”, del coro.
Pero Gelindo simuló no escucharla, fue hasta su cuarto y regresó con el long play de la banda sonora de la película Fiebre de sábado por la noche, que cargaba en su maleta como si fuese un libro de oraciones. Sin pérdida de tiempo, el muchacho colocó el disco en el artefacto de sonido, y mientras fluían los primeros acordes invitó a Olguita a bailar, pero esta se negó apenada, alegando que no sabía bailar disco music.
Evelín Leyba, a la que todos llamaban la Pelo Lindo,  quien estudiaba en Caracas y había venido a la ciudad a pasar unos días en casa de sus padres, al ver la negativa de su nueva amiga Olguita, caminó presurosa hacia Gelindo y le expresó:
―Yo sí quiero bailar.
―Casualmente es sábado ―le dijo Gelindo tomándole una mano―, y si esto que sentí al verte no es fiebre debe tener el nombre de un pecado.
En un primer momento, Evelín Leyba no estuvo segura de haber entendido a Gelindo, pero luego no le quedaron dudas al mirar sus ojos y notar que en el azul de estos parecía reflejarse la llama de su cigarrillo, el mismo que había dejado reposando en un cenicero. Entonces sonrió pícaramente y, sin soltar la mano de Gelindo, giró hasta acercar su cuerpo al del muchacho. Gelindo la presionó unos segundos contra sí, luego la hizo girar nuevamente como un trompo y no hubo en aquella terraza quien no aplaudiera a la pareja.
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Cuando Tinche Jordán llegó a La Huerta, tan temprano como se lo había indicado el maestro Teodosio, para llevarlos a todos al aeropuerto a despedir a Gelindo, recibió la orden de buscar al muchacho por toda la ciudad, este había tenido la gentileza de acompañar a Evelín Leyba hasta su carro al terminar la fiesta y desde ese momento nadie tuvo más noticias de él.
Doña Céfora temió que lo hubiesen secuestrado, como al empresario norteamericano McKenzie, del cual habían hablado tanto en los periódicos. Pero Tinche no creía que eso hubiese sucedido, él tenía otra  sospecha, así que decidió dar unas vueltas por la ciudad, no en busca de Gelindo, sino haciendo tiempo de que él apareciera por cuenta propia. Como en efecto sucedió. A eso de las nueve de la mañana, cuando Tinche retornaba a La Huerta vio  el carro de Evelín Leyba detenerse frente a la casa y vio bajar de él a Gelindo con su melena afro aplanada en el lado izquierdo y en la parte superior, y la piel salpicada de arena.
Nadie le dijo nada. Doña Céfora, apenas, hizo un movimiento negativo con la cabeza y  el maestro Teodosio, desviando la mirada del ejemplar de El Matutino que tenía en las manos, bajó sus lentes hasta la punta de su nariz, y miró al muchacho, con los ojos desnudos, de arriba abajo. Solo movió los labios para responder a la solicitud de bendición de Gelindo, y su voz fue tan tenue, que solo se escuchó: “…diga”. Mejor dicho, se escuchó algo así como: “ssstttttmmmdiga”, no el acostumbrado y sonoro: “Dios te bendiga”.
Gelindo no se detuvo a besar a Doña Céfora, a  Olguita y al maestro Teodosio, como solía hacerlo, sino que fue directo hasta su cuarto. Todos pensaron que se acostaría a dormir y que despertaría dos días más tarde, pero se asombraron al verlo regresar, transcurridos unos veinte minutos, acicalado, perfumado, con su afro redondeado y la maleta en una mano.
―Tenemos media hora todavía  ―dijo, dirigiéndose a Tinche Jordán.
De nada sirvieron las peticiones de Doña Céfora para que pospusiera el viaje. El maestro no quiso intervenir, porque sabía que, con lo terco que había sido siempre su hijo, nada haría que desistiera. Así que no les quedó otra que abordar el LTD y acompañarlo al aeropuerto. 

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FUENTES DE IMÁGENES:

jueves, 3 de noviembre de 2016

LADO A - SURCO TRES

SURCO TRES


Yo estaba hechizado por la imagen y el genio de mi madrina Trina Payares, creo haberlo referido ya. Ese hechizo debió comenzar el día que vi una fotografía suya en un portarretratos colocado sobre un aguamanil que ya no cumplía su función original. Era una fotografía en blanco y negro, mate y un poco arrugada. En ella, delante de una espesa vegetación, estaba mi madrina vestida de soldado y portando un arma larga que se notaba muy pesada.
Debía tener unos tres años de edad cuando vi aquella foto por primera vez. Quizás aquel retrato siempre había estado ahí, pero fue a esa edad cuando pude percibir su presencia y sucumbir a la seducción de la imagen que mostraba. Sucedió como con esas personas de las cuales, después de muchos años de amistad, descubres que estás enamorado. Entonces reparas, por ejemplo, en que se les hacen unos hoyitos en las mejillas cuando se sonríen. Y así vas descubriendo muchas cosas que siempre estuvieron ahí y las veías, pero no las percibías realmente.
Con los años fui conociendo personajes que iba relacionando con mi madrina. En un tiempo Trina Payares fue para mí Barbarella, una heroína intergaláctica; en otro tiempo fue la heroína de Puerto Arturo de la novela de Salgari; también fue la princesa Leia, de La guerra de las galaxias e incluso fue una heroína regional llamada Josefita Camejo.
A los tres años solo me sentía encantado por la imagen de Trina Payares, pero a los cinco años comencé a sentir curiosidad por aquella mujer. Así que un día le pregunté a mi mamá por qué mi madrina estaba vestida de militar en aquella foto, y qué lugar era ese tan lleno de árboles, porque a simple vista se notaba que no era nuestra ciudad, la cual era tan árida que tenían que pintar las piedras de verde para simular vegetación.
―¡Ssssshhhhhhh! ―fue la única respuesta de mi madre.
También me respondió “sssshhhh” cuando le pregunté qué significaba la palabra “guerrillera”, que había escuchado a mi abuela pronunciar al referirse a mi madrina.
A los seis años, al juntar todos los “sssshhhhs” emitidos por mi madre, llegué a la conclusión de que aquella imagen del portarretratos tenía mucha relación con la palabra “guerrillera”.
“¡Sssshhhhh!”, me siguió respondiendo por mucho tiempo mi madre cada vez que le hacía alguna pregunta sobre Trina Payares.
Pero a los ocho años, cuando volví a escuchar la palabra “guerrillera”, el día que Trina Payares publicó la edición extraordinaria de su periodiquito El Pasquín, no fue necesario preguntarle nada a mi madre, pues de tanto juntar “ssshhhhs” ya sabía que mi madrina, cuando estaba más joven, había dejado por un tiempo sus estudios de sociología y había vivido en las montañas, como la diosa indígena María Lionza. Ahí había cruzado ríos caudalosos con un fusil al hombro y comido culebras. ¿Por qué había hecho todo eso? Porque los presidentes de la época le caían muy mal. O porque estos no se bañaban. O no se lavaban las manos. O se las lavaban mucho. Algo así era lo que yo entendía de lo que escuché decir varias veces a mi madrina.
―¿Otra vez la guerrillera de Trina Payares? ―preguntó mi prima cuando mi tío llegó a su casa y le entregó el ejemplar de El Pasquín que le había comprado a la propia Trina Payares―.¿Esa mujer no se cansa?
 ―Los chicos plásticos ―leyó mi prima en voz alta el título del reportaje principal del periódico.
Mis tíos, mi primo y yo rodeamos a mi prima y al instante ella entendió que deseábamos escucharla leer el reportaje completo.
“El día de ayer ―leyó mi prima―, un reducido grupo de estudiantes del liceo Cecilio Alcocer, manipulados por un locutor esnobista, marcharon hasta la sede de la gobernación del estado exigiendo la reposición de un programa que exalta lo foráneo y omite nuestra música y nuestras valiosas costumbres y tradiciones. Atrás quedaron los tiempos en que nuestros gloriosos estudiantes luchaban por causas nobles y justas, y eran capaces de entregar su vida por la libertad. A jóvenes como estos, cuya frivolidad los llevó, incluso, a pintarrajear con vacuas consignas los policromos murales constructivistas del gran artista Domingo Miranda, las únicas revoluciones que les interesan son las de los discos de 45 RPM del grupo ABBA que el locutor de marras les prodiga como recompensa por sus acciones vandálicas…”
―Y bla, bla, bla ―dijo mi prima para dar a entender que para ella el resto del artículo era tan intrascendente como lo que acababa de leer. Pero yo quería seguir escuchando porque me parecía que mi madrina inventaba muchas palabras bonitas.
A mi madrina, hasta sus propios amigos le criticaban mucho las palabras que utilizaba en sus escritos. Decían que ella no escribía para la clase obrera, y ella replicaba que la clase obrera también tenía derecho de cultivarse y ampliar su vocabulario. Eso le escuché decir varias veces. Con el tiempo supe que esas palabras no las inventaba mi madrina sino que las habían inventado hacía muchísimo tiempo; y que aparecían en el diccionario.
 Entonces inventé un juego que consistía en buscar en aquel libro las palabras más extrañas que Trina Payares escribía en El Pasquín. Ganaba el que lo hiciera en el menor tiempo. Yo nunca gané en aquel juego inventado por mí; y no me importaba, porque Gelindo me había enseñado que los perdedores se divierten más.
*
Por mi primo sabíamos la otra versión de la historia. Mi primo había formado parte de ese “reducido grupo de estudiantes” ―como decía Trina Payares, pero que en realidad había sido un grupo nutrido―, que decidió, tras una arenga de Wicho, el mejor bailarín de disco music del liceo,  salir a las calles a exigir sus derechos, “porque ―así dijo Wicho Graterol― estamos en un país libre y no dejaremos que nadie nos arrebate la libertad de escuchar la música que nos dé la real gana”.
Desde aquel entonces yo he tenido claro que cada persona tiene una manera distinta de entender la libertad. Trina Payares se sentía libre escuchando música latinoamericana; Wicho Graterol, bailando disco music; y yo, dibujando a Trina Payares como Barbarella, al gobernador,  el maestro Teodosio Petit, como el maléfico Dr. Duran Duran, pero vestido con guayabera, y a Wicho Graterol como el superhéroe nacional Martín Valiente, el ahijado de la muerte.
Mi primo nos contó también que cuando llegaron al liceo, la mañana del día anterior, Wicho le había puesto un candado a la puerta y había colgado en la cerca unos letreros de cartulina donde, con letras multicolores (policromas, habría dicho mi madrina), había escrito consignas contra Trina Payares, Juancito Trucupey y el gobernador Teodosio Petit. A este último lo acusaban los manifestantes de ser el  artífice de la salida del aire de Disco y juventud. Al parecer, el maestro Teodosio temía que su partido perdiera votos en las elecciones de diciembre, después de que mi madrina acusara a Gelindo Petit, su hijo, de transculturizador.
Ah, vale acotar que de tanto escuchar la palabra “transculturizador” yo creé un trabalenguas que mis compañeros de salón comenzaron a repetir, luego lo comenzó a repetir toda nuestra escuela, después las otras escuelas, hasta que todos los niños del país andábamos con el sonsonete: “Los jóvenes están transculturizados, ¿quién los transculturizaría?, y el que los destransculturizare, buen destransculturizador sería”.
El trabalenguas se me ocurrió cuando mi primo contaba los detalles de la huelga organizada por Wicho Graterol, justo en el momento en que narraba el enfrentamiento de este con un seguidor de Trina Payares, Amábiles, quien junto con su grupo le gritaba a Wicho y sus acompañantes: “¡Trans-cul-tu-ri-za-dos!, ¡trans-cul-tu-ri-za-dos!”.
Contaba mi primo ―y así lo leí también, transcurridos algunos años, en una crónica del doctor Marcos Jacobo―, que luego de la disputa, que no pasó de empujones y camisas rotas, los manifestantes se dirigieron a la gobernación del estado  donde, después de gritar consignas, le lanzaron una lluvia de piedras al LTD Landau del maestro Teodosio, destruyendo todos sus vidrios. Tinche Jordán, el chofer del maestro Teodosio, que solía estar todo el día arrellanado en el asiento de cuero del LTD, cortándose las uñas o leyendo el periódico El Matutino, se salvó de recibir una pedrada porque, cuando vio a los huelguistas acercarse, salió corriendo y se refugió en la Catedral.
Luego de esa acción, a una señal de Wicho, los huelguistas procedieron a escribir en las paredes del edificio pintas como: “Que vuelva el Loco Lindo”. “Abajo Trina Payares y Juancito Trucupey”. “Que viva el disco music”. Algunos se inspiraron tanto al ver aquellas inmensas paredes blancas que cuando se les agotó el espacio recurrieron a los dos murales del pintor Domingo Miranda que formaban parte de la fachada del palacio gubernamental.
El maestro Teodosio no quiso sacar la policía a la calle a controlar a los manifestantes como en otras ocasiones.
―Yo tengo muchos problemas que resolver para estar pendiente de asuntos intrascendentes y muchachadas ―comentaban que le dijo el maestro Teodosio al secretario general de gobierno cuando este le preguntó si enviaban la policía a controlar “al tirapiedras de Wicho”.
A la edad de ocho años también aprendí que lo que para algunos es intrascendente, para otros es sustancia vital. Y viceversa.
Durante dos o tres horas estuvieron los huelguistas frente al palacio de gobierno gritando consignas. Contaban que el maestro Teodosio ya atormentado por los gritos tuvo que llamar a Gelindo para que se acercara a la gobernación a calmar a los manifestantes.
Cuando el locutor llegó al lugar, lo recibieron con aplausos, vivas y la consigna: “¡Lo, Lo, Loco Lindo, Lo, Lo, Loco Lindo!”.
Gelindo se abrió paso entre los sublevados, y trepó un muro desde donde, haciendo uso de un megáfono, se dirigió a ellos:
            ―Compañeros, he venido a pedirles calma y cordura. Ya he conversado esta mañana con las personas de poder que no creían conveniente que nuestro programa siguiera al aire luego de la arremetida de nuestros contrarios. Ya el inconveniente ha sido subsanado y a partir de esta tarde Disco y juventud estará nuevamente con ustedes.
Este anuncio fue celebrado con gritos: ¡Viva el Loco Lindo! ¡Abajo Trina Payares! ¡Abajo Juancito Trucupey, y que se vaya con su música a otra parte!
El maestro Teodosio presenció, por entre las persianas de su oficina, la escena e intentó reprimir la risa, pero al final no le quedó más que lanzar una sonora carcajada. Poco a poco los manifestantes se fueron dispersando, unos se dirigieron a la plaza Alameda a comerse unos helados, de esos llamados raspados o cepillados, y otros se fueron a comprar cigarrillos por unidad.
Entre estos últimos estaba mi primo quien, remedando a Jonh Travolta en Grease, o Vaselina como la titularon aquí, solía andar con un cigarrillo en la boca, el cual apretaba fuertemente con los labios mientras hablaba, cuando pasaba el peine por su cabello engominado o cuando le daba forma al tirabuzón que caía sobre su frente.
Aún recuerdo cuando mi tío descubrió a mi primo fumando en las escaleras del cine Rex y lo llevó colgado por una oreja desde aquel lugar hasta la puerta de su casa. Todos creímos que mi primo dejaría el vicio, pero sus ganas de parecerse a Dany Suko, el de la película de John Travolta, pudieron más que todas las reprimendas de mi tío.
Yo acostumbraba a dibujar a mi primo así, con el cigarrillo en el lado derecho de sus labios. Lo dibujaba con su chaquetica de cuero negro, que desafiaba nuestro clima, y su tirabuzón que la brisa movía como una veleta, a pesar de la espesa gomina con la que mi primo lo embalsamaba.
Ese día de la huelga le dibujé a mi primo, además, una piedra en cada mano, y en una burbuja colocada sobre su cabeza escribí: Dany Suko versus Juancito Trucupey.
*
Al día siguiente de la contienda musical, Juancito, queriendo retomarla, comenzó su programa con La chica plástica, pero ya Gelindo se había fastidiado del asunto. Le había parecido divertido, cómo no, pero “lo divertido debe durar poco ―solía decir―. Si algo te divierte no lo repitas; y si lo repites, reinvéntalo, pero nunca lo intentes hacer igual porque terminarás aborreciéndolo y su recuerdo ya no será grato. Y hay que procurar tener recuerdos gratos, porque los recuerdos son lo único que nadie nos puede arrebatar, podemos perderlos, desde luego, pero no porque alguien nos los hurte. Lo único que vale la pena repetir en la vida son los pasos de baile de disco music”.
Más de una vez escuché a Gelindo decir esto en su programa, por eso el día que Juancito insistía en lanzarle indirectas, todos sabíamos que él no reaccionaría, que ni siquiera permitiría que alguien le refiriera los comentarios de Trucupey.
Muchos radioescuchas deseaban que la “batalla de los acetatos”, como la bautizó Epifanio Colina, continuara y así tener algo gracioso que comentar al día siguiente en el liceo, en la plaza Falcón, en el café Paraíso, en la entrada del cine Rex o en el autocine Vientos del Río.  
―Que hablen de las telenovelas, que a estas alturas ya Mayra Alejandra, Lupita Ferrer o Chelo Rodríguez, deben haber quedado ciegas y preñadas de un extraterrestre, o deben haber descubierto que son hijas de Rómulo Betancourt con una gitana a quien Trujillo hizo desaparecer ―le comentó Gelindo a quienes lo acompañaban en la cabina, y todos celebraron con una carcajada su ocurrencia.
Juancito se cansó pronto de provocar a Gelindo, y continuó su programa complaciendo peticiones de melodías de Héctor Lavoe, de Rubén Blades o Willie Colón.
Por su parte Gelindo, en su programa, rifó diversos discos de 45 revoluciones. Mi prima se ganó uno de Gloria Gaynor por responder la pregunta: ¿Cuál es el verdadero apellido de Gloria Gaynor? Mi primo fue el primero en llamar al programa, pero se equivocó, dijo que era Forbes. Luego llamó mi prima y dio la respuesta correcta: “Fowles”, dijo. “Fowles”, repitió. “YES!, YES!, YES!”, gritó Gelindo en su cabina.
Yo me alegré mucho por la suerte de mi prima, y me alegré más cuando ella me pidió que la acompañara al día siguiente a La Mensajera, al programa Disco y juventud, a buscar su premio. Emocionado por la invitación, corrí a hacer un retrato de Gelindo para llevárselo de obsequio. Hice muchos dibujos, pero decidí llevarle uno en el que él aparecía vestido como John Travolta en Fiebre de sábado por la noche, como lo había dibujado muchas veces, pero esta vez llevaba en la mano un sable de luz verde en alto, como un personaje de La guerra de las galaxias, y tripulaba un long play gigante, en el que huía de la estrella de la muerte, la cual dibujé tras él, en el lado derecho de la hoja. En el lado izquierdo dibujé ―pequeñito, porque estaba muy lejano― el planeta de espejos, el mismo que yo a veces habitaba convertido en principito y que en esta oportunidad era el destino del jedi Gelindo Petit.
*
Llegué a La Mensajera, la tarde del día siguiente, tomado de la mano de mi prima, con la emoción intacta y mi dibujo del jedi Gelindo Petit enrolladito como un diploma.
Subimos por unas estrechas escaleras hasta el primer piso, donde una recepcionista respondió cortésmente nuestras buenas tardes sentada ante un escritorio gris cuya parte superior estaba cubierta por un fieltro verde, sobre el cual descansaban cientos de fotografías protegidas por un cristal.
―¿Vienen para el programa de Lindo Petit? ―nos preguntó.
―Sí, yo gané un premio en el programa de ayer ―le respondió mi prima con una gran sonrisa.
―Esperen un momento, por favor ―nos pidió la recepcionista mientras se disponía a atender una llamada telefónica.
Mientras la recepcionista hablaba con alguien del otro lado de la línea, yo me dediqué a observar las fotografías expuestas en el escritorio. Pude reconocer en ellas a actrices y actores de telenovelas y a cantantes muy populares en aquella y en otras épocas. Recuerdo particularmente la foto de una niña con un cuatro en la mano: “Para La Mensajera con cariño. Raquelita Castaños”, tenía escrito esa fotografía. Tengo en mi memoria también otra fotografía, de una mulata muy hermosa, con unas pestañas que más bien parecían palmeras de una playa cubana. La dedicatoria decía: “Besito pa ti, besito pa mí, besito de coco, canela y anís”. La firma estaba desleída. Supuse que sobre ella había caído una gota de sudor. 
Yo recité aquellas dedicatorias deletreando las palabras, pero orgulloso de mis avances lectores, deseando el reconocimiento de quienes me escuchaban… y lo logré. La recepcionista, sin soltar la bocina del teléfono, se sonrió y dijo mirándome:
―Qué bonito. Ya sabe leer ―y yo para ratificarlo tomé el ejemplar del periódico El Matutino que estaba sobre el escritorio y leí:
―PI-ÑE-RÚ-A GA-NA-R-Á LAS E-LEC-CIO-NES.
Iba a seguir con mis demostraciones, pero me contuve porque la recepcionista colgó la bocina y le preguntó el nombre a mi prima.
―Pueden pasar al estudio −nos autorizó la señorita, luego de revisar una lista―, pero no hagan ruido, porque están en el aire.
EN EL AIRE. Así también decía un letrero rojo colocado sobre el marco de la puerta que de inmediato traspasamos. Me encantaba esa frase: EN EL AIRE. Cuando Gelindo la decía en su programa me gustaba imaginar que, literalmente, él volaba en su cabina, como Willy Wonka y Charlie Bucket, sobre nuestra ciudad o sobre los médanos que la bordean.
En esos escasos segundos que transcurrieron desde que devolví el periódico a su lugar y di unos ocho pasos hasta la puerta del estudio, imaginé nuevamente a Gelindo sobrevolando la ciudad, y me alegré porque ahora nosotros lo acompañaríamos y junto a él veríamos desde las alturas mi escuela, a mi abuela tendiendo la ropa en el solar de nuestra casa, y a mi madrina colgando en su patio papeles entintados.
Cuando entramos a la cabina, Gelindo caminaba de un lado a otro con el micrófono, igualito a él, en la mano. A diferencia de esos locutores que permanecen sentados mientras se dirigen a su audiencia, él se desplazaba por la pequeña cabina, de pronto saltaba, gritaba o lanzaba su risa monosilábica de vocal prolongada: “¡Jaaaaaa!”, unas veces atusándose su melena afro y otras ejecutando un paso de baile. Gelindo parecía un animador de televisión, tenía el carisma de Renny Ottolina, un animador muy querido que había muerto por esos días en un accidente de aviación; y la gracia de Amador Bendayán, el animador de un programa maratónico que transmitían en un canal de televisión todos los sábados. Aunque claro, en la estatura Gelindo no se parecía a Amador, porque este era diminuto y Gelindo era altísimo, así como Henry Stephen, aquel que cantaba una extraña canción donde contaba que le gustaba comerse los limones enteros. Y hasta  la mata de limón entera, decía que le gustaba comerse. Por Dios. Hay que estar loco para comerse una mata de limón.
Gelindo  se dirigió amablemente a nosotros, cuando comenzó  a sonar la canción de Dionne Worwick que había anunciado, para darnos la bienvenida y las gracias por ser oyentes de su programa. Yo aproveché de entregarle el dibujo que había hecho y él al verlo lanzó su carcajada monosilábica.
―Mira, me dibujó igualito ―le comentó a la muchacha que lo acompañaba en el estudio. Esta esbozó una sonrisa fingida y continuó haciendo bombitas de chicle y enrollando un mechón de su cabello negrísimo, liso y sedoso en uno de sus dedos. Aquella muchacha me parecía conocida. Eso le referí a mi prima cuando salimos de la emisora y caminábamos por la avenida Manaure.
―Pero claro que la conoces. Esa es la antipática de la Pelo Lindo. Anda de novia de Lindo Petit.
La Pelo Lindo era una muchacha muy bonita, había sido la reina de la cultura en las fiestas de celebración de los 450 años de la ciudad. También había sido reina del Colegio María Santísima y reina de los “Carnavales del Caribe 76”, como llamaban las fiestas carnestolendas de nuestra ciudad. La gente decía que a la Pelo Lindo solo le faltaba ser “la reina de las cruces”, en alusión a una canción interpretada por un cantante colombiano de apellido Petro. “Por la reina de las cruces/ casi que me tiro al salto/ pero ella ya no merece/ que yo me tire tan alto”, decía la canción.



La Pelo Lindo también había concursado en un certamen llamado Miss Princesita, pero no quedó ni en el cuadro de finalistas, a pesar de ser una de las más bonitas, debido a que cuando le preguntaron cuál era su mayor sueño, respondió que el de las seis de la mañana. Su nombre era Evelín Leyba, pero le decían la Pelo Lindo porque unos años atrás había realizado para la televisión el comercial de un champú, cuyo jingle decía: “Ho-la, pe-lo lin-doooo”. Recuerdo que mientras se escuchaba esa frase en el comercial la Pelo Lindo batía, en cámara lenta, su melena negrísima, lisa y sedosa, y miraba sobre el hombro, fijamente, a la cámara. Había quienes decían, carcomidos por la envidia, que la pelo lindo del comercial no era Evelín Leyba sino otra modelo que se le parecía.
Mi prima también me contó que la gente andaba haciendo muchos chistes porque les parecía graciosa la coincidencia de que el Loco Lindo se enamorara de la Pelo Lindo.  Los llamaban los Lindos, y los muchachos del liceo Cecilio Alcocer se preguntaban entre sí, muertos de risa: “¿Cómo se van a llamar los hijos del Loco Lindo y la Pelo Lindo?... Los Pelos Locos”.
*
―Panita, tú eres un artista ―me dijo Gelindo contemplando el dibujo―. ¿Y qué quieres ser cuando seas grande? ¿Pintor?
―No sé. Será telegrafista como mi papá y como Tío Abue. O periodista. Tío Abue dice que debo estudiar periodismo porque yo pregunto mucho ―le respondí. Y luego rematé: ―Mi abuela dice que los pintores son locos, borrachos y pobres.
―¡Jaaaaa! ―otra carcajada monosilábica fue su reacción ante mi respuesta.
―Yo tengo un amigo pintor que no es ni borracho ni pobre. Loco sí. Imagínate que se hizo millonario dibujando latas de sopa. Aunque no sé quién es más loco si él o quien le compra los dibujos de las latas. Él quedaría fascinado con tu dibujo. Ya desearía él dibujar como tú.
―Vamos al aire ―advirtió el operador, interrumpiendo a Gelindo, al tiempo que movía algunos de los cientos de botoncitos de la consola de sonido. Inmediatamente Gelindo se puso en guardia, tomó su micrófono y a una señal del operador exclamó:
―Estamos de vuelta a bordo de la nave Tantive IV, ¡jaaaaaa! Nos acompañan en el estudio los ganadores de los concursos de ayer. Ellos son…  ―y fue extendiéndole el micrófono a cada uno de los ganadores.
Los otros premiados eran: Vidal Primera, estudiante del 4to año “C” del liceo Cecilio Alcocer; Anita López Marcial, quien estudiaba en el mismo colegio donde estudiaba mi prima, también para ser maestra; y Orazio, un amigo de mis primos, quien cuando terminó el programa nos invitó a su casa para que escucháramos el disco de una cantante llamada Amanda Lear, que había traído de Italia.
Luego de que los recompensados se presentaron, Gelindo me acercó el micrófono, pero antes dijo:
―También nos acompaña en el estudio mi amigo Andy. Él es pintor y me trajo un extraordinario dibujo.
―Yo no soy Andy. Mi nombre es… ―y sin dejarme pronunciar mi nombre, Gelindo me preguntó: ―¿Y por qué te cortaron el cabello coco pelón? –refiriéndose a mi cabello cortado al rape.
Como era la primera vez que hablaba en la radio me puse muy nervioso. No sabía si aclarar primero cuál era mi nombre o responder la interrogante de Gelindo. Además, me daba mucha vergüenza decir las causas de mi corte de cabello. Quise meditar un momento,  pero me sentí presionado ante el micrófono que me apuntaba y ante la mirada expectante de todos, por lo que no me quedó otra opción que dar una rápida y sincera respuesta:
―Porque tenía piojos.
Las carcajadas retumbaron en cada uno de los hogares donde a esa hora sintonizaban La Mensajera.
―¿Y quién no ha tenido piojos, panita? El que nunca tuvo piojos tampoco tuvo infancia ―fue la sabia acotación de Gelindo.
Luego de las presentaciones, Gelindo extrajo de una caja cuatro discos de Gloria Gaynor de 45 RPM para los ganadores, y para mí un long play con la banda sonora de La guerra de las galaxias.
―Saliste ganando, coco pelón ―me dijo, a lo que yo repliqué:
―Pero yo no quiero ser ganador, yo quiero ser un perdedor porque los perdedores se divierten más.

―¡Jaaaaa! No tomes en serio todo lo que yo digo. ¿No sabes que a mí me llaman el Loco Lindo? ¿Cómo le vas a hacer caso a un loco? ―y todos en el estudio rieron, rieron, rieron.

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