miércoles, 4 de enero de 2017

LADO B - SURCO SEIS


SURCO SEIS   


Creo haber dicho que todos los niños crecen. Y yo no iba a ser la excepción. Mejor dicho, yo no quería ser la excepción. Yo decidí crecer el día que, una vez más, el mundo no llegó a su fin.
Crecí en el mismo momento que tomé la decisión. Fue en el mes de julio, un domingo, dos días después que el huracán Veruzka hiciera estragos en la ciudad  y yo fuese promovido al cuarto grado con veinte puntos.
Decidí crecer porque ya no tenía sentido ser niño. Dos acontecimientos me motivaron a tomar la determinación: el primero fue la muerte de Tío Abue, y el segundo había ocurrido ese sábado, y siempre que lo recuerdo la tristeza que sentí revive.
Había estado en la acera, frente a mi casa, lloroso, tomado de la mano de mi prima, viendo el dibujo de un chino de piel magenta y labios violeta alzar el vuelo, atascarse en los cables eléctricos y luego soltarse y perderse entre las nubes, como siempre me había imaginado que le sucedería a mi madrina Trina Payares cuando esta abría los brazos en mitad de la calle.
Cuando regresé a la casa, ya sabía lo que haría, así que fui directo a la cocina, me serví un vaso de agua para aplacar la sed que me producía la contención del llanto, después tomé un cuchillo y partí un trozo de la torta debudeque que mi abuela había puesto a reposar sobre la mesa.  Al lado de la torta yo creí ver un cartel que decía CÓMEME, así que no sentí culpa por no pedir permiso. Un solo trozo no fue suficiente, ni dos, fue al comerme el tercer trozo cuando empecé a asentirme grande. El tamaño de mi panza me lo confirmó.

*
Me habría gustado estar en Stadium 45 el día que el huracán Veruzka arrasó con el local. Siempre me perdía los mejores momentos de la ciudad por ser un niño. Por culpa de mi edad estaba destinado a ser un personaje secundario y no un personaje protagónico, por eso desde hacía un tiempo estaba con la idea de crecer, pero no me decidía.
De haber estado ese viernes en la discoteca de Gelindo y Juancito, al menos habría evitado que los long play se desplazaran por el aire como platillos voladores en una ciudad del futuro, destrozaran las bolas de espejo y se estrellaran contra la frente de más de uno, incluyendo a mi primo, porque mi primo también estaba en Stadium 45 esa noche, y gracias al huracán Veruzka mis tíos se enteraron y lo castigaron no dejándolo ir, semanas más tarde, a su fiesta de graduación de bachiller.
Me habría encantado estar en Stadium 45 para participar de las tertulias que sobre el acontecimiento se formaban en el café Paraíso, la entrada del cine Rex y la plaza Falcón. En casa nos enteramos muy temprano de los sucesos; no por boca de mi primo: por él nos enteramos de los detalles cuando salió del hospital con la cabeza vendada como una momia. Nos enteramos por boca de mi papá, quien había ido muy temprano a comprar El Matutino en la plaza Falcón y se encontró con los mejores comentaristas vecinales de la ciudad, gente que iba todos las mañanas, muy temprano, al lugar a llevar las buenas y malas nuevas. Más las malas que las buenas.
Los primeros cuentos que llegaron a mi casa sobre el huracán Veruzka, llevados por mi papá, tenían notables diferencias con los que más tarde llevó Isbelia Navarrete y con los que al mediodía escuchamos  de boca de mi primo, entre quejidos de dolor.
―Todo sucedió porque la hermana de la Pelizanahoria se tomó ella sola una botella de cocuy y enloqueció. Se encaramó desnuda en una bola cubierta con espejitos, que colgaba del techo de la discoteca, y comenzó a balancearse, haciendo los mismos sonidos que hace Chita, la mona de Tarzán.
Esa fue parte de la primera versión que escuchamos. Luego Isbelia Navarrete, quien extrañamente no estaba en la discoteca, llegó contando:
―Dicen que todo comenzó cuando la que llaman Veruzka, una perdida que llegó de Caracas, una que, dice ella, es artista, entró a la discoteca montada desnuda sobre un caballo blanco, creyéndose Bianca Jagger, y el caballo se puso a corcovear y destrozó todo, las butacas, las botellas, las copas los discos, y las bolas de espejo.
Al mediodía, cuando mi primo salió del hospital y fue a mi casa, huyendo de los regaños de mis tíos, escuchamos su versión, la versión de un testigo presencial. A esa hora ya se había corrido la noticia de que Stadium 45 había sido allanada y clausurada para siempre por órdenes del gobernador Valverde, atendiendo a una solicitud  de la Asociación de Damas Protectoras de la Santa Moral, cuya presidenta, doña Justiniana de Andara, alegaba que aquel lugar infestado de pecadores representaba un peligro para los jóvenes de familias honorables y de moral inmaculada. Prueba de ello era que su hijo, un joven de proceder ejemplar, presentaba serias lesiones, pues había sido empujado desde una gran altura  por la licenciosa Veruzka cuando este quiso detener la conducta libertina de “la susodicha”. Así bautizaron las Damas Protectoras de la Santa Moral a Veruzka, “la susodicha”, por temor a pronunciar su nombre.

*
Desde hacía días los medios venían anunciando una posible catástrofe mucho, mucho, más grande que la causada por el huracán Veruzka. Sería una catástrofe que acabaría con la vida en la tierra o en gran parte de ella, decían los más pesimistas. La causaría una estación espacial descompuesta que caería inevitablemente sobre la tierra.
Aquellas noticias me tenían muy perturbado. Por varios días me negué a salir de la casa por temor a que la nave chatarra, que pesaba todas las toneladas inimaginables, cayera sobre mí. Sabía que si la nave iba a caer sobre nuestra ciudad caería de todas maneras, así yo me negara a verla,  pero yo no quería presenciar ese momento en que la estación espacial fuese un punto visible, luego una imagen difusa y finalmente un armatoste de hierro a pocos metros, centímetros, milímetros… sobre nosotros.
Cuando mi curiosidad decidió pelearse con mi temor, comencé a ir de vez en cuando al patio a recorrer el cielo con la mirada, esperando ver aquel punto que me indicaría la proximidad de la catástrofe. Y veía un punto, pero  siempre resultaba ser un pájaro o un avión o una mancha en mis lentes.
El domingo en la mañana, la gente se había olvidado un poco del huracán Veruzka. Sus conversaciones estaban centradas más en el Skylab, la estación espacial que caería y acabaría con el mundo.
―Tranquilízate. Desde que el mundo es mundo siempre ha salido alguien anunciando  su fin y nunca pasa nada.
Eso me lo había dicho mi abuela varias veces esa semana y me lo repitió el domingo en la mañana cuando me vio temeroso buscando, por las ranuras de una ventana, un punto en el cielo.
A media mañana llegó a mi casa mi prima, agitada y a punto de llorar.
―Primito, tienes que ver lo que está sucediendo allá afuera ―consiguió decir.
Me puse lívido. Lo que tanto había temido seguro estaba sucediendo.  Ya el Skylab estaría a pocos metros de nosotros.
Comencé a gimotear y a correr de un lugar a  otro exclamando:
―¡El Skylab!, ¡el Skylab!
Mi prima extrañada me dijo, tomándome de una mano:
―¡Qué Skylab! Vamos.
Y me condujo afuera. Yo había permanecido con los ojos cerrados y apretados,  para no ver el fin del mundo, hasta que mi prima me dijo en tono de reproche:
―¡Abre los ojos!
Yo abrí los ojos mirando hacia el cielo.
―¿Y el Skylab? ―le pregunté confundido.
―Olvídate del fulano Skylab. Mira hacia allá ―y me señaló el Camaro de Gelindo estacionado frente a la casa de mi madrina.
El techo del Camaro estaba atestado de maletas y cajas atadas con cuerdas.
―El Loco Lindo se va de la ciudad ―me dijo mi prima con la voz fracturada.
La sensación que sentí al escuchar aquella noticia fue extraña. Sentí lo que debe sentir una casa cuando le cierran con fuerza la puerta o la ventana por donde recibe el aire. Tal vez resulte muy extraña la comparación, pero así me sentí. No consigo otro símil que ilustre mejor aquella sensación.
Contuve el llanto. El llanto suelto, digo, porque las lágrimas no las pude contener. Mi prima se colocó detrás de mí y posó sus manos sobre mis hombros justo cuando Gelindo salía de la casa con Trina, Epifanio, Juancito Trucupey, Luz Cecilia y el huracán Veruzka, quien a esas alturas era solo una tormenta tropical en la memoria frágil de la ciudad.
Luz Cecilia y la tormenta tropical Veruzka acompañarían a Gelindo en el viaje hasta Caracas, así que abordaron el Camaro. Gelindo fue el último en abordar. Antes le dio un abrazo y un beso a Juancito Trucupey, a Epifanio y a Trina. Gelindo nos miró y se dirigió hacia nosotros. Le dio también un abrazo y un beso a mi prima y a mí me dijo, pasándome la mano por la cabeza como lo había hecho otras veces:
―Adiós, Chamín. Si vas a dibujar este momento, prométeme que no me dibujarás triste.
Yo sonreí, por no dejar, e hice con la cabeza un gesto afirmando que aceptaba la promesa. Pude cumplir mi palabra porque siempre me negué a dibujar aquel momento, de haberlo dibujado no habría podido mentir. Como los días subsiguientes, cuando dibujaba, me veía tentado a recrear la despedida de Gelindo, entonces decidí no dibujar nunca más.
―Adiós, Loco Lindo ―dije con voz apagada, viéndolo desviar su mirada prismacolor, afligida, de mis diez años.
Gelindo se despidió, con movimientos de mano, de los vecinos que habían salido de sus casas a presenciar  su marcha, abordó el Camaro y aceleró. Al cruzar la esquina, del techo del vehículo se desprendió un portaplanos cilíndrico, y al este caer sobre el pavimento salió expelido de su interior el dibujo de un chino de piel cian y labios magenta. Yo corrí para recoger el dibujo, pero inmediatamente una ráfaga de viento, tal vez secuelas de la tormenta tropical Veruzkca, lo elevó hasta los cables eléctricos y luego lo llevó al encuentro con el Skaylab.
Cuando retorné al frente de nuestra puerta, dirigí la mirada hacia Trina y Epifanio, a quienes por vez primera veía abrazarse y besarse en público. Luego ellos entraron a su casa y cerraron el portón, igual que el resto de los vecinos.
Como dije, ya no tenía sentido para mí ser niño. Sin Tío Abue y sin Gelindo, la niñez que me restaba sería muy aburrida. Por eso me había comido toda la torta debudeque. Si el mundo se iba a acabar ese domingo, al menos quería disfrutar mis últimas horas sabiendo qué se sentía siendo grande.
Cayó la tarde. Cayó la noche. Lo que nunca cayó fue el Skylab. Es decir, sí cayó, pero no en nuestra ciudad. Cayó muy lejos, en Australia. De eso nos enteramos el miércoles, en la tarde, cuando escuchábamos la radio y Epifanio dio la noticia. La voz de Epifanio, había parecido muy triste durante todo el programa. Nos suponíamos la causa y lo comprobamos cuando anunció la canción seleccionada para despedir el programa del día, el cual se había prolongado por la inasistencia de Pablito Barragán. 
―Un viajero pasó por esta ciudad, muy fugazmente, pero nos pareció que estuvo entre nosotros una eternidad. Una noche, sentado en nuestro patio, el viajero sacó, de una carátula desgastada, un long play y lo hizo sonar en el tocadiscos. Ya conocíamos la canción, pero esa noche ella cobró para nosotros una gran significación.
En el momento que sonaba la melodía observé a mi mamá. Ella pespunteaba algún vestido y se bamboleaba siguiendo el ritmo de la canción. Mi abuela, desmenuzando hojas secas de albahaca, también se bamboleaba e interpretaba la canción con bocaquiusa. Las vi a ambas tan entretenidas en sus labores que entendí el porqué no se habían dado cuenta de que yo ya no era un niño, de que desde el día anterior yo había crecido. Creo que nadie se dio cuenta por mucho tiempo.
*
Al finalizar la canción, Epifanio se despidió prometiendo volver el día siguiente, y mi mamá se dirigió hacia el aparato transistor para cambiar de dial, pero antes de llegar a su destino tanto ella como nosotros fuimos sorprendidos por un estruendo que agitó los enseres de la cocina. Mi abuela pensó que se trataba de un terremoto y cargándome se resguardó conmigo, a toda prisa, bajo la mesa. Mi mamá lanzó un grito y corrió hasta el centro del patio. Nos calmamos cuando nos dimos cuenta de que el sonido provenía del aparato transistor, del cual también surgió la voz que, seguidamente, gritó:
―¡VIVA EL ROCK AND ROOOOOLL!
Una vez que sus cuerdas vocales se repusieron del grito, el locutor, que ocupaba en La Mensajera el otrora horario de Gelindo, dijo su nombre: Ronny Ramón Ruiz. No pude escuchar más lo que decía el tal Ronny porque mi mamá, muy molesta, cambió de dial. Lo que sí escuché fue la perorata de Juancito Trucupey en su programa de Ondas del Mar después que sonaron dos canciones seguidas de la Fania:
―La música es algo sublime, un regalo de Dios. Eso debería entenderlo alguien que anda por ahí, transmitiendo en su programa música con mensajes diabólicos. ¡Uy! Sí, dicen que si esos discos se giran al revés pueden escucharse alabanzas al maléfico. Pero no se preocupen, nosotros aquí tenemos esta canción para ahuyentar el mal… ―y  el operador dejó sonar esta canción de Raphy Leavitt:
“Allá muy alto en el cielo,/ se oye un sollozo de amor,/ lágrimas caen tras el velo,/ mientras se eleva oración./ El Buen Pastor./ Padre mío, tus hijos te han olvidado./ Padre mío, cómo se burlan de tus mandatos,/ ni con mi muerte pude enseñarles la que es tu ley…”


―Espero que haya quedado claro que aquí al único diablo que queremos  es al diablo de la salsa, Oscar D’León ―remató Juancito al finalizar la melodía.

*
Cuando finalizaron las vacaciones, fuimos todos a despedir a mi primo a la terminal de autobuses. Había sido seleccionado para cursar estudios de Psicología en la Universidad Central. Fue una despedida muy emotiva. Todos estábamos muy tristes, excepto él. Él siempre había querido irse a Caracas y soñaba con ese momento de la despedida.
Al siguiente año, mi prima se graduó de maestra y se fue a trabajar al interior del estado. La veía muy poco, porque, además, mi papá, tras renunciar a su empleo de telegrafista, había conseguido trabajo en una compañía petrolera en Maracaibo y nos habíamos mudado a esa ciudad él, mi mamá y yo. Me reencontré con mi prima, tal vez, unas tres veces durante el primer año. Recuerdo que cada vez que me veía me decía: “¡Primito, tú sí estás grande!”. Al fin alguien se daba cuenta, aunque tardíamente, de que yo había crecido.
En Maracaibo vivíamos en una casita pintada con todos los colores del mundo, y yo me sentía muy contento, pero no tanto como cuando regresábamos cada mes a casa de mi abuela de visita. Ahí, una o dos veces cada año, coincidía con mis dos primos y recordábamos a Gelindo, a Juancito Trucupey, a la Pelo Lindo, a la Pelizanahoria, a Veruzka… y los buenos tiempos del programa Disco y juventud. Nos reíamos mucho recordando las anécdotas y nos preguntábamos qué habría sido de la vida del Loco Lindo. Mi primo siempre tenía una respuesta. Decía, por ejemplo, que el Loco Lindo tenía un programa en una emisora de radio en Pampatar o que tenía una tienda de discos en el Centro Comercial Chacaíto, en Caracas.
Luego de la muerte de mi abuela pasó mucho tiempo antes de que yo coincidiera nuevamente con mis primos. Nos reencontramos cuando yo, al graduarme de bachiller, me empeñé en irme a  Caracas a estudiar periodismo, como lo  había augurado Tío Abue. Me fui a Caracas, pudiendo estudiar en Maracaibo, porque quería estar en la ciudad donde se habían ido casi todos mis ídolos de la infancia. Tal vez me había cansado muy rápido de ser adulto y pensé que podía revivir la felicidad de mi niñez reencontrándome con ellos.  Pero por más que pregunté por Gelindo, Evelín, la Pelizanahoria y Veruzka, nunca nadie me dio una pista real sobre su paradero.
Con mis primos sí me reencontré. En mi primer día en Caracas nos reunimos en un café. Ella se había mudado a Caracas hacía varios años y trabajaba en las oficinas del Ministerio de Educación. Él ya era psicólogo. No fueron tan espléndidos conmigo como en otros tiempos. Y cuando sonriendo les pregunté si recordaban la vez cuando el Loco Lindo recorrió la ciudad en un camión lanzando mangos, mi primo con cara de fastidio me contrarió:
―No eran mangos. Eran naranjas.
―No. Eran mangos, eso fue en un mes de cosecha de mangos, no de naranjas.
Luego, la conversación se tornó muy incómoda, pues mi primo contradecía todo lo que yo comentaba sobre el Loco Lindo; y mi prima contradecía a mi primo, pero con una versión de los acontecimientos muy distinta a la mía.  
―Trina Payares no era tu madrina. Trina Payares era atea. ¿Cómo iba a ser tu madrina de bautismo? ―me espetó mi primo cuando en un momento de la conversación nombré a mi madrina.
Mi prima me miró y asintió. Luego, en otro momento de la conversación mi primo con tono irritado me contradijo:
―¿De dónde sacaste que esa discoteca era de Gelindo Petit? Esa discoteca era de un hijo de don Pepe López. Y no se llamaba Stadium 45. Se llamaba 45 RPM Discotheque.
―No. Te equivocas ―le dije con firmeza―. Esos recuerdos están nítidos en mi mente.
―Eras muy pequeño en ese tiempo. Cuando yo me vine a estudiar en la universidad tú ni siquiera habías terminado la primaria. Eras tan pequeño que hasta te cargué en la terminal de autobuses porque te caíste al enredarte con las trenzas de tus zapatos.
―Quien me cargó fue mi papá. No me caí. Me cargó porque los zapatos me apretaban. Yo ya estaba muy grande para usar aquellos zapatos tan pequeños. Me quedaban como la zapatilla de cristal a las hermanastras de la cenicienta.
            ―¡Ja, ja, ja! Tú siempre inventaste mucho. Yo pienso que…
Sabía lo que diría, por eso no lo dejé finalizar. Tomé mi libro de Peter Pan, que había colocado sobre la mesa y, despidiéndome secamente de ambos, me marché.
Durante los cinco años que siguieron, nos veíamos muy poco, y cuando lo hacíamos nos saludábamos, preguntábamos por los familiares y nos despedíamos raudamente con la excusa de estar complicados con múltiples ocupaciones. Desde luego, los complicados serían ellos, porque yo llevaba una vida relajada que consistía en ir a clases, estudiar, leer literatura e ir al cine, especialmente a la Cinemateca Nacional, donde muchas veces recordé a Gelindo al ver películas como Historias de la radio, Días de radio y Buenos días, Vietnam. Ah, por supuesto, también iba a las discotecas, pero ya en ellas el espíritu disco se había  desvanecido.
            El día de mi graduación me sorprendió ver a mis primos a la salida del Aula Magna. Nos abrazamos y luego nos fuimos a almorzar en compañía de mis padres. Cuando comíamos yo recordé la vez que Gelindo me preguntó en su programa qué quería ser cuando fuese grande y yo le respondí que Tío Abue pensaba que yo sería periodista porque preguntaba mucho. Mis primos se miraron entre sí, extrañados. Yo lo noté, pero no quise indagar el porqué.
Cuando nos despedíamos le pregunté a mi prima si aún conservaba el disco de Gloria Gaynor que había ganado muchos años atrás en el programa del Loco Lindo.
―Creo que estás confundido. Ese disco, que no sé en cuál de mis mudanzas desapareció, no lo gané en ningún programa. Lo compré en la discotienda La Favorita. Es más, ese muchacho, Gelindo, que yo recuerde, no tuvo ningún programa de radio. Él estuvo en la ciudad solo unos días, durante unas vacaciones.
Yo quedé helado con aquellas palabras de mi prima. Darme cuenta de que la memoria es tan frágil me aterró. Hacía unos años reíamos recordando las anécdotas divertidas de Gelindo. Hacía unos años decíamos que esta ciudad no fue nunca más la misma desde que Gelindo se había marchado con su música disco a otra parte.  Ahora mis primos no compartían mis recuerdos. Yo mantenía intacta mi memoria. Guardaba con celo cada vivencia, cada detalle, cada aroma y color de mi niñez. Pero ellos no. Ellos habían decidido olvidar.
―Yo creo que has construido tus recuerdos con las historias que te leía Tío Abue, todos los libros que has leído, las películas que has visto, lo que has deseado, lo que has imaginado... ―me dijo mi primo antes de darme un abrazo de despedida.
Yo me indigné por el comentario. Pero luego de reflexionar creí en las palabras de mi primo. Creí por muchos años. Muchos. Hasta que hace unos días cambié de opinión y comencé a pensar que mis recuerdos no son falsos, que fueron mis primos los que vaciaron su memoria. Este cambio de opinión sucedió en mí caminando por el bulevar, luego de haber visto en el cine la película El gran pez y escuchar, coincidencialmente, tras de mí una voz conocida que  cantaba:
“And now, the end is near;/ and so i face the final curtain./ My friend, i'll say it clear,/ i'll state my case, of which i'm certain./ I've lived a life that's full./ I've traveled each and ev'ry highway;/ but more, much more than this,/ i did it my way”.


Era la canción que Epifanio había anunciado, al final de su programa, para homenajear a su amigo Gelindo, varios días después de que este se despidiera. Cuando volteé ya nadie cantaba. Busqué rápidamente con la mirada algún indicio del cantante, pero no vi a nadie a quien pudiera relacionar con aquella voz. No creí que el anciano en traje de cuadros, ni el ejecutivo de mediana edad, ni el hombre de overol entonaran aquella canción. Mucho menos pudo haber sido el indigente que caminaba sin levantar la mirada de sus zapatos gastados.
Sí. La voz que entonaba la canción era conocida para mí, pero hasta este momento no logro ubicarla en mis recuerdos. Por momentos, se me parece a la voz de Gelindo, pero luego se me parece a la voz de Epifanio y hasta a la voz que escuché al desmayarme ante el fantasma, príncipe de los bisures.

Jardín de Reni, 11 de noviembre de 2014 


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FUENTES DE IMÁGENES



4 comentarios:

  1. Muchas felicitaciones por tu obra, José. Un verdadero viaje en el tiempo. Narración impecable. Lo disfruté mucho.

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  2. Gracias, Ricardo, disfruté mucho escribiendo "Hola, Loco Lindo". Me alegra que sus lectores disfruten de todos los personajes y situaciones. Un abrazo.

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  3. Dios mio José que relato tan hermoso. Y que final tan real. Son recuerdos de lo que pasó o de lo que el niño imaginaba qué pasó. Eso me confirma que el mundo es como somos nosotros porque así lo vemos.
    Me quedé con las ganas de saber que Trina fue investigada por su presunta participación en el secuestro de Mckenzie, pero creo que eso obedece a las sensaciones que el personaje me produjo.
    y wow, Justiniana de Andara, Jaaaaaaaaaaaaa.
    Te felicito llevo a Gelindo, al niño, a su primo psicólogo, Palencia, a Eglee y a su creador en mi corazón.
    Bravooooooooo.
    Y gracias me has regalado la alegría de experimentar leer una obra preciosa conociendo al autor. Definitivamente le da otro sentido a la experiencia de leer un libro.

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  4. Gracias, querida Arianny Valles, leer tus palabras me hace muy feliz. Abracaribes.

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